En el refectorio de la antigua canónica de la catedral de Santa María de Tortosa se conserva una talla en piedra que durante generaciones ha alimentado la imaginación local: cuatro caballeros y tres monturas, una de ellas vacía. Según el estudio de referencia sobre la pieza, publicado por el historiador Jacobo Vidal Franquet en la revista académica Recerca (Centre d’Estudis Comarcals del Montsià, número 4, año 2000), esa desproporción deliberada entre jinetes y caballos ha sido leída tradicionalmente como un eco directo del sello fundacional de la orden del Temple. El propio investigador, sin embargo, cuestiona en su trabajo que esa filiación esté iconográficamente demostrada.
Una pieza superviviente de la catedral románica
La actual catedral gótica de Tortosa se levantó a partir de 1347 sobre un templo anterior de estilo románico, consagrado en 1178 por el arzobispo de Tarragona Berenguer de Vilademuls. Según recoge la Viquipèdia a partir de la documentación catedralicia, de aquel primer edificio —de planta de cruz latina— apenas se conservan restos de muros y alguna ventana, ya que fue derribándose progresivamente a medida que avanzaba la construcción del nuevo templo gótico entre los siglos XIV y XVIII.
El relieve de los caballeros pertenece precisamente a ese patrimonio superviviente. No es la única pieza reaprovechada del conjunto: la puerta de acceso al jardín del claustro conserva capiteles historiados de la misma época tardorrománica con escenas de la Pasión —la entrada de Jesús en Jerusalén, las tres Marías ante el sepulcro—, catalogados explícitamente como reaprovechados «d’alguna obra desapareguda», según la ficha técnica de Urbipedia, el archivo de arquitectura de referencia en Cataluña.
El sello que inspiró la lectura tradicional
La interpretación clásica del relieve se apoya en un símbolo muy concreto: el sello Sigillum Militum Xpisti («sello de los soldados de Cristo»), documentado por primera vez en 1158 y vinculado a la orden religioso-militar fundada en Jerusalén en torno a 1119. Ese sello muestra a dos caballeros compartiendo una sola montura, una imagen que la tradición ha interpretado como representación de la pobreza y la humildad fundacionales de la orden.
El historiador Andrew Latham, profesor del Macalester College, señaló en un análisis publicado en The Conversation en 2024 que el significado del sello «siempre ha sido abierto a interpretación», y que la lectura como emblema de pobreza —la más popular desde la Edad Media hasta hoy— es solo una de las posibles. De hecho, la propia Regla Latina de la orden prohibía expresamente que dos hermanos compartieran caballo y otorgaba a cada caballero derecho a varias monturas propias, lo que convierte el símbolo en una declaración de intenciones más que en el reflejo de una práctica real.
La presencia de esta orden en Tortosa, en cualquier caso, fue históricamente real y documentada: según recoge el catálogo de monasterios e iglesias de Cataluña Monestirs.cat, la Sentencia de Flix de 1241 le otorgó el dominio sobre la práctica totalidad de la ciudad, posesión que mantuvo hasta 1291, cuando la permutó por otros territorios en el Maestrazgo.
Lo que cuestiona el estudio académico
El trabajo de Vidal Franquet, recogido en el repositorio digital de la Universitat de Barcelona, no niega la presencia histórica de la orden en Tortosa, pero sí pone en cuestión que el relieve del refectorio reproduzca de forma fiable el código iconográfico de su sello. El esquema de cuatro jinetes para tres caballos, sostiene el estudio, puede responder a una convención compositiva distinta —propia de escenas de partida o cortejo armado, frecuentes en el repertorio escultórico románico tardío— sin que ello implique necesariamente una referencia directa a la orden.
La conclusión del historiador apunta a que buena parte de la asociación entre la pieza y la orden militar sería una tradición local consolidada con el tiempo, más que una evidencia iconográfica concluyente. Es un patrón que se repite en otros enclaves del propio claustro: la llamada Piedra de los Tres Escudos, situada en el muro sur y ante la cual se reunía el Consejo de la Ciudad en el siglo XIII, combina el escudo municipal, la imagen de la Virgen y el emblema de la Orde de l’Atxa —distinción concedida por el conde Ramón Berenguer IV a las mujeres de Tortosa tras el asedio de 1149—, según documenta el portal Viatjar amb dues maletes. Es decir: una pieza simbólica reaprovechada y resignificada con el paso de los siglos, el mismo mecanismo que habría operado sobre el relieve de los caballeros.
Una lectura que trasciende lo documental
Más allá del debate académico sobre su origen exacto, el símbolo del jinete compartido tiene un recorrido interpretativo propio que explica por qué la tradición oral se resistió durante siglos a soltarlo. La imagen ha sido leída como representación de la dualidad del caballero medieval —monje y guerrero, contemplación y acción reconciliados en un mismo cuerpo— y, en lecturas posteriores de carácter más simbólico, vinculada incluso con la figura mitológica de Jano bifronte, el dios de dos rostros que mira simultáneamente al pasado y al futuro.
Esa estratificación de sentidos —el dato documental, el hecho histórico verificado y la interpretación simbólica acumulada durante generaciones— es lo que convierte piezas como esta en objeto de estudio recurrente para historiadores del arte y divulgadores del patrimonio medieval por igual.
La opinión de El Vértice
El caso del relieve de Tortosa ilustra un fenómeno más amplio que conviene abordar con criterio: la tentación de leer en clave de misterio cualquier vestigio medieval reaprovechado, cuando con frecuencia la explicación más sólida es la más prosaica —piedra de valor artístico que se reubica al derribar un edificio anterior—.
Eso no resta interés a la pieza ni a la presencia, esta sí plenamente documentada, de la orden del Temple en la Tortosa del siglo XIII. Al contrario: el rigor de trabajos como el de Vidal Franquet es precisamente lo que distingue el patrimonio bien estudiado del que se convierte en materia prima de la leyenda urbana. La Tortosa medieval no necesita inventarse misterios; tiene de sobra con los que la documentación ya certifica.
