Un estudio revela que entre el 30% y 55% de los mayores con demencia en España reciben medicamentos de alto riesgo, reflejando un sistema sanitario sobrecargado y con escasa supervisión clínica.

La medicalización de la demencia: un problema estructural

El uso generalizado de psicofármacos en personas mayores con demencia vuelve a situarse en el centro del debate sanitario. A pesar de que las guías clínicas recomiendan priorizar intervenciones no farmacológicas, estudios recientes muestran que uno de cada cuatro pacientes con demencia en Estados Unidos recibe antipsicóticos, benzodiacepinas o hipnóticos, y en España las cifras son aún más alarmantes.

Según expertos, en nuestro país hasta el 30% de los pacientes con demencia recibe antipsicóticos, y entre el 35% y el 55% utiliza benzodiacepinas o hipnóticos, muchas veces combinados en polifarmacia, lo que incrementa el riesgo de sedación, caídas y deterioro cognitivo. La situación es especialmente grave en residencias, donde la escasez de personal y la sobrecarga asistencial dificultan un seguimiento adecuado.

Riesgos clínicos y falta de alternativas

Los especialistas alertan que todos los psicofármacos implican riesgos significativos. La risperidona es el único antipsicótico autorizado para síntomas conductuales en demencia a corto plazo, mientras que otros, como la quetiapina, se usan por sus menores efectos extrapiramidales, aunque ninguno está exento de peligros. Los efectos adversos van desde sedación y empeoramiento cognitivo hasta aumento de mortalidad, eventos cardiovasculares y neumonía por aspiración.

Respecto a los antidepresivos y benzodiacepinas, los expertos subrayan que su uso prolongado agrava la fragilidad de estos pacientes, y deberían reservarse solo a situaciones de emergencia o tras estricta supervisión clínica.

Presión asistencial y ausencia de control

El problema no es únicamente clínico, sino organizativo y estructural. La falta de recursos en residencias y centros de atención primaria obliga a familiares y cuidadores a gestionar dosis y ajustes sobre la marcha. Como advierte Benedicto Crespo, director de la Unidad de Gestión Clínica del Hospital Virgen del Rocío, “no es lo mismo atender a un paciente con síntomas conductuales que a veinte en un mismo centro”.

La sobreprescripción se normaliza, y la revisión periódica de tratamientos es insuficiente, especialmente cuando los medicamentos se iniciaron para episodios puntuales.

Hacia una prescripción más segura y responsable

Los expertos coinciden en que no se trata de demonizar los psicofármacos. Su uso puede ser necesario para controlar síntomas graves, pero siempre aplicando la dosis mínima efectiva, informando a familiares y combinando con terapias no farmacológicas: estimulación cognitiva, musicoterapia, ejercicio o adaptación del entorno.

María Dolores Riaza, psiquiatra de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, recalca que una buena evaluación de síntomas podría reducir entre un 30% y 50% el uso de antipsicóticos sin empeorar la sintomatología.

Falta de investigación y seguimiento

David Pérez, portavoz del Grupo de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología (SEN), señala que la investigación sobre tratamientos sintomáticos sigue siendo escasa y dependiente de estudios observacionales, debido a la variabilidad de la medicación y al escaso interés de la industria farmacéutica.

No obstante, la incorporación de alertas en historias clínicas electrónicas y el uso futuro de inteligencia artificial podría mejorar la seguridad y supervisión de estas prescripciones.

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