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    La guerra de los robots ya ha comenzado y el Ejército español pide máquinas baratas

    octubre 2, 2026No hay comentarios13 minutos
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    Ucrania ha acelerado una revolución militar que obliga a cambiar el modelo: más drones, robots terrestres y sistemas baratos capaces de operar en masa.

    La guerra moderna está entrando en una nueva fase. Ya no basta con tener las armas más sofisticadas: también importa poder fabricar miles de máquinas, sustituir rápidamente las pérdidas y mantenerlas conectadas en el campo de batalla.

    IAvatares — avatares con inteligencia artificial

    La experiencia acumulada en Ucrania ha convertido los drones y los sistemas no tripulados en una pieza central de las operaciones militares. Y España está incorporando esas lecciones a su propia transformación de las Fuerzas Armadas.

    El cambio afecta especialmente al Ejército de Tierra, que trabaja desde hace años en la integración de robots terrestres, drones, inteligencia artificial y sistemas autónomos dentro del proyecto Fuerza 2035. La propia documentación del Ministerio de Defensa identifica los sistemas no tripulados como una de las tecnologías que están modificando la forma de combatir.

    La conclusión que se desprende de esta evolución es incómoda: el futuro campo de batalla puede necesitar menos plataformas exquisitamente caras y muchas más máquinas sencillas, sustituibles y producidas en grandes cantidades.

    Ucrania ha cambiado las reglas de la guerra

    La invasión rusa de Ucrania ha servido como laboratorio militar a escala real para comprobar cómo funcionan los sistemas no tripulados cuando se emplean de forma masiva.

    Los drones ya no son únicamente herramientas de reconocimiento.

    Se utilizan para observar posiciones, localizar objetivos, corregir fuego de artillería, transportar cargas, atacar vehículos, destruir fortificaciones y vigilar permanentemente determinadas zonas del frente.

    El IEEE del Ministerio de Defensa ha señalado que los drones se han convertido en una de las principales lecciones de la guerra de Ucrania y destaca la importancia creciente de sistemas pequeños, baratos y empleados en grandes cantidades.

    La lógica es sencilla.

    Si un ejército utiliza una plataforma que cuesta millones de euros para destruir una máquina enemiga que cuesta miles, el intercambio puede terminar siendo económicamente insostenible.

    La guerra comienza así a incorporar una nueva variable: la relación entre el coste del atacante y el coste del objetivo.

    Del arma cara a la máquina sustituible

    Durante décadas, las grandes potencias construyeron su poder militar alrededor de plataformas extremadamente sofisticadas.

    Cazas de última generación, carros de combate, buques, helicópteros y sistemas de misiles concentran enormes cantidades de tecnología y dinero.

    Son necesarios para determinadas misiones, pero presentan una vulnerabilidad evidente: cada pérdida tiene un coste enorme y no puede sustituirse rápidamente.

    Los drones introducen una lógica diferente.

    Un sistema no tripulado relativamente barato puede cumplir una misión, ser destruido y ser reemplazado por otro.

    La industria puede fabricar centenares o miles de unidades.

    Esta diferencia cambia también la planificación militar.

    El objetivo deja de ser exclusivamente construir la máquina técnicamente más avanzada y pasa a ser conseguir una combinación de precio, cantidad, disponibilidad, autonomía, comunicaciones y capacidad de actualización.

    El Ejército español lleva años experimentando con robots

    España no parte de cero.

    El Ejército de Tierra lleva años incorporando tecnologías de robotización dentro de sus planes de transformación.

    El programa Fuerza 2035 pretende adaptar la estructura y las capacidades de las unidades terrestres españolas a un escenario en el que la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, la robótica y las nuevas tecnologías tengan un peso mucho mayor.

    Las pruebas incluyen vehículos terrestres no tripulados, drones y sistemas destinados a realizar tareas que actualmente obligan a exponer a soldados.

    Una de las aplicaciones más evidentes es la logística.

    Un vehículo autónomo puede transportar munición, alimentos o material hasta una posición avanzada sin que sea necesario enviar un vehículo tripulado.

    Otra aplicación es la evacuación de heridos.

    En un escenario saturado de drones enemigos, enviar un vehículo no tripulado para recoger a un soldado puede reducir el riesgo de provocar nuevas bajas durante la evacuación. Esta es precisamente una de las aplicaciones identificadas en los experimentos con vehículos terrestres no tripulados.

    La «zona de muerte» de Ucrania obliga a replantearlo todo

    Uno de los conceptos que más ha cambiado la planificación militar es el de «zona de muerte».

    En determinados sectores del frente ucraniano, la presencia constante de drones, artillería y sistemas de vigilancia hace extremadamente peligroso el movimiento de vehículos y tropas.

    Expertos citados por medios especializados describen áreas de varios kilómetros en torno a la línea de contacto donde la movilidad durante el día puede resultar extraordinariamente complicada.

    El resultado es paradójico.

    Los soldados necesitan munición, alimentos, medicinas y refuerzos.

    Pero enviar personas para transportar esos suministros puede generar nuevas bajas.

    Aquí aparece el robot terrestre.

    La máquina puede hacer el recorrido que el soldado no debería hacer.

    Esta aplicación puede resultar mucho más relevante que la imagen futurista de un robot armado avanzando por un campo de batalla.

    El robot no tiene que parecerse a un humano

    Uno de los errores habituales al hablar de guerra robótica consiste en imaginar androides humanoides.

    La tecnología militar está evolucionando en otra dirección.

    Un robot militar puede ser simplemente un pequeño vehículo con ruedas u orugas equipado con cámaras, sensores, comunicaciones y una carga determinada.

    Puede transportar material.

    Puede realizar reconocimiento.

    Puede detectar minas.

    Puede evacuar heridos.

    Puede actuar como plataforma de sensores.

    Y, dependiendo del sistema y de las reglas de empleo, puede integrar armamento.

    La ventaja fundamental no es que se parezca a una persona.

    Es que puede realizar una misión sin poner a una persona en el mismo lugar.

    Los robots terrestres armados ya están en pruebas

    La transformación alcanza también al combate.

    En España se están probando sistemas terrestres no tripulados capaces de integrar sistemas de armas. El sector industrial está colaborando con el Ejército de Tierra en experimentos destinados a evaluar estas capacidades.

    Esto no significa que España esté sustituyendo a sus soldados por robots ni que exista un ejército autónomo preparado para combatir sin intervención humana.

    Significa algo más concreto: las Fuerzas Armadas están estudiando cómo introducir máquinas en funciones que hasta ahora correspondían exclusivamente a personal militar.

    La distinción es fundamental.

    Un vehículo controlado remotamente no es lo mismo que un sistema completamente autónomo.

    Y un sistema autónomo de transporte tampoco equivale a un arma capaz de seleccionar y atacar objetivos por sí misma.

    La inteligencia artificial multiplica el cambio

    La robotización está estrechamente relacionada con la inteligencia artificial.

    Una máquina puede incorporar cámaras y sensores, pero necesita software para interpretar la información.

    La inteligencia artificial permite procesar grandes cantidades de datos, detectar patrones, clasificar objetos y asistir al operador.

    Esto abre una segunda revolución.

    El robot no solo puede moverse: puede recibir información del entorno y utilizarla para decidir cómo ejecutar una tarea dentro de los límites establecidos por su diseño.

    La documentación del Ejército de Tierra reconoce que la incorporación de inteligencia artificial, robotización y automatización implica no solo un cambio tecnológico, sino también un cambio organizativo, cultural y formativo.

    Los militares tendrán que aprender a trabajar junto a sistemas que procesan información a una velocidad imposible para una persona.

    La verdadera batalla será industrial

    La guerra de los drones ha demostrado que disponer de un prototipo avanzado no es suficiente.

    Hay que poder producirlo.

    Y hacerlo rápidamente.

    La experiencia ucraniana ha mostrado la importancia de fabricar grandes cantidades de drones y adaptar continuamente sus diseños según las necesidades del frente.

    Eso modifica las prioridades de la industria de defensa.

    Ya no se trata únicamente de construir una plataforma y mantenerla durante décadas.

    Hay que desarrollar ciclos mucho más rápidos.

    Diseñar, probar, fabricar, desplegar, detectar fallos y volver a diseñar.

    La industria civil también adquiere una importancia mayor porque muchos componentes utilizados por los drones proceden de tecnologías comerciales.

    Cámaras, procesadores, baterías, sistemas de comunicación y componentes electrónicos pueden tener aplicaciones tanto civiles como militares.

    El propio Ministerio de Defensa ha señalado la importancia de esta convergencia entre tecnología civil y capacidades militares.

    El precio puede convertirse en un arma

    La importancia de fabricar máquinas baratas se entiende mejor con los drones empleados por Rusia y Ucrania.

    El IEEE del Ministerio de Defensa ha destacado el caso de los drones Shahed/Gerán y su empleo masivo. El documento señala que los modelos tradicionales tenían un coste de alrededor de 20 000 euros, mientras que nuevas generaciones producidas en Rusia han llegado a situarse, según el análisis citado, en un rango de aproximadamente 600 a 900 dólares.

    Estas cifras deben interpretarse con cautela porque existen diferentes modelos, configuraciones y estimaciones de coste.

    Pero la tendencia es clara.

    La tecnología militar está abaratando el acceso a determinadas capacidades.

    Un ejército puede lanzar numerosos sistemas relativamente económicos y obligar al adversario a gastar recursos mucho más caros para detectarlos y destruirlos.

    Ese desequilibrio puede convertirse en un problema estratégico.

    El riesgo de disparar millones para destruir miles

    La lógica de la guerra de drones plantea un problema especialmente importante para la defensa aérea.

    Si un sistema de interceptación cuesta cientos de miles o millones y el objetivo enemigo cuesta una pequeña fracción, el defensor puede acabar consumiendo sus reservas mucho más deprisa que el atacante.

    Por eso están apareciendo nuevas soluciones de bajo coste destinadas a combatir drones.

    La OTAN está realizando pruebas con tecnologías destinadas a detectar, interferir o destruir aparatos no tripulados utilizando soluciones más económicas y adaptables. España participa en este proceso industrial y tecnológico.

    La guerra tecnológica empieza así a convertirse en una guerra de costes.

    No gana necesariamente quien tiene el misil más potente.

    Puede tener ventaja quien consiga fabricar el interceptor suficiente para responder a miles de amenazas.

    España necesita capacidad industrial además de tecnología

    La transformación militar tiene una consecuencia directa para España.

    Comprar sistemas extranjeros puede proporcionar capacidades rápidamente, pero no garantiza por sí mismo una autonomía industrial suficiente.

    Si los drones se convierten en material de consumo militar, depender completamente de proveedores externos puede generar vulnerabilidades.

    La industria nacional adquiere entonces una importancia estratégica.

    Empresas españolas trabajan ya en drones, robótica, comunicaciones, inteligencia artificial y sistemas de defensa. En ejercicios de la OTAN se han probado tecnologías desarrolladas por compañías españolas, incluidas soluciones de pequeñas empresas y empresas emergentes.

    El desafío consiste en convertir esa capacidad tecnológica en producción sostenida y escalable.

    Una cosa es fabricar cien unidades para una prueba.

    Otra muy diferente es poder fabricar miles cada mes durante un conflicto.

    El soldado no desaparece: cambia su función

    La robotización no significa automáticamente el fin del soldado.

    Al contrario.

    En muchos escenarios, el militar seguirá siendo necesario para tomar decisiones, ocupar territorio, interpretar situaciones ambiguas y asumir responsabilidades que una máquina no puede recibir.

    Lo que puede cambiar es la forma en que se utiliza al personal.

    En lugar de enviar soldados para transportar munición, explorar determinados espacios o realizar determinadas tareas peligrosas, el Ejército puede enviar máquinas.

    El combatiente se convierte progresivamente en operador, supervisor y comandante de sistemas.

    Un soldado puede controlar varios drones.

    Un equipo puede coordinar diferentes vehículos terrestres.

    Un puesto de mando puede recibir información simultánea de centenares de sensores.

    La relación entre humanos y máquinas se convierte así en una parte fundamental de la capacidad militar.

    La autonomía plantea el gran dilema

    La cuestión más delicada aparece cuando se habla de armas autónomas.

    Existe una diferencia fundamental entre un dron que vuela automáticamente hasta unas coordenadas y un sistema capaz de identificar objetivos y decidir por sí mismo cuándo emplear la fuerza.

    La primera tecnología ya está ampliamente desarrollada.

    La segunda plantea importantes cuestiones jurídicas, éticas y operativas.

    La propia Revista Ejército ha analizado anteriormente la automatización de la guerra y la necesidad de mantener el control humano sobre los sistemas de armas autónomos.

    El problema no es únicamente moral.

    También es militar.

    Un sistema autónomo puede cometer errores si sus sensores fallan, si recibe información incorrecta o si interpreta erróneamente una situación.

    Además, un sistema conectado puede convertirse en un objetivo de guerra electrónica o de ciberataques.

    El enemigo también puede piratear las máquinas

    Cuantas más funciones dependen de sistemas digitales, mayor es la importancia de proteger las comunicaciones.

    Un ejército robotizado necesita redes resistentes.

    Si un adversario consigue interferir las comunicaciones, falsificar información de navegación o tomar el control de determinados sistemas, la misma tecnología diseñada para proporcionar ventaja puede convertirse en una vulnerabilidad.

    La guerra electrónica se convierte así en un componente inseparable de la robotización.

    No basta con fabricar buenos drones.

    Hay que conseguir que sigan funcionando cuando el enemigo intente bloquearlos.

    La nueva carrera armamentística será diferente

    Durante la Guerra Fría, las grandes potencias compitieron principalmente por disponer de más misiles, submarinos, bombarderos y armas nucleares.

    La nueva competición militar incorpora otros elementos.

    Software.

    Semiconductores.

    Baterías.

    Sensores.

    Sistemas de navegación.

    Comunicaciones.

    Inteligencia artificial.

    Capacidad industrial.

    Y, sobre todo, la capacidad de fabricar máquinas en cantidades suficientes.

    Eso explica por qué la guerra de Ucrania está siendo observada con tanta atención por los ejércitos europeos.

    No se trata solamente de copiar un modelo de dron.

    Se trata de comprender qué tipo de ejército necesita Europa para un conflicto en el que miles de sistemas baratos pueden estar operando simultáneamente.

    Fuerza 2035 y el Ejército que viene

    El Ejército de Tierra español ha planteado su transformación alrededor del horizonte Fuerza 2035.

    El objetivo no consiste exclusivamente en comprar nuevos vehículos.

    La transformación incluye nuevas formas de mando y control, digitalización, inteligencia artificial, robotización y automatización.

    Los ejercicios de experimentación permiten probar tecnologías antes de integrarlas definitivamente en las unidades.

    Es un cambio importante porque evita que el Ejército compre una tecnología simplemente porque existe.

    Primero se prueba.

    Después se analiza.

    Y finalmente se determina si realmente aporta una ventaja militar.

    Una guerra de máquinas no significa una guerra sin humanos

    El escenario que se está dibujando no es el de una película de ciencia ficción.

    No hay evidencia de que los ejércitos occidentales estén preparando una sustitución completa de los soldados por robots autónomos.

    La realidad es mucho más concreta.

    Los humanos seguirán tomando las decisiones fundamentales, pero cada vez tendrán más máquinas a su disposición para ejecutarlas.

    El cambio será gradual.

    Primero llegarán más drones.

    Después, vehículos terrestres no tripulados.

    Más tarde, sistemas capaces de coordinar diferentes plataformas.

    La inteligencia artificial aumentará la capacidad de análisis.

    Y la producción masiva permitirá asumir pérdidas que serían inaceptables cuando cada plataforma cuesta millones.

    La guerra ya ha cambiado

    La principal lección de Ucrania no es que los carros de combate hayan desaparecido ni que los cazas hayan dejado de ser importantes.

    Es que ninguna plataforma por sí sola garantiza la superioridad militar.

    El futuro pertenece a la combinación de soldados, drones, vehículos no tripulados, sensores, inteligencia artificial, artillería, guerra electrónica y redes de comunicaciones.

    Y dentro de esa combinación, las máquinas baratas y numerosas pueden adquirir un protagonismo que hace apenas una década habría parecido improbable.

    España ya está experimentando con esa realidad.

    El Ejército de Tierra está incorporando la robotización a su planificación y probando sistemas capaces de realizar tareas logísticas, de reconocimiento y, potencialmente, de combate.

    La cuestión ya no es si llegará la guerra de los robots.

    La guerra de los robots ya está empezando.

    La pregunta para España y Europa es otra: si serán capaces de producir las máquinas suficientes, desarrollar la tecnología propia y mantener el control humano necesario antes de que el próximo conflicto vuelva a demostrar que, en el campo de batalla moderno, la cantidad también puede ser una forma de superioridad tecnológica.

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