La inteligencia artificial (IA) está reconfigurando el mercado laboral a una velocidad que supera la capacidad de respuesta de gobiernos, sindicatos y trabajadores. Según el informe Inteligencia artificial y mercado de trabajo en España, publicado por Funcas en abril de 2026, la IA destruirá entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en España a lo largo de la próxima década, aunque simultáneamente generará 1,6 millones de nuevas ocupaciones vinculadas a esta tecnología. El impacto de la inteligencia artificial en el empleo no es una amenaza futura: ya está transformando quién trabaja, cómo trabaja y bajo qué condiciones.
Un cambio silencioso que ya afecta a millones de trabajadores
La transformación no se anuncia con titulares. Ocurre dentro de las empresas, en los flujos de trabajo cotidianos, en la forma en que un profesional prepara una presentación, analiza un convenio colectivo o conecta con un cliente. Plataformas como Shakers —dedicada a conectar empresas tecnológicas con talento independiente— reportan que los proyectos que demandan competencias de IA se han triplicado en los últimos doce meses. «Ya no se busca tanto un rol estático como una capacidad concreta para resolver una necesidad puntual», señala Jaime Castillo, cofundador de la plataforma.
El cambio afecta también a organizaciones no empresariales. Comisiones Obreras, según su secretario de Acción Sindical, Javier Pacheco, utiliza ya la IA para elaborar modelos predictivos y analizar convenios colectivos: «Estamos obligados a usar esta tecnología». Si hasta los sindicatos integran la IA en su acción estratégica, la extensión del fenómeno es incuestionable.
Según el portal especializado Layoffs.fyi, en los primeros cuatro meses de 2026, más de 92.000 personas perdieron su empleo en empresas tecnológicas en todo el mundo. Las cifras no desmienten la transformación; la confirman, con la crudeza de los hechos.
Qué empleos están más expuestos al impacto de la IA
El Economic Index de Anthropic —empresa desarrolladora de sistemas de IA— sitúa los empleos administrativos, técnicos y de oficina como los más expuestos: analistas, programadores, redactores y trabajadores del procesamiento de la información. Sin embargo, el estudio matiza un extremo relevante para no caer en el catastrofismo: la mayoría de esos puestos no sufrirán una sustitución completa, sino automatización parcial y aumento de la productividad.
El informe de Funcas coincide en el diagnóstico: no desaparecen empleos como categorías, sino tareas concretas que serán ejecutadas por la IA. El matiz es fundamental para entender la naturaleza real del riesgo. La brecha, no obstante, no es homogénea. Elena Fernández, coautora del estudio Inteligencia artificial y mercado laboral: impactos en las competencias de los trabajadores (SEPE), advierte de una doble fractura: «Lo que hemos detectado es una brecha generacional, especialmente en personas mayores con menos competencias digitales, y una brecha de género respecto a las mujeres», en particular las mayores de 45 años.
Según datos de Google Trends para España en marzo de 2026, las búsquedas de empleo relacionadas con IA han crecido un 550% en un año. De 2 millones de ofertas analizadas, el 22% ya hace referencia a habilidades vinculadas a la inteligencia artificial. El trabajador está tomando conciencia, aunque a menudo sin los instrumentos formativos necesarios para actuar.
El AI Washing: cuando la IA se convierte en coartada empresarial
No toda la transformación atribuida a la IA es lo que parece. El CEO de OpenAI, Sam Altman, reconoció públicamente durante el Indian AI Impact Summit que hay empresas que culpan a la inteligencia artificial de despidos que responden, en realidad, a motivos financieros, de sobrecontratación o de simple reducción de costes. Este fenómeno tiene nombre: AI washing, la práctica de promocionar falsamente capacidades de IA para atraer inversión o proyectar una imagen de innovación tecnológica.
Un ejemplo reciente en España es el de Capgemini, multinacional francesa de consultoría tecnológica, que ha anunciado un Expediente de Regulación de Empleo que puede afectar a hasta 748 trabajadores en nuestro país —cerca del 7% de su plantilla—, enmarcado en un proceso de transformación tecnológica. Desde CCOO, Javier Pacheco es explícito: «Las grandes tecnológicas están intentando corregir de manera financiera las inversiones que están realizando en inteligencia artificial por la vía de prescindir de fuerza laboral».
El problema del AI washing no es solo de honestidad corporativa. Tiene consecuencias directas sobre los trabajadores afectados y sobre la percepción social de una tecnología que, aplicada con rigor, puede ser genuinamente transformadora. Según un informe de Boston Consulting Group, tres cuartas partes de las empresas que intentan implementar IA fracasan. La causa no es la falta de acceso a la tecnología, sino la escasez de profesionales capaces de implementarla correctamente.
El reto formativo: España llega tarde y sin estrategia clara
El diagnóstico sobre formación es unánime entre todos los agentes consultados: insuficiente, fragmentada y sin visión de Estado. Para 2030, la Unión Europea se ha fijado que el 70% de la población tenga competencias digitales básicas. España se sitúa en el 66%, según datos del índice DESI de la Comisión Europea, y la llegada de la IA generativa ha acelerado la urgencia sin que los marcos formativos hayan respondido a la misma velocidad.
«Formación, formación y formación», reitera Elena Fernández. La advertencia se extiende a todos los niveles: empresas, administraciones públicas y los propios trabajadores. Javier Pacheco va más lejos en el diagnóstico estructural: «España tiene que hacer una apuesta muy clara por la formación profesional pública, tradicional y a distancia, para corregir los desequilibrios territoriales». A su juicio, la ausencia de una estrategia nacional coherente es la principal vulnerabilidad del país ante esta transición.
Un dato revelador ilustra la magnitud del desconocimiento: según la investigación del SEPE, casi el 25% de los trabajadores españoles ni siquiera sabe si está utilizando un sistema de inteligencia artificial en su empresa. La alfabetización tecnológica no es ya una aspiración progresista; es una necesidad económica de primer orden.
Lo que viene: entre la adaptación y la fractura social
Las búsquedas de cursos de IA en España se han incrementado un 510% en el último año, según Google Trends. La demanda de upskilling es real y creciente, pero choca con una oferta formativa que las propias pymes reconocen como insuficiente: tres cuartas partes de las pequeñas y medianas empresas admiten dificultades para encontrar candidatos especializados en inteligencia artificial.
El riesgo no es solo económico. Es de cohesión social. Si la transición hacia un mercado laboral más tecnológico se hace sin acompañamiento institucional, sin formación accesible y sin protección para los perfiles más vulnerables —trabajadores mayores, sectores con baja digitalización, zonas con desequilibrios territoriales— el resultado no será la modernización del país, sino la ampliación de sus fracturas históricas.
Los próximos cinco años serán determinantes. La velocidad de la IA no espera a que los sistemas educativos y regulatorios se pongan al día.
La opinión de El Vértice
La inteligencia artificial es una realidad que no admite ni negacionismo ni demagogia apocalíptica. Los datos son elocuentes: millones de empleos en transición, brechas de formación enquistadas y empresas que utilizan la etiqueta de la IA para encubrir decisiones puramente financieras. España necesita una respuesta de Estado, no de mercado. La formación profesional pública, los incentivos a la recualificación y un marco regulatorio claro —el europeo existe; hay que aplicarlo con firmeza— son instrumentos disponibles que este país no está utilizando con la convicción que la situación exige.
La revolución tecnológica no debería convertirse en una nueva forma de precariedad encubierta bajo el brillo de la innovación. El libre mercado asigna recursos con eficiencia, pero no garantiza cohesión social. Ese es, precisamente, el papel del Estado: asegurar que el progreso no deje atrás a quienes no pueden adaptarse solos.
¿Está dispuesta España a afrontar ese compromiso antes de que los rezagados sean ya una generación entera?
