Seis años después de abandonar su papel como miembro activo de la familia real británica, Meghan regresa al Reino Unido con una estética más relajada, pero repleta de firmas como Cartier, Chanel, Ralph Lauren, Balenciaga y Carolina Herrera.
Meghan Markle ha cambiado radicalmente las reglas de su armario, pero no precisamente para abrazar la austeridad. Seis años después de apartarse junto al príncipe Harry de sus funciones como miembros activos de la familia real británica, su imagen ha pasado del estricto protocolo de palacio a un estudiado lujo relajado de inspiración californiana.
Han desaparecido buena parte de los tocados, las medias, los vestidos protocolarios y las siluetas asociadas a los actos oficiales. En su lugar aparecen camisas blancas, pantalones amplios, lino, vestidos fluidos, sandalias planas y prendas aparentemente sencillas.
Pero las apariencias engañan: detrás de esa naturalidad continúan apareciendo nombres como Cartier, Chanel, Ralph Lauren, Balenciaga, Carolina Herrera, Oscar de la Renta, Manolo Blahnik o Aquazzura.
El cambio de Meghan no ha sido, por tanto, del lujo a la sencillez, sino de un tipo de lujo a otro.
Meghan Markle sustituye el protocolo por el «lujo silencioso»
Durante su etapa como royal en activo, Meghan tenía que adaptar su vestuario a una institución donde la ropa forma parte de la comunicación pública.
Ahora su estética resulta mucho más próxima a la denominada «quiet luxury» o lujo silencioso: prendas aparentemente básicas, colores neutros, buenos tejidos y accesorios de elevado precio que no necesitan grandes logotipos para resultar reconocibles.
Una camisa marinera combinada con unos vaqueros crema puede parecer un conjunto convencional, pero encaja perfectamente con la imagen que Meghan ha construido desde su residencia en California: informalidad cuidadosamente calculada.
Es una estética especialmente vinculada a Montecito y a la denominada rich mom aesthetic: básicos aparentemente sencillos combinados con alguna pieza que revela inmediatamente el nivel del conjunto.
Un buen ejemplo apareció durante los Invictus Games, cuando combinó shorts de Staud, americana de J.Crew y bailarinas de Chanel.
Parece fácil. Reproducirlo con las mismas etiquetas ya es otra historia.
Cartier y Chanel siguen teniendo sitio en el nuevo armario
La relajación tampoco ha supuesto la desaparición de las grandes firmas.
Para la gala Champions for Children de Beverly Hills, Meghan eligió un vestido azul marino palabra de honor de Ralph Lauren, sandalias de Stuart Weitzman y pendientes vintage de Chanel.
En su muñeca volvió a aparecer una de sus piezas más reconocibles: el Cartier Tank que perteneció a Diana de Gales.
Ese reloj reaparece como elemento de continuidad incluso cuando Meghan apuesta por conjuntos mucho más informales.
Durante una visita a San Basilio de Palenque, en Colombia, combinó un top blanco de Argent, una falda larga de lino de Posse, sandalias planas de Emme Parsons y un sombrero de paja de la diseñadora colombiana Hannia Char.
El pequeño detalle de lujo volvía a estar en la muñeca: Cartier.
De Balenciaga a Carolina Herrera
Cuando la ocasión exige mayor impacto, Meghan tampoco renuncia al gran lujo internacional.
Su debut en la Semana de la Moda de París estuvo marcado por un conjunto blanco de Balenciaga, diseñado por Pierpaolo Piccioli, compuesto por camisa de seda, pantalones extremadamente anchos y una gran capa sobre los hombros.
En el TIME100 Summit de Nueva York optó por una estética más empresarial con Ralph Lauren, combinando americana amplia, pantalones palazzo de lino y seda, camisa blanca y zapatos de ante de Manolo Blahnik.
Para los Paley Honors recurrió a un vestido negro de Oscar de la Renta, mientras que en otros eventos ha aparecido con diseños de Carolina Herrera, Johanna Ortiz, Proenza Schouler, Cult Gaia y Louis Vuitton.
La constante es clara: menos rigidez institucional no significa necesariamente menor presupuesto.
También recupera vestidos que ya tenía
Existe, sin embargo, otro elemento dentro de la construcción de su imagen: reutilizar prendas.
En 2024 recuperó un vestido rojo de Carolina Herrera que ya había utilizado en 2021 durante la gala Salute to Freedom.
La prenda fue modificada, eliminando su larga cola y dejando una silueta más limpia.
También volvió a utilizar durante un viaje a Nigeria un vestido amarillo de Carolina Herrera que había llevado anteriormente en 2020, durante el cumpleaños de su hijo Archie.
La reutilización permite proyectar una imagen diferente a la de un armario permanentemente desechable, aunque siga tratándose de prendas pertenecientes a algunas de las firmas más exclusivas del mercado.
Más libertad para enseñar color y sensualidad
Hay otro cambio evidente respecto a sus años dentro de la familia real: Meghan dispone ahora de mucha más libertad para decidir qué imagen quiere proyectar.
Escotes palabra de honor, espaldas descubiertas, aberturas pronunciadas, estampados y colores intensos tienen una presencia mayor.
En los ESPY Awards de Los Ángeles, por ejemplo, vistió un diseño blanco de Oscar de la Renta con escote halter y espalda descubierta.
En Nigeria apareció con un vestido de seda estampado de Johanna Ortiz, mientras para una gala de la Fifteen Percent Pledge eligió un vestido de satén color champán de Harbison Studio acompañado por una larga pieza de terciopelo.
Su salida de las obligaciones reales no solo modificó las marcas o las prendas: cambió la capacidad de Meghan para utilizar su ropa como una expresión personal y comercial de su propia identidad.
Las giras de Harry y Meghan mantienen la polémica
La transformación del vestuario coincide además con una de las contradicciones que sigue acompañando a los duques de Sussex.
Harry y Meghan abandonaron sus funciones institucionales buscando una vida independiente de la Corona, pero posteriormente han realizado viajes internacionales con agendas y apariciones públicas que, en ocasiones, recuerdan visualmente a las antiguas giras reales, aunque carezcan de esa condición oficial.
El propio vestuario de Meghan refleja esa frontera.
Durante una visita al campo de refugiados de Za’atari, en Jordania, recurrió a pantalones en tonos tierra, una camisa blanca de la firma londinense With Nothing Underneath y náuticos de ante de Vince.
La imagen era mucho más relajada que la de sus años en Buckingham, pero seguía cuidadosamente construida para una aparición pública de alcance internacional.
Meghan Markle cambia de vida, pero conserva el lujo
La evolución de Meghan Markle puede resumirse así: ha abandonado el uniforme de la monarquía, no el vestuario aspiracional.
Antes, las circunstancias institucionales determinaban buena parte de lo que podía llevar. Ahora puede combinar unos vaqueros con prendas de lujo, aparecer con sandalias planas en un viaje internacional o acudir a una alfombra roja con un vestido de Oscar de la Renta.
El resultado parece más sencillo porque precisamente esa es la estética perseguida.
Se trata de proyectar comodidad, independencia y naturalidad, pero manteniendo tejidos, joyas, accesorios y diseñadores que continúan situando su armario muy lejos de lo cotidiano.
Seis años después de abandonar la primera línea de la familia real, Meghan Markle ya no viste como una duquesa en acto oficial. Eso no significa, ni mucho menos, que haya dejado de vestir como una mujer extraordinariamente privilegiada.

