La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España ha hecho pública la lista de nominados a Mejor Actor de Reparto en la 40ª edición de los Premios Goya 2026, cuya gala se celebrará el próximo 28 de febrero en Barcelona. Una categoría que, más allá del reconocimiento artístico, vuelve a situar el foco en el rumbo ideológico y cultural del cine español, cada vez más dependiente de subvenciones públicas y menos conectado con el gran público.
Los cinco nominados al Goya 2026 a Mejor Actor de Reparto
Los actores seleccionados por la Academia son:
- Miguel Rellán por El cautivo
- Juan Minujín por Los domingos
- Kandido Uranga por Maspalomas
- Tamar Novas por Rondallas
- Álvaro Cervantes por Sorda
Se trata de una combinación de veteranos consolidados y actores con trayectorias más recientes en el circuito de premios. Sin embargo, la discusión no gira únicamente en torno a la calidad interpretativa, sino también al tipo de cine que la Academia respalda año tras año.
El regreso de Miguel Rellán: cuatro décadas después
Uno de los nombres que más titulares ha generado es el de Miguel Rellán, quien vuelve a optar al galardón cuatro décadas después de ganar en la primera edición de los Goya. Su nominación por El cautivo ha sido interpretada como un reconocimiento a una carrera sólida y longeva.
No obstante, algunos analistas del sector apuntan a que la Academia busca reforzar una narrativa de continuidad histórica y prestigio institucional en un momento en que el cine español atraviesa una crisis de asistencia en salas y una creciente desconexión con el público general.
Nuevas caras y presencia internacional
La inclusión del argentino Juan Minujín marca una apertura hacia perfiles internacionales, algo cada vez más habitual en las producciones españolas financiadas en régimen de coproducción. Mientras tanto, Kandido Uranga logra su primera nominación, consolidando su trayectoria tras años de presencia en producciones de perfil medio.
Por su parte, Tamar Novas regresa a la carrera por el Goya más de dos décadas después de haber sido premiado en otra categoría, y Álvaro Cervantes reafirma su posición como uno de los rostros habituales del cine nacional contemporáneo.
El contexto: subvenciones y debate cultural
La 40ª edición de los Premios Goya, organizados por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, llega en un momento especialmente delicado para la industria. El cine español sigue dependiendo en gran medida de ayudas públicas, lo que reabre el debate sobre la orientación ideológica de muchas producciones y la desconexión entre premios y taquilla.
Varias de las películas nominadas en esta categoría han tenido un recorrido discreto en salas comerciales, pero una notable presencia en festivales y circuitos institucionales. Esta divergencia alimenta la percepción de que los Goya premian un cine dirigido a minorías culturales antes que al espectador medio.
Además, la elección de Barcelona como sede de la gala vuelve a tener una lectura política inevitable. La descentralización del evento ha sido defendida como gesto de pluralidad territorial, aunque algunos sectores consideran que la Academia evita posicionarse con claridad en cuestiones que afectan a la unidad nacional.
¿Premios al talento o consolidación de una élite cultural?
La categoría de Mejor Actor de Reparto suele ser un termómetro del reconocimiento profesional dentro del sector. Sin embargo, la pregunta que muchos espectadores se hacen es otra: ¿hasta qué punto los Goya representan al conjunto del cine español y no solo a un circuito cerrado de productores, directores y académicos?
El talento de los nominados es indiscutible. Pero el verdadero debate gira en torno a la falta de conexión entre crítica institucional y público real, especialmente en un contexto donde las plataformas digitales y el cine internacional ganan terreno frente a la producción nacional.
La gala del 28 de febrero será decisiva no solo para conocer al ganador, sino también para medir la relevancia social de unos premios que celebran ya su 40ª edición. En un momento de cambios profundos en el consumo audiovisual, la industria española necesita algo más que galardones: necesita reconectar con la audiencia.
¿Estamos ante un reconocimiento merecido al talento interpretativo o ante la confirmación de que el cine español sigue encerrado en su propio circuito cultural?

