Pavimentos a más de 65 °C, apenas un 1 % de sombra en la Avenida de la Constitución y barrios especialmente vulnerables: un catedrático reclama transformar Sevilla antes de que el calor extremo convierta el verano en un problema todavía mayor de salud pública.

Sevilla siempre ha convivido con el calor. El problema es que el calor que llega ya no parece dispuesto a respetar las reglas del pasado.

A las 17:00 horas, cuando todavía queda una larga tarde por delante, el asfalto del Puente de San Telmo puede alcanzar los 65,4 °C. Un banco llega a 62 °C. En plena Avenida de la Constitución, el granito roza los 59,7 °C incluso alrededor de las 18:00.

No son previsiones para 2050. Son mediciones tomadas en Sevilla en el verano de 2026 durante un recorrido con Enrique Figueroa, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla.

Su diagnóstico es directo: «No estamos preparados. Necesitamos hacer mucho más».

Sevilla ante el calor extremo: el suelo supera los 65 grados

El problema del calor extremo en Sevilla no puede medirse únicamente mirando la temperatura oficial del aire.

Durante la jornada analizada, el aeropuerto registró una máxima de 40 °C. Sin embargo, las mediciones realizadas entre las 17:00 y las 18:00 dibujaron una realidad mucho más agresiva para el peatón.

En el Puente de San Telmo, la temperatura ambiente era de 39,4 °C. El asfalto alcanzaba 65,4 °C, el pavimento peatonal llegaba a 59,7 °C y uno de los bancos marcaba 62 °C.

La radiación solar medida llegó a 111 000 lux. Figueroa calificó los valores registrados como «elevadísimos» y advirtió de sus efectos perjudiciales para la salud.

La fotografía que dejan estos datos obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿está diseñada Sevilla para el clima que realmente tiene o continúa funcionando con soluciones pensadas para una ciudad que ya no existe?

El árbol gana por goleada al cemento y a los toldos

Una de las comparaciones más reveladoras aparece en el Paseo Marqués de Contadero.

La temperatura ambiente alcanzaba allí 39,6 °C. El suelo expuesto directamente al sol llegaba a 62,4 °C. Bajo una de las velas instaladas, la superficie descendía hasta los 42,6 °C.

El toldo, por tanto, sí reducía notablemente la exposición solar. La radiación pasaba de 145 000 lux en la zona soleada a 33 000 lux bajo la cobertura.

Pero entonces llegó el árbol.

Bajo la sombra de una tipuana, la radiación descendió hasta 8 000 lux. Los adoquines bajo su copa estaban a 38,5 °C, mientras que al sol alcanzaban los 52 °C.

El dato es difícil de ignorar.

La infraestructura verde no es un elemento decorativo. Es infraestructura urbana.

Durante décadas, demasiadas ciudades españolas han tratado el árbol como un complemento paisajístico: algo que embellece una plaza, acompaña una avenida o mejora una fotografía institucional.

El nuevo escenario térmico obliga a cambiar esa mentalidad.

Un árbol adulto puede convertirse en una herramienta de adaptación urbana tan estratégica como una marquesina, una fuente o un sistema de transporte público bien planificado.

La Avenida de la Constitución, una gran superficie hostil bajo el sol

La Avenida de la Constitución representa uno de los casos más llamativos.

Peatonalizada y transformada con la llegada del Metrocentro, esta arteria monumental tiene un problema evidente durante los episodios de altas temperaturas: la falta de sombra.

Según Figueroa, el porcentaje de sombra es de apenas el 1 %.

Junto al Archivo de Indias, el suelo de granito alcanzó 59,7 °C a las 18:00 horas. El experto advierte además de que el granito continúa liberando calor después de desaparecer la radiación solar directa.

El debate se complica por el enorme valor patrimonial del entorno.

No se puede intervenir en el corazón monumental de Sevilla como si se tratara de un polígono de nueva construcción. Pero proteger el patrimonio tampoco puede significar condenar al peatón a atravesar una plancha de piedra bajo temperaturas extremas.

Figueroa reclama una «infraestructura verde realizada con cabeza y sentido común» y pide incorporar a ecólogos urbanos, botánicos, fisiólogos y especialistas en salud urbana en el diseño de las soluciones.

Quizá ahí esté una de las claves del problema.

La adaptación al calor no puede depender de ocurrencias estéticas ni de una batalla partidista sobre quién coloca mejor un toldo. Necesita ingeniería, ciencia, urbanismo y planificación a largo plazo.

La polémica de los toldos vuelve a golpear a Sevilla

El verano de 2026 ha vuelto a colocar los toldos de Sevilla en el centro de la polémica municipal.

La fuente aportada recoge críticas políticas por la instalación o ausencia de velas en puntos como la Avenida de la Constitución y el Puente de San Telmo, así como problemas técnicos en Marqués de Contadero.

Pero Figueroa plantea un debate todavía más profundo: no basta con colocar lonas y olvidarse de ellas.

El experto recuerda que los toldos permaneciendo desplegados durante la noche pueden dificultar la ventilación y la convección térmica. A ello se suma el calor expulsado por los aparatos de aire acondicionado.

El resultado puede ser una acumulación de aire caliente bajo las coberturas, un fenómeno que el catedrático describe como un «efecto invernadero local».

La reflexión es importante porque desmonta una idea demasiado simple: más toldos no significa automáticamente una ciudad mejor adaptada.

Hay calles estrechas donde los propios edificios generan sombra. Hay espacios abiertos que necesitan vegetación. Hay zonas donde una pérgola puede funcionar y otras donde es imprescindible repensar materiales, orientación y arbolado.

Sevilla necesita dejar de aplicar la misma receta a problemas urbanos diferentes.

El verdadero problema está también en los barrios

El debate sobre el calor suele concentrarse en el centro histórico.

Es lógico. Allí están los turistas, los monumentos y buena parte de las imágenes que recorren las redes sociales.

Pero el calor no entiende de postales.

Figueroa pide analizar Sevilla barrio a barrio. Y señala las enormes diferencias existentes entre zonas como El Porvenir y áreas como Los Pajaritos, Palmete o Las Letanías.

El catedrático considera insuficiente limitar la respuesta a declaraciones generales y reclama desarrollar medidas concretas de adaptación y mitigación, tomando como marco la planificación climática existente.

Aquí el debate deja de ser turístico.

Una familia con una vivienda bien aislada, climatización eficiente y capacidad para pagar la factura eléctrica no afronta una ola de calor en las mismas condiciones que una persona mayor que vive sola en un piso mal ventilado.

Tampoco es igual caminar por una avenida arbolada que cruzar diariamente una gran superficie de cemento sin sombra.

La adaptación al calor se ha convertido también en una cuestión de desigualdad urbana.

Sevilla no puede seguir diseñándose con el clima del siglo XX

Durante generaciones, el calor sevillano fue asumido como una realidad inevitable.

Persianas bajadas. Calles vacías a determinadas horas. Patios. Fuentes. Árboles. Viviendas adaptadas de manera más o menos intuitiva a las condiciones del sur.

Pero la ciudad moderna también ha acumulado grandes superficies minerales, tráfico, climatización artificial y espacios urbanos con escasa cobertura vegetal.

Ahora, el termómetro está poniendo a prueba ese modelo.

65,4 °C sobre el asfalto no son una anécdota meteorológica.

Son un aviso sobre los materiales que utilizamos.

59,7 °C en una superficie peatonal no son simplemente «el verano de Sevilla».

Son un dato que obliga a revisar cómo diseñamos los recorridos ciudadanos.

Y un 1 % de sombra en una gran avenida monumental debería abrir un debate técnico serio, alejado de improvisaciones y guerras políticas.

Más árboles, pero también mejor urbanismo

La respuesta fácil sería resumir todo en una frase: hay que plantar árboles.

La realidad es más compleja.

Sí, la comparación realizada en Marqués de Contadero muestra la enorme capacidad de la sombra vegetal para reducir la radiación y la temperatura superficial. Pero una estrategia seria necesita analizar especies, disponibilidad de agua, espacio radicular, mantenimiento y compatibilidad con el patrimonio y las infraestructuras existentes.

No basta con plantar pequeños ejemplares para inaugurar una campaña y publicar una fotografía.

La ciudad necesita árboles capaces de sobrevivir, crecer y proporcionar copa.

Y necesita también revisar pavimentos, crear corredores de sombra, mejorar refugios climáticos y estudiar los desplazamientos cotidianos de la población más vulnerable.

El reto no consiste en hacer Sevilla más bonita para una campaña turística.

Consiste en conseguir que siga siendo habitable durante los meses más duros del año.

El calor extremo obliga a Sevilla a elegir

Sevilla tiene ante sí una decisión incómoda.

Puede continuar reaccionando cada verano con la misma discusión sobre los toldos, esperando a que septiembre haga desaparecer el problema de la agenda pública.

O puede aceptar que la adaptación al calor extremo será una de las grandes transformaciones urbanas de las próximas décadas.

Los datos recogidos este verano son contundentes: 65,4 °C en el asfalto del Puente de San Telmo, 62,4 °C en el suelo de Marqués de Contadero y 59,7 °C en el granito de la Avenida de la Constitución.

No se trata de alarmismo.

Se trata de medir. Y las mediciones están ahí.

La política municipal puede discutir sobre lonas, diseños y responsabilidades. Los expertos pueden debatir sobre especies vegetales, materiales y modelos urbanos.

Pero el suelo de Sevilla seguirá calentándose mientras llega el acuerdo.

La gran pregunta ya no es si Sevilla tiene calor. Eso lo sabe el mundo entero. La pregunta es si una de las ciudades más calurosas de Europa está preparándose con la velocidad que exige su nueva realidad.

Y, por ahora, la advertencia del catedrático Enrique Figueroa resulta difícil de olvidar:

«No estamos preparados. Necesitamos hacer mucho más».

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