Lo que ocurrió aquel día no fue una simple avería. Fue una advertencia. España entera quedó paralizada en cuestión de segundos, y un año después, las consecuencias y lecciones siguen generando debate.
Un país a oscuras: el día que todo falló
El 28 de abril de 2025 a las 12:33 horas, España vivió un episodio sin precedentes: un cero energético total que dejó sin electricidad, comunicaciones ni servicios básicos a millones de ciudadanos. Comercios, hospitales, industrias y hogares quedaron completamente expuestos a una situación para la que, según reconocen ahora, nadie estaba realmente preparado.
Las dudas sobre el origen —desde posibles ciberataques hasta fallos estructurales del sistema eléctrico— alimentaron la incertidumbre durante horas. Lo más preocupante no fue solo el apagón, sino la falta de información clara por parte de las autoridades, lo que agravó el desconcierto social.
El regreso a lo básico: radios, pilas y tiendas de barrio
En medio del colapso, la modernidad quedó en evidencia. Sin internet ni pagos digitales, las tiendas de barrio se convirtieron en el auténtico salvavidas. Productos considerados obsoletos volvieron a ser esenciales:
- Radios a pilas
- Linternas
- Camping gas
- Baterías
El comerciante Eduardo Díaz, de la tienda La Luna, lo resume con crudeza: “Despaché pilas como panes. La gente hasta quería comprarme mi linterna”. Las colas alcanzaban las 50 personas, y muchos negocios tuvieron que fiar productos ante la falta de efectivo.
Este fenómeno dejó una lección clara: la dependencia tecnológica ha dejado a la sociedad sin alternativas reales en situaciones críticas.
Industria y empresas: improvisación frente a resiliencia
En el sector industrial, compañías como Genesal Energy, especializadas en grupos electrógenos, activaron protocolos de emergencia. Según su directora técnica, Marga González, se creó un comité de crisis inmediato para priorizar clientes esenciales como hospitales y telecomunicaciones.
Sin embargo, incluso en entornos preparados, el apagón evidenció tensiones:
“Fue como una jornada de 48 horas”, admiten desde la compañía.
Por su parte, empresas tecnológicas como Altia defendieron su modelo de contingencia, asegurando que los sistemas de respaldo no fueron improvisados, sino parte de una estrategia planificada. Aun así, el episodio dejó claro que ni siquiera las infraestructuras más avanzadas están completamente a salvo.
Hospitales al límite: tensión y decisiones críticas
Uno de los focos más delicados fue el sanitario. En el área de A Coruña y Cee, el responsable de mantenimiento, Víctor Manuel Calvo, reconoce:
“Te preparan para situaciones excepcionales, pero no para algo así”.
Con generadores capaces de sostener el 90 % del hospital durante 24 horas, el problema no era inmediato, sino la incertidumbre. A medida que pasaban las horas, los equipos tuvieron que decidir qué servicios podían desconectarse para alargar la autonomía.
Además, la caída de las comunicaciones obligó a recurrir a walkie-talkies, demostrando que incluso los sistemas críticos dependen de tecnologías vulnerables.
Hostelería y pérdidas económicas: un golpe silencioso
El sector hostelero sufrió un impacto directo. Restaurantes como A Taberna de Cunqueiro tuvieron que tirar alimentos perecederos y cerrar antes de tiempo.
“Fue un día perdido”, resume su responsable, reflejando una realidad que afectó a miles de negocios en toda España. La falta de pagos electrónicos también provocó impagos y pérdidas adicionales, especialmente en zonas turísticas.
La radio, símbolo de una crisis que cambió mentalidades
Uno de los elementos más simbólicos del apagón fue el regreso de la radio. Comercios como Comercial Lagares llegaron a vender 500 radios en un solo día.
El comerciante Pepe Gajino lo compara con momentos históricos:
“Me recordó al 23F. La gente necesitaba saber qué estaba pasando”.
El episodio desmontó la falsa seguridad digital y devolvió protagonismo a herramientas analógicas que no dependen de redes ni infraestructuras complejas.
Un año después: ¿hemos aprendido algo?
Doce meses después, el apagón sigue siendo motivo de reflexión. Aunque algunas empresas han reforzado sus sistemas, la sensación general es inquietante:
España sigue siendo vulnerable ante una crisis energética de gran escala.
La dependencia de la electricidad para absolutamente todo —desde la sanidad hasta la alimentación— plantea una pregunta incómoda:
¿Está el país preparado para un nuevo colapso?
La experiencia de A Coruña demuestra que, en situaciones límite, la resiliencia ciudadana supera a la planificación institucional. Pero confiar únicamente en eso puede ser un error.
¿Estamos ante un simple incidente aislado o frente a la evidencia de un sistema energético frágil que podría volver a fallar?
