En enero, muchos hogares españoles elevan el termostato por encima de 23 grados como respuesta al frío. Esta tendencia crea espacios con un clima artificial, alejados de las variaciones naturales del entorno. Sin embargo, mantener esta temperatura constantemente, conocida como confort térmico, puede tener implicaciones en la eficiencia del organismo humano.
El confort térmico se ha definido desde finales del siglo XIX, y no depende únicamente de la temperatura, sino que también influyen factores como la humedad, el viento y la radiación solar. Según las cartas bioclimáticas más aceptadas, la sensación térmica adecuada se encuentra entre los 21 y 26 grados, aunque esto puede variar dependiendo de varios factores, como la actividad física y la vestimenta. En interiores, la temperatura óptima suele estar entre 19 y 21 grados, con una humedad del 30 al 60%.
A lo largo de milenios, el cuerpo humano se ha adaptado a cambios constantes de temperatura. No obstante, el sedentarismo térmico de la vida moderna, caracterizado por ambientes climatizados, disminuye la necesidad del cuerpo de activar sus mecanismos de regulación térmica, disminuyendo la eficacia de la grasa parda.
La grasa parda, a diferencia de la grasa blanca que se encarga del almacenamiento energético, quema calorías para generar calor a través de la termogénesis. La exposición controlada al frío, en un rango de 15 a 19 grados, puede activar este tipo de tejido y contribuir al gasto energético y a un perfil lipídico más saludable.
La predominancia de ambientes cálidos, especialmente aquellos que superan los 24 grados, podría llevar a la atrofia funcional de la grasa parda, afectando la regulación térmica del cuerpo y aumentando la propensión a acumular grasa blanca.
Para mantener un equilibrio térmico sin incurrir en incomodidades excesivas, se pueden adoptar prácticas como ajustar la calefacción a 19 grados, optar por duchas de contraste, realizar paseos con prendas menos abrigadas y ventilar el espacio diariamente durante 10 minutos. Estas acciones no solo son beneficiosas para la salud, sino que también contribuyen a la eficiencia energética del hogar.

