El último marismeño en Doñana camina despacio sobre el Muro, esa estrecha franja elevada que sirve de dique, camino y refugio cuando la marisma se inunda. A sus 92 años, Pepe Herrera —conocido por todos como Pepe el Torero— representa la décima generación de ganaderos dedicados a la cría extensiva de la vaca marismeña o cornalona en el corazón del humedal más emblemático de España.

En el entorno del Parque Nacional de Doñana, la vida y la muerte se entrelazan con naturalidad. Un ternero recién nacido intenta mantenerse en pie mientras, a pocos metros, el cuerpo sin vida de una vaca adulta se descompone lentamente en el fango. “Como en un pueblo, hay los que mueren y los que nacen”, resume Pepe, con la serenidad de quien ha visto repetirse ese ciclo durante casi un siglo.

La resistencia de la vaca marismeña

Hablar de el último marismeño en Doñana es hablar también de la vaca marismeña, un animal perfectamente adaptado a un ecosistema extremo. Cuando las lluvias anegan la llanura, el ganado se concentra en el Muro hasta que el agua baja y brota la hierba. Allí comen, duermen, paren… y también mueren.

La singularidad de esta raza bovina radica en su capacidad para buscar alimento incluso bajo el agua, una imagen insólita que sorprende a biólogos y visitantes. El científico Javier Castroviejo destaca que esta adaptación no se observa en razas lecheras convencionales. La vaca marismeña, junto al caballo retortero y la oveja churra, ha modelado durante siglos el paisaje del humedal.

Sin embargo, el último marismeño en Doñana sabe que esa estampa podría desaparecer. De las más de 6.000 reses que llegó a conocer en el pasado, hoy apenas quedan alrededor de un millar.

Un oficio al borde de la extinción

La figura de el último marismeño en Doñana simboliza la desaparición progresiva de los oficios tradicionales de la marisma. Cesteros, carboneros, pateros o piñeros han desaparecido casi por completo. La ganadería extensiva resiste, pero con enormes dificultades.

Pepe nació en Almonte y ha pasado la mayor parte de su vida entre lucios, lagunas y caños. Conoce casi 300 topónimos del humedal y los recita de memoria: Cochinato, Hato Ratón, Caracol, Huerta Tejada… Su saber no está escrito en manuales, sino en la experiencia acumulada generación tras generación.

Cuando el último marismeño en Doñana desaparezca, se extinguirá con él una cultura centenaria ligada al equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

La transformación de Doñana

Doñana ya no es el edén que fue para los marismeños. La declaración y consolidación del parque supuso un punto de inflexión. Pepe señala como figura clave al biólogo José María Valverde, considerado el padre de Doñana. Según recuerda, llegó a reprocharle directamente la creación del parque por haber expulsado a quienes habitaban tradicionalmente la marisma.

Más allá de responsabilidades individuales, la desaparición de la vida marismeña responde a múltiples factores: el cambio climático, la sobreexplotación de acuíferos, las restricciones administrativas y la transformación económica del territorio.

Hoy, el turismo, la agricultura intensiva e incluso actividades ilícitas han sustituido en parte al pastoreo tradicional. El último marismeño en Doñana observa estos cambios con mezcla de resignación y orgullo.

Vida, muerte y equilibrio ecológico

La presencia del ganado no solo tiene valor cultural, sino también ecológico. Las reses diseminan semillas, remueven el suelo y crean pequeños cauces que favorecen la biodiversidad. Sus excrementos sirven de abono natural y refugio para insectos y pequeños mamíferos. Incluso los cadáveres forman parte del ciclo natural, alimentando a buitres, alimoches, zorros y jabalíes.

En este sentido, el último marismeño en Doñana encarna un modelo de gestión del territorio basado en la coexistencia con la naturaleza, lejos de la explotación intensiva.

Memoria frente al olvido

Pepe enumera los oficios que desempeñó a lo largo de su vida: arrocero, chocero, cazador y ganadero. Solo le quedó pendiente ser torero, aunque siempre manejó vacas y toros desde el caballo. Su apodo, Pepe el Torero, es ya parte del imaginario local.

Mientras un ternero recién nacido se incorpora tambaleante en el Muro, la escena resume el mensaje que transmite el último marismeño en Doñana: la vida continúa, pero el mundo que él conoció se desvanece.

El ganado seguirá cumpliendo su función ecológica mientras haya quien lo cuide. Pero cuando falte la memoria viva de hombres como Pepe, el humedal perderá algo más que un oficio: perderá una forma de entender la relación entre el ser humano y la marisma.

En la vasta llanura donde el agua y el barro marcan el ritmo de los días, el último marismeño en Doñana resiste como símbolo de una cultura que se apaga lentamente, dejando tras de sí la huella indeleble de siglos de historia.

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