Una de cada siete personas adultas en España convive con diabetes, y más del 38% de los casos permanece sin diagnosticar. Los datos del último Atlas Mundial de la Diabetes obligan a replantear las prioridades del Sistema Nacional de Salud.


España arrastra uno de los índices de prevalencia de diabetes más elevados de Europa. Según la 11.ª edición del Atlas Mundial de la Diabetes, elaborado por la Federación Internacional de Diabetes (IDF), en 2024 se registraron en nuestro país aproximadamente 5.121.600 casos de diabetes tipo 1 y tipo 2 en adultos de entre 20 y 79 años. Más de cinco millones de personas. Una cifra que, lejos de ser anecdótica, sitúa a España entre los países con mayor carga de esta enfermedad del continente y plantea interrogantes serios sobre la sostenibilidad del sistema sanitario público y sobre las políticas de prevención que se han aplicado —o que no se han aplicado— en las últimas décadas.


Una prevalencia que envergüenza: quinto país de Europa

La prevalencia de la diabetes en España se mantiene estable, con una ligera reducción del 14,8% registrado en 2021 al 14,1% actual, lo que sitúa al país como el quinto de Europa con más casos, por detrás de Turquía, Rusia, Alemania e Italia.

Que España supere en tasa de prevalencia a países del norte y el centro de Europa no es una casualidad epidemiológica. El envejecimiento acelerado de la población, combinado con el abandono progresivo de los patrones de alimentación mediterránea tradicional y el crecimiento del sedentarismo, compone el caldo de cultivo perfecto para la extensión de la diabetes tipo 2, que representa la abrumadora mayoría de los casos.

La diabetes afecta a uno de cada siete adultos en España, constituyendo la segunda tasa más alta de Europa según el Atlas de la IDF. Es un dato que debería figurar en letras grandes sobre la mesa de cualquier consejero de Sanidad autonómico, porque la enfermedad no es solo un problema clínico individual: es un problema colectivo con consecuencias económicas directas para el erario público.


El problema invisible: millones sin diagnóstico

Quizás el dato más inquietante del Atlas de la IDF no es la cifra de afectados conocidos, sino la de los desconocidos. Los casos no diagnosticados supondrían el 38% del total en España, aunque este porcentaje se ha reducido respecto al 43-45% estimado en ediciones anteriores del informe.

Que más de un tercio de los diabéticos españoles no sepa que lo es tiene consecuencias devastadoras. La diabetes tipo 2 progresa silenciosamente durante años, dañando vasos sanguíneos, riñones, retina y sistema nervioso antes de que se manifiesten los primeros síntomas evidentes. Cuando el diagnóstico llega, con frecuencia la enfermedad ya ha causado daños irreversibles que multiplican el coste del tratamiento y deterioran la calidad de vida del paciente.

Esta realidad exige una respuesta activa del sistema de atención primaria, no reactiva. Los programas de cribado sistemático en poblaciones de riesgo —mayores de 45 años, personas con obesidad, historia familiar de diabetes— no son un gasto, son una inversión que el SNS aún no ha priorizado con la determinación que los datos exigen.


El peso económico: más de 14.000 millones de euros al año

La diabetes no solo destruye salud. También consume recursos públicos a una escala que resulta difícil de ponderar sin los números delante. En 2024, el gasto total en diabetes en España alcanzó los 15.700 millones de dólares, equivalentes a aproximadamente 14.420 millones de euros, según datos de la Federación Internacional de Diabetes.

Según el Atlas de la Diabetes de la IDF, España registra un gasto medio anual de 2.817 euros por cada persona con diabetes, cifra que ha crecido un 11,7% desde 2019. La diferencia entre un paciente bien controlado y otro que no lo está es también una diferencia económica abismal: un paciente con buen control de la patología supone 883 euros anuales de gasto para el sistema, mientras que uno sin control adecuado puede llegar a los 2.132 euros anuales, según estimaciones de la Federación Española de Diabetes (FEDE). La misma entidad calcula que una inversión seria en educación diabetológica podría generar un ahorro de hasta 900 millones de euros anuales, que actualmente se destinan a tratar complicaciones evitables.

El problema de fondo es que el gasto sanitario en diabetes en España sigue concentrándose en la atención de las consecuencias —hospitalizaciones, tratamientos de complicaciones renales, oculares y cardiovasculares— y no en la prevención ni en la educación terapéutica. Una lógica perversa que el sistema perpetúa por inercia burocrática más que por convicción científica.


Diabetes tipo 1: la cara más vulnerable de la enfermedad

Mientras el debate público se centra casi siempre en la diabetes tipo 2, la tipo 1 —de origen autoinmune y que requiere insulina de por vida— exige también atención específica. Según datos del Ministerio de Sanidad recogidos por la Fundación DiabetesCERO en su informe Más allá de la insulina (2024), la diabetes tipo 1 afecta en España a 166.564 personas, lo que representa el 0,36% de la población, con mayor incidencia en hombres (89.245) que en mujeres (77.317).

Esta modalidad de la enfermedad exige una cobertura tecnológica —sensores de glucosa, bombas de insulina, sistemas de asa cerrada— que aún no está garantizada de forma equitativa en todas las comunidades autónomas. Las disparidades territoriales en el acceso a tratamiento son una realidad documentada que afecta de manera desproporcionada a los pacientes más jóvenes y a sus familias.


La solución está en la prevención: dieta mediterránea y actividad física

La buena noticia —y la hay— es que la diabetes tipo 2 es, en una proporción significativa de los casos, prevenible. La evidencia científica acumulada en España es sólida y apunta siempre en la misma dirección.

Un estudio coordinado desde el Hospital de Bellvitge y el IDIBELL, publicado en Annals of Internal Medicine en 2025, confirma que adoptar una dieta mediterránea hipocalórica junto con un aumento de la actividad física contribuye a reducir de forma significativa la aparición de nuevos casos de diabetes tipo 2 en personas con sobrepeso y alto riesgo metabólico. Los resultados se enmarcan en el ensayo PREDIMED-Plus, una de las investigaciones nutricionales más ambiciosas realizadas en España.

La evidencia acumulada es sólida: los patrones alimentarios de base vegetal, bajos en ácidos grasos saturados, con alto contenido en fibra y ácidos grasos insaturados, son beneficiosos y reducen los factores de riesgo cardiovascular en personas con prediabetes o diabetes tipo 2. En este contexto, la dieta mediterránea ocupa el primer lugar entre las recomendaciones de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.

Los factores de riesgo son conocidos: obesidad abdominal, sedentarismo, consumo excesivo de azúcares refinados y ultraprocesados, tabaquismo y antecedentes familiares. Combatirlos no requiere tecnología punta ni grandes inversiones farmacéuticas. Requiere voluntad política, programas de educación alimentaria desde la infancia y una atención primaria que tenga tiempo y recursos para hacer prevención real, no solo recetas.


Lo que está por venir: la proyección no admite complacencia

Las perspectivas a largo plazo no invitan al optimismo si no se actúa. Según proyecciones publicadas en The British Medical Journal, la población global con diabetes tipo 2 aumentará un 25% en 2030 respecto a 2019, pudiendo alcanzar un incremento del 51% en 2045. España, por su perfil demográfico —una de las poblaciones más envejecidas del mundo— no escapará a esta tendencia si no interviene de forma decidida.

El Atlas Mundial de la Obesidad apunta a que en 2035 la prevalencia de obesidad en España será alta o muy alta tanto en adultos como en niños, siguiendo la tendencia mundial. La obesidad es el antecedente más directamente vinculado a la diabetes tipo 2. Sin políticas eficaces de prevención de la obesidad infantil, España está produciendo hoy los diabéticos del mañana.


La opinión de El Vértice

Cinco millones de diabéticos, 38% sin diagnosticar y más de 14.000 millones de euros anuales en gasto sanitario vinculado a la enfermedad. Los números hablan con una claridad que la clase política raramente traslada a la acción. España lleva décadas sabiendo que tiene un problema grave con la diabetes y otras enfermedades crónicas asociadas al estilo de vida, y sin embargo las políticas de prevención siguen siendo el pariente pobre de la sanidad pública.

La dieta mediterránea, ese patrimonio que hemos heredado y del que nos vanagloriamos en los discursos, se abandona silenciosamente en los comedores escolares y en los supermercados de todo el país. El sedentarismo avanza. Los ultraprocesados ganan cuota de mercado. Y el SNS absorbe las consecuencias sin que nadie asuma la responsabilidad política de haberlas permitido.

La prevención no es ideología. Es gestión. Y mientras España no decida invertir seriamente en ella, el gasto sanitario seguirá creciendo para atender enfermedades que, en muchos casos, eran evitables. Cabe preguntarse: ¿cuántos millones de euros más necesita costar la diabetes para que los gobiernos actúen con la misma urgencia con que declaran emergencias climáticas?

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