Ocho meses después de la captura de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez gobierna Venezuela, Diosdado Cabello continúa en el poder y Washington prioriza un gigantesco acuerdo petrolero mientras las elecciones siguen sin fecha.
Nicolás Maduro está preso en Estados Unidos, pero buena parte del sistema político que construyó continúa gobernando Venezuela. Ocho meses después de la espectacular operación estadounidense del 3 de enero de 2026, la prometida transición democrática no ha llegado y la oposición sigue lejos del poder.
En cambio, ha sucedido algo que pocos venezolanos podían imaginar aquella madrugada: Washington y la antigua cúpula de Maduro se han convertido en socios estratégicos.
Delcy Rodríguez gobierna interinamente. Su hermano Jorge Rodríguez conserva un papel central. Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo, continúa como ministro del Interior. Y Estados Unidos ha firmado con Caracas un acuerdo que le proporciona una participación decisiva en la explotación de 17 campos petroleros con un potencial aproximado de 65 000 millones de barriles.
La fotografía política resulta difícil de ignorar: Maduro cayó; el madurismo, no.
Y la gran pregunta que comienza a abrirse paso ocho meses después es incómoda tanto para Washington como para Caracas: ¿se ha sacrificado una transición rápida a cambio de estabilidad política y petróleo?
El artículo de RTVE utilizado como punto de partida recoge precisamente esa preocupación entre varios especialistas consultados: mientras Estados Unidos sostiene que Venezuela todavía no reúne las condiciones necesarias para unas elecciones libres, el Gobierno de Delcy Rodríguez consolida su posición y profundiza su relación económica con Washington.
El 3 de enero cayó Maduro, pero su estructura sobrevivió
La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero pareció inicialmente el comienzo del final del régimen construido durante más de dos décadas por Hugo Chávez y su sucesor.
Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron trasladados a Estados Unidos. El expresidente venezolano permanece encarcelado en Brooklyn y afronta cargos federales relacionados, entre otros delitos, con narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína. Ambos se han declarado inocentes.
Pero algo extraordinario ocurrió inmediatamente después.
El aparato chavista no se derrumbó.
Reuters informaba aquel mismo 3 de enero de que los principales aliados de Maduro seguían controlando las estructuras fundamentales del Estado. Delcy Rodríguez asumió constitucionalmente la Presidencia interina y apareció públicamente acompañada de Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.
Es decir, desapareció la cabeza del régimen, pero sobrevivieron buena parte de sus principales figuras y estructuras de poder.
No existe hasta ahora evidencia pública suficiente para afirmar como un hecho que Delcy Rodríguez, Cabello u otros dirigentes entregaran deliberadamente a Maduro como parte de un pacto previo con Washington.
Pero los acontecimientos posteriores sí permiten formular otra cuestión legítima: ¿por qué Estados Unidos decidió trabajar con buena parte de la estructura chavista en lugar de impulsar inmediatamente el relevo político reclamado durante años por la oposición?
De enemigos a socios en apenas ocho meses
La transformación resulta todavía más llamativa cuando se observa dónde se encontraba la relación entre Washington y el chavismo antes de la captura de Maduro.
Estados Unidos había mantenido durante años sanciones contra dirigentes venezolanos y había respaldado a sectores opositores.
Tras el 3 de enero, sin embargo, comenzó una política mucho más pragmática.
Washington terminó trabajando directamente con Delcy Rodríguez, mientras el nuevo Gobierno venezolano empezó a acercarse a la Administración Trump.
La relación culminó a finales de agosto con un acuerdo petrolero que el propio Donald Trump calificó como «el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial».
El pacto afecta a 17 campos con un potencial estimado en unos 65 000 millones de barriles, alrededor de una quinta parte de las enormes reservas venezolanas.
Según S&P Global, la nueva estructura concede a Estados Unidos una participación del 55 % en la empresa conjunta y pretende elevar inicialmente la producción asociada al acuerdo por encima de 1,5 millones de barriles diarios.
Aquí aparece una primera precisión importante: afirmar que «Estados Unidos se ha quedado con el petróleo de Venezuela» sería excesivo.
Venezuela continúa siendo formalmente propietaria de sus recursos naturales y Delcy Rodríguez insiste en que el acuerdo mantiene la soberanía venezolana. Lo que Washington ha conseguido es una posición económica extraordinariamente poderosa sobre una porción gigantesca de la explotación futura del crudo venezolano.
Trump habla de 100 años; Delcy Rodríguez, de 25
Ni siquiera existe plena coincidencia pública sobre las condiciones del acuerdo.
Delcy Rodríguez sostiene que tendrá una duración de 25 años. La versión estadounidense contempla derechos de desarrollo durante 100 años para la nueva estructura empresarial.
La presidenta interina calcula más de 100 000 millones de dólares de inversión y unos 209 000 millones de dólares de ingresos fiscales para Venezuela utilizando como referencia un barril de 65 dólares.
Trump, por su parte, presenta el pacto como una victoria estratégica para Estados Unidos.
Las discrepancias son suficientemente importantes como para introducir otra anomalía: no se ha hecho público un texto contractual completo que permita despejar todas las dudas sobre un acuerdo que compromete una parte extraordinaria de la riqueza petrolera venezolana durante décadas.
Incluso sectores del propio chavismo han reaccionado con indignación.
El exministro de Petróleo Rafael Ramírez ha acusado al Gobierno de Rodríguez de entregar recursos sin suficiente rendición de cuentas, mientras el también exministro Manuel Quevedo reaccionó públicamente contra las condiciones conocidas del acuerdo.
Petróleo inmediato; elecciones sin fecha
Aquí aparece la gran contradicción política.
Estados Unidos ha conseguido negociar un complejo acuerdo energético internacional, reorganizar sus relaciones con Caracas y abrir la puerta a inversiones multimillonarias.
Pero ocho meses después de la caída de Maduro todavía no existe una fecha para que los venezolanos puedan elegir democráticamente un nuevo Gobierno.
Trump sostiene que Venezuela «no está preparada» todavía para unas elecciones.
Delcy Rodríguez asegura que habrá un proceso electoral cuando existan las condiciones necesarias, aunque sostiene que no depende exclusivamente de ella determinar el calendario.
El problema es que esa indefinición beneficia objetivamente a quienes actualmente ocupan el poder.
Cada mes sin elecciones supone otro mes de Delcy Rodríguez en Miraflores y otro mes en el que la vieja estructura chavista conserva buena parte de sus posiciones institucionales.
El profesor Orlando J. Pérez, de la Universidad del Norte de Texas, define la situación como un «autoritarismo gestionado» y considera que el acuerdo petrolero proporciona a Washington y al Gobierno interino incentivos para aplazar las elecciones.
Es una interpretación académica, no un hecho demostrado, pero describe con precisión la paradoja venezolana.
¿Qué fue entonces de la oposición venezolana?
La otra gran damnificada es la oposición.
Durante años, María Corina Machado se convirtió en la figura internacional más reconocible del movimiento contra Maduro. Washington reconoció además a Edmundo González Urrutia como presidente electo tras las controvertidas elecciones de 2024.
Sin embargo, ninguno gobierna Venezuela.
Machado continúa fuera del país y, según la información recogida por RTVE a partir de medios estadounidenses, la propia Administración Trump no considera conveniente por ahora su regreso.
Los contactos institucionales se desarrollan mientras tanto con otros sectores opositores, entre ellos el representado por Dinorah Figuera.
La primera ronda de conversaciones entre el Gobierno interino y sectores de la oposición condujo a un acuerdo relacionado con la renovación del Tribunal Supremo venezolano, mientras Marco Rubio anunció una segunda ronda para septiembre.
Pero las cuestiones fundamentales siguen abiertas.
No existe todavía un Consejo Nacional Electoral plenamente independiente, no hay calendario electoral definitivo y tampoco están asentadas todas las garantías necesarias para asegurar que el resultado de unos futuros comicios sea aceptado.
Diosdado Cabello continúa dentro del Gobierno
Quizá ningún nombre refleje mejor la contradicción que Diosdado Cabello.
El poderoso dirigente chavista permanece como ministro del Interior después de la captura de Maduro.
Según el análisis recogido por RTVE, Washington habría asumido un acercamiento pragmático a Cabello debido a su peso sobre las estructuras militares y de seguridad y a su capacidad para contribuir a mantener la estabilidad interna.
Eso supone una transformación enorme.
La estrategia estadounidense parece haber pasado de intentar desmontar el régimen a utilizar partes de su propia estructura para garantizar gobernabilidad mientras reorganiza su relación económica y geopolítica con Venezuela.
Puede ser una estrategia de transición gradual.
También puede terminar convirtiéndose en otra cosa: la supervivencia del chavismo sin Maduro.
Delcy Rodríguez ha conseguido lo que parecía imposible
Desde una perspectiva estrictamente política, Delcy Rodríguez es hasta ahora una de las grandes supervivientes del terremoto del 3 de enero.
Era vicepresidenta de Maduro.
Ocho meses después es presidenta interina, interlocutora directa de Washington y firmante del mayor acuerdo energético entre Venezuela y Estados Unidos de las últimas décadas.
Reuters informó además esta semana de otro movimiento extraordinariamente significativo: la oposición venezolana está a punto de perder la supervisión de Citgo, la importante refinería estadounidense propiedad de PDVSA que había permanecido durante siete años bajo juntas vinculadas a la oposición.
La Administración de Rodríguez ha comenzado a sustituir representantes legales nombrados por aquella estructura opositora después de que su Gobierno obtuviera reconocimiento estadounidense.
El cambio tiene un enorme valor simbólico.
Mientras la oposición pierde posiciones construidas durante los años de enfrentamiento con Maduro, la antigua vicepresidenta de Maduro acumula reconocimiento, interlocución internacional y capacidad económica.
El petróleo puede haber cambiado todas las prioridades
Washington tiene también poderosos motivos propios.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, y Estados Unidos busca aumentar su seguridad energética en un escenario internacional especialmente complicado.
El acuerdo permite a Washington asegurarse una posición privilegiada sobre aproximadamente 65 000 millones de barriles y reforzar su influencia en un país donde durante décadas China y Rusia habían ganado terreno estratégico.
Para Trump supone petróleo, influencia geopolítica y una oportunidad para reconstruir una industria venezolana deteriorada tras años de falta de inversión, mala gestión y sanciones.
Para Delcy Rodríguez supone algo todavía más importante: tiempo.
Tiempo para recuperar la economía, reconstruir producción, consolidar relaciones internacionales y presentarse como garante de estabilidad.
Y, sobre todo, tiempo sin unas elecciones capaces de expulsar a su estructura política del poder.
La gran incógnita del 3 de enero continúa abierta
Todo ello devuelve inevitablemente la mirada a aquella madrugada.
La rapidez con la que el sistema sobrevivió a la captura de Maduro y la posterior aproximación entre Washington y Delcy Rodríguez han alimentado sospechas sobre posibles contactos anteriores entre Estados Unidos y sectores de la cúpula chavista.
Pero sospecha no equivale a prueba.
Con la información pública disponible no puede afirmarse que Maduro fuera entregado deliberadamente por sus colaboradores a cambio de garantizar su propia supervivencia.
De hecho, inmediatamente después de la operación, Delcy Rodríguez compareció públicamente para denunciar la captura y reclamar la liberación de Maduro.
Lo verificable es lo que ocurrió después.
Maduro fue apartado. Su sistema no.
¿Una transición democrática o un chavismo sin Maduro?
Venezuela se encuentra así ante una situación que habría parecido inverosímil hace apenas un año.
El hombre que gobernaba el país está encarcelado en Estados Unidos. Pero los venezolanos todavía no han podido elegir al Gobierno que debe sustituirlo.
La oposición que durante años recibió apoyo estadounidense permanece fuera de Miraflores.
Mientras tanto, Delcy Rodríguez gobierna, Diosdado Cabello conserva poder, Washington negocia directamente con ellos y el petróleo venezolano se convierte en el eje de una nueva alianza económica con Estados Unidos.
Puede que Washington considere imprescindible conservar temporalmente parte de la estructura chavista para evitar el colapso del Estado y preparar unas elecciones con garantías.
Ese argumento tendrá que medirse con el tiempo.
Porque cuanto más se retrase el calendario electoral, más difícil será responder a una pregunta que millones de venezolanos tienen derecho a formular:
¿Estados Unidos liberó Venezuela del madurismo o simplemente retiró a Maduro y aprendió a negociar con quienes quedaron detrás?
El 3 de enero de 2026 cayó el hombre que encabezaba el régimen. Ocho meses después, la verdadera transición democrática continúa pendiente y quienes durante años formaron parte de su núcleo de poder siguen gobernando Venezuela, ahora con Washington convertido en su principal socio estratégico.
