Un vecino con un 80 % de discapacidad lleva meses sin poder salir de su vivienda por el colapso del ascensor, en medio de un conflicto legal marcado por impagos y abandono institucional.

Lo que está ocurriendo en un edificio de vivienda pública en Galicia está levantando indignación. Un hombre en silla de ruedas, aislado desde hace meses, mientras la comunidad le reclama deudas, abre un debate incómodo sobre responsabilidades, gestión pública y derechos básicos.


Un encierro forzoso en pleno siglo XXI

El caso de Gerardo Giménez Seijo, vecino de Sada (A Coruña), refleja una situación límite: lleva desde octubre sin poder salir de su piso, un segundo sin ascensor operativo.

Con 62 años y una discapacidad del 80 %, derivada de graves problemas de espalda, su movilidad depende completamente de los elevadores del edificio. Pero ambos están fuera de servicio.

Su realidad es contundente:

  • Solo ha salido dos veces en meses, ambas en ambulancia.
  • Depende de servicios sociales para tareas básicas como aseo o alimentación.
  • Se ve obligado a pagar más por servicios como la compra a domicilio.

Voy a tener que ver el verano desde la ventana”, lamenta.


El origen del conflicto: impagos y falta de fondos

La comunidad, compuesta por 13 viviendas, asegura que la situación se debe a falta de dinero para el mantenimiento de los ascensores, provocada por los impagos de varios vecinos.

Y aquí está el punto más polémico:
Según la gestoría, el propio Gerardo lleva sin pagar desde 2014.

La administradora lo resume como una “pescadilla que se muerde la cola”:

  • Sin pagos, no hay mantenimiento.
  • Sin mantenimiento, no hay ascensor.
  • Sin ascensor, algunos vecinos —como Gerardo— quedan atrapados.

Además, subrayan que otros residentes con discapacidad sí están al corriente de pago, lo que ha generado tensiones internas.


Una vida marcada por la precariedad

La situación económica del afectado añade complejidad al caso:

  • Percibe una pensión no contributiva de 564 euros mensuales.
  • Vive solo desde 2018, tras el fallecimiento de sus familiares.
  • Arrastra un historial de dificultades personales y laborales.

Gerardo justifica su impago en la falta de servicios básicos en la comunidad, como la limpieza, que ahora asumen los vecinos.

Estoy en un arresto domiciliario sin haber cometido ningún delito”, afirma, evidenciando el impacto psicológico de la situación.


Batalla judicial: derechos fundamentales en juego

El caso ya está en los tribunales. Su abogado, José Luis Rego, ha solicitado medidas cautelares urgentes para que se reparen los ascensores.

El argumento es claro:

  • La falta de ascensor supone un “confinamiento forzoso”.
  • Se estarían vulnerando derechos constitucionales básicos, como la libertad de circulación.
  • La ley obliga a garantizar accesibilidad universal, especialmente en viviendas con personas discapacitadas.

Un informe de servicios sociales refuerza la denuncia:
La situación ha provocado un deterioro físico y psicológico del afectado.


¿Dónde está la administración pública?

El edificio pertenece a una promoción vinculada al IGVS (Instituto Galego da Vivenda e Solo), que también figura como copropietario en los bajos.

El abogado ha señalado directamente a este organismo, cuestionando su papel:

  • ¿Puede una entidad pública desentenderse de un problema de accesibilidad tan grave?
  • ¿Se está fallando en la supervisión de viviendas protegidas?

Este punto añade una dimensión política al conflicto, abriendo interrogantes sobre la gestión de la vivienda pública en España.


Un caso que refleja un problema mayor

Más allá del drama personal, este episodio evidencia una realidad incómoda:

  • Comunidades de propietarios con morosidad crónica.
  • Servicios básicos que colapsan por falta de financiación.
  • Personas vulnerables atrapadas entre burocracia, deudas y abandono institucional.

El caso de Sada no es aislado, pero sí especialmente extremo.


Conclusión: entre la ley y la realidad

La justicia tendrá que decidir ahora si prevalece la obligación de pago o el derecho a la accesibilidad.

Porque la pregunta de fondo es inevitable:

¿Puede una persona quedar literalmente encerrada en su casa por un conflicto económico en una comunidad de vecinos?

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