El presidente chileno José Antonio Kast prometió expulsar a 300 000 migrantes irregulares en su primer día de Gobierno, colocando como eslogan que le “Les quedan 104 días para irse” . Ahora intenta corregir el alcance de sus propias palabras y asegura que quizá no fue una “metáfora”, sino una “hipérbole”. La pregunta incómoda es inevitable: ¿Se usó el miedo migratorio como herramienta electoral?
Kast intenta corregir una promesa imposible
El presidente de Chile, José Antonio Kast, ha vuelto a quedar atrapado por una de sus promesas más explosivas de campaña: la expulsión de 300 000 migrantes irregulares en su primer día de Gobierno. Tras haber señalado que aquella frase era una “metáfora”, el mandatario corrigió ahora el término y afirmó que “quizás la palabra era hipérbole, no metáfora”.
La aclaración se produjo durante la promulgación de la ley de desalinización en Caldera, en la región de Atacama, en medio de cuestionamientos de la oposición por lo que muchos consideran una relativización de una de las banderas centrales de su campaña presidencial.
El problema político es evidente: no se trata de una frase menor ni de un desliz retórico. La promesa de expulsar a cientos de miles de extranjeros fue una de las consignas más duras del discurso de seguridad y migración de Kast. Ahora, cuando toca gobernar, la consigna se transforma en recurso literario.
De promesa electoral a explicación semántica
Kast sostuvo que “uno cuando está en una exposición pública puede juzgar que un término no es el más apropiado”, pero defendió que “todos entienden” el sentido de sus dichos. Además, aseguró que la ciudadanía ve “los aviones que han salido”, el “cierre de la frontera” y una disminución de ingresos clandestinos.
Sin embargo, la explicación no resuelve el fondo del asunto. Si la frase era una exageración, entonces el presidente debe admitir que construyó expectativa pública sobre una medida que no podía ejecutarse en los términos prometidos. Y si no era una exageración, entonces debe explicar por qué no cumplió una promesa presentada como inmediata.
En ambos casos, el resultado es delicado: o hubo demagogia electoral, o hubo improvisación gubernamental.
La migración como mecanismo de campaña
El uso político de la migración no es nuevo en América Latina ni en Europa. Los gobiernos y candidatos que convierten al extranjero en símbolo de amenaza suelen obtener rédito rápido: canalizan el miedo social, simplifican problemas complejos y ofrecen soluciones contundentes que suenan eficaces en campaña.
Pero gobernar no es gritar una consigna. Expulsar personas exige expedientes administrativos, cooperación consular, vuelos, coordinación judicial, identificación, garantías legales y países dispuestos a recibir a sus ciudadanos. El propio Kast reconoció que su Gobierno sigue trabajando para que Venezuela abra la posibilidad de recibir a sus compatriotas.
Ese detalle demuestra que la promesa de expulsión masiva dependía de condiciones internacionales que no estaban garantizadas. Aun así, se utilizó como bandera electoral generando un clima de xenofobia enorme que afecto a miles de migrantes en Chile, llevándolos incluso a optar por una nueva migración aún y cuando muchos ya estaban 100% legales en ese país.
¿Xenofobia inducida a la población?
La pregunta planteada por sectores críticos es dura, pero legítima: ¿Estamos ante una xenofobia inducida desde el poder político?
No toda política migratoria estricta es xenófoba. Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras, ordenar sus registros, expulsar a quienes cometan delitos y exigir cumplimiento de la ley. Eso es soberanía y nadie tiene porque discutir esto.
Pero otra cosa muy distinta es convertir a cientos de miles de personas extranjeras en una masa amenazante, usar cifras gigantescas como eslogan y después esconderse detrás de la palabra “hipérbole” cuando la realidad administrativa demuestra que aquello era inviable.
La frontera entre política migratoria firme y explotación electoral del miedo se cruza cuando el migrante deja de ser tratado como sujeto de derecho y pasa a ser usado como herramienta de movilización emocional.
Kast culpa al Gobierno anterior, pero la promesa fue suya
Kast también apuntó contra la administración del expresidente Gabriel Boric, señalando la existencia de carpetas sin firmar, solicitudes sin procesar y problemas de digitalización y cruce de datos. Según el mandatario, primero deben ordenar el sistema para que las expulsiones “empiecen a fluir”.
El argumento puede contener parte de verdad administrativa. Los Estados suelen heredar desorden, retrasos y expedientes acumulados. Pero eso no exonera a Kast de su propia responsabilidad.
Si el sistema estaba tan colapsado, entonces prometer la expulsión de 300 000 personas en el primer día fue, como mínimo, una irresponsabilidad. Un presidente no puede vender una solución relámpago y luego justificar su incumplimiento en la complejidad que ya debía conocer.
Seguridad sí, espectáculo no
Chile tiene un problema real con la migración irregular, el crimen organizado, el contrabando y el control fronterizo. Negarlo sería absurdo. El propio Kast destacó controles en zonas como Chacalluta, Visviri, Colchane y Ollagüe, además de operativos contra el contrabando y decomisos de droga.
Pero precisamente porque el problema es serio, no debería tratarse como material de campaña. La seguridad exige resultados medibles, cooperación regional, capacidad policial, justicia eficaz y control territorial. No basta con prometer expulsiones masivas para ganar titulares.
La política migratoria debe distinguir entre el delincuente, el irregular administrativo, el solicitante de refugio, el trabajador informal y la familia vulnerable. Meterlo todo en una misma categoría solo alimenta confusión y resentimiento.
Una promesa que erosiona la confianza pública
El daño de este episodio va más allá de Kast. Cuando un presidente convierte una promesa central en una “hipérbole”, debilita la confianza ciudadana en la palabra política.
La gente vota esperando que las promesas importantes tengan un mínimo de viabilidad. Si después se presentan como figuras retóricas, el mensaje es peligroso: en campaña se puede exagerar, simplificar o inflamar, y luego ya se corregirá el diccionario.
Esa forma de hacer política empobrece la democracia. Premia la frase dura sobre el plan serio. Convierte el debate público en una competencia de eslóganes. Y deja a los ciudadanos con una sensación legítima de engaño.
La opinión de El Vértice: orden migratorio no significa manipular el miedo
Desde El Vértice, defendemos que los Estados deben controlar sus fronteras y aplicar la ley migratoria con firmeza. La inmigración irregular no puede normalizarse, y la seguridad de los ciudadanos debe ser prioridad de todo Estado.
Pero esa firmeza no justifica promesas falsas ni discursos que puedan empujar a la sociedad contra los extranjeros como bloque y más cuando el país a ha sacado un alto provecho de migrantes profesionales como por ejemplo en el área de la salud o incluso de mano de obra en trabajos que hoy por hoy los chilenos no quieren hacer como se ve en agricultura, construcción y atención al cliente en restaurantes. Una política seria no necesita convertir al migrante en chivo expiatorio ni lanzar cifras imposibles para ganar elecciones.
Kast debería responder con claridad: ¿La expulsión de 300 000 migrantes fue una promesa real o una frase diseñada para movilizar miedo? Si fue real, debe explicar por qué no se cumplió. Si fue una “hipérbole”, entonces debe reconocer que utilizó una exageración sobre un tema humano y sensible para construir capital electoral generando ahora una inestabilidad social y una rabia entre personas que al final son del mismo territorio de América de Sur, sin recordar, como por ejemplo, que años atrás muchos chilenos tuvieron que vivir una migración y muchos países, como por ejemplo Venezuela, recibió a sus connacionales con afecto y trato coordial.
