Congelar botellas de agua puede ocasionar daños en el envase y en el congelador si no se toman precauciones. Esto se debe a una propiedad física del agua: al congelarse, su volumen aumenta aproximadamente un 9 % debido a la formación de una estructura cristalina a 0 ºC. Si la botella está llena y cerrada herméticamente, el hielo ejerce presión sobre las paredes del recipiente, lo que puede provocar desde deformaciones hasta roturas.
El mayor riesgo afecta a botellas de vidrio, que pueden estallar y dispersar fragmentos en el congelador, generando un peligro al manipular los alimentos. Las botellas de plástico pueden deformarse, sufrir grietas o provocar fugas si la presión rompe el tapón. Las botellas térmicas o cantimploras de acero inoxidable pueden perder su capacidad aislante si el hielo daña la cámara de vacío interna.
Además, congelar completamente una botella no facilita beber agua líquida de inmediato, ya que el hielo enfría lentamente y el agua estará lista tras cierto tiempo de descongelación. Una alternativa más eficaz es enfriar el agua sin congelarla por completo, llenando la botella entre un 60 % y un 80 % para dejar espacio a la expansión del hielo.
Métodos para enfriar rápido incluyen sumergir la botella en agua con hielo y sal, lo que acelera la reducción de temperatura sin llegar a congelar el líquido, o usar cubitos de hielo dentro de botellas térmicas para mantener la temperatura sin riesgo de daños.
En resumen, congelar botellas de agua requiere seleccionar recipientes adecuados y controlar el llenado y tiempo en el congelador para evitar daños y aprovechar mejor el frío.

