Más de 300 medidas en apenas un año. Ese es el balance del segundo mandato de Donald Trump en materia climática. Según el rastreador del Centro Sabin de Derecho sobre Cambio Climático de la Universidad de Columbia, la Administración republicana acumula ya 315 retrocesos regulatorios desde enero de 2025.
El último golpe llegó esta semana: la Casa Blanca ha revocado la autoridad de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) para limitar los gases de efecto invernadero en el sector energético, industrial y del transporte. Además, ha eliminado los estándares de emisiones para vehículos vigentes desde 2012.
El objetivo declarado es claro: restaurar el “dominio energético estadounidense” basado en carbón, petróleo y gas.
Un giro fósil sin precedentes
La nueva estrategia energética figura explícitamente en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a finales de 2025. El documento apuesta por reforzar la producción de combustibles fósiles como pilar de poder geopolítico.
En apenas doce meses, la Administración Trump ha:
- Derogado regulaciones ambientales clave
- Abandonado el Acuerdo de París
- Retirado a EE UU de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático
- Vetado proyectos de eólica marina
- Impulsado nuevas licencias de extracción de gas y petróleo
- Limitado la colaboración científica con el IPCC
La ofensiva no solo es regulatoria, sino también ideológica. El entorno presidencial ha calificado reiteradamente el cambio climático como “alarmismo” y ha anunciado la intención de desmantelar organismos científicos federales.
Batalla judicial en marcha
La eliminación de los estándares de la EPA abre una nueva guerra legal. Estados como California, gobernados por demócratas, han anunciado recursos judiciales inmediatos.
El gobernador Gavin Newsom ha sido contundente:
“No nos quedaremos de brazos cruzados. Demandaremos esta acción ilegal”.
El precedente existe. Durante el primer mandato de Trump (2017–2021), los tribunales frenaron varias de sus iniciativas ambientales. Pero ahora la ofensiva es más amplia y sistemática.
En su primera etapa, el Centro Sabin contabilizó 176 retrocesos ambientales en cuatro años. Ahora, en poco más de un año, la cifra asciende a 315.
Emisiones al alza
El impacto ya es visible. Según datos del grupo de análisis Rhodium, las emisiones estadounidenses crecieron un 2,4 % en 2025.
El carbón registró un incremento del 13 % interanual, impulsado por la creciente demanda energética de los centros de datos y por el encarecimiento del gas.
Paradójicamente, la energía solar también creció con fuerza, cubriendo buena parte del aumento de la demanda eléctrica. La transición energética global sigue avanzando… pero sin el liderazgo estadounidense.
China toma la delantera
Mientras Washington retrocede, China consolida su hegemonía en energías renovables:
- Produce el 80 % de los paneles solares del mundo
- Fabrica el 70 % de los aerogeneradores
- Controla el 70 % de las baterías de litio
Gran parte de la tecnología original fue desarrollada en Estados Unidos. Sin embargo, la manufactura y el despliegue masivo se trasladaron al gigante asiático.
El riesgo para EE UU no es solo ambiental, sino también estratégico e industrial.
Presión internacional y tensiones diplomáticas
Trump no se ha limitado a revertir políticas internas. En foros internacionales como Davos ha presionado a la Unión Europea y al Reino Unido para abandonar sus planes verdes.
Ha atacado abiertamente la eólica marina y ha instado a otros países a no imponer límites a los combustibles fósiles.
El contraste con la agenda climática global es evidente. La Agencia Internacional de la Energía proyecta que las renovables serán la fuente de crecimiento dominante en las próximas décadas, lideradas por la solar fotovoltaica.
¿Choque estructural o paréntesis político?
El interrogante es si el giro fósil estadounidense podrá sostenerse frente a:
- La presión judicial interna
- La transición energética global
- La competitividad tecnológica de China
- La resistencia de estados demócratas
El mundo acelera hacia la descarbonización, mientras la principal potencia occidental gira en dirección contraria.
La pregunta es inevitable:
¿Está EE UU renunciando a liderar la economía del futuro por una apuesta ideológica por el pasado energético?

