Desde 2013, el síndrome de Asperger se considera parte del Trastorno del Espectro Autista (TEA), según la clasificación del DSM-5. En España, se estima que alrededor de 450 000 personas están dentro del TEA, representando aproximadamente un 1% de la población, según datos del Centro Español sobre el Trastorno del Espectro del Autismo.
Se calcula que el perfil identificado como Asperger puede representar entre el 18% y el 27% de los casos dentro del espectro.
La representación mediática del Asperger ha contribuido a la visibilidad de la neurodivergencia, pero también ha llevado a la creación de estereotipos, en los que las historias de personajes como en The Good Doctor pueden dar la impresión de que todas las personas con Asperger son genios o presentan habilidades extraordinarias.
En 2026, se observa un aumento en los diagnósticos en la edad adulta, en especial en mujeres y personas mayores de 50 años, quienes a menudo han sentido una diferencia en su comportamiento durante años. Para muchos, el diagnóstico es un alivio que ayuda a entender retos en relaciones sociales y laborales.
Un concepto clave en el diagnóstico tardío es el «masking» o camuflaje social, donde las personas aprenden a adoptar comportamientos sociales como mantener contacto visual o suprimir movimientos repetitivos, lo que puede conllevar agotamiento extremo.
Se está cambiando el enfoque hacia el Asperger, centrando la atención en la provisión de apoyos personalizados y fomentando la autonomía en lugar de tratarlo como una anomalía. Es un mito común que las personas con Asperger carecen de empatía; muchas pueden sentir empatía intensa pero enfrentar desafíos interpretando señales sociales. Asimismo, el deseo de interacción social existe, aunque puede resultar agotador debido a normas sociales no explícitas.
La comprensión del TEA en la edad adulta permite un abordaje más adecuado en temas de salud mental, ya que se ha observado una alta comorbilidad de ansiedad y depresión entre personas diagnosticadas tardíamente.
La conversación sobre Asperger en adultos se centra en la identidad y la aceptación, con el diagnóstico sirviendo como punto de partida hacia una mejor comprensión personal y ajustes razonables en los entornos sociales y laborales.
