El método “Thinking Classrooms” gana terreno en colegios de todo el mundo mientras crece el debate sobre el fracaso escolar, la pérdida de autoridad docente y el futuro de la enseñanza tradicional.
Lo que ocurre ya en cientos de aulas occidentales podría cambiar por completo la manera de enseñar matemáticas. Alumnos de pie, trabajando en grupos aleatorios y resolviendo problemas en pizarras verticales en lugar de copiar ejercicios desde un pupitre. La propuesta divide a profesores, familias y expertos educativos.
El matemático que desafía la enseñanza clásica
Peter Liljedahl, profesor de Didáctica de las Matemáticas en la Universidad Simon Fraser, se ha convertido en uno de los nombres más influyentes de la innovación educativa internacional gracias a su método Thinking Classrooms (“Aulas para pensar”).
Su planteamiento rompe con buena parte de la enseñanza tradicional: menos clases magistrales, menos estudiantes sentados y más resolución colectiva de problemas. Según Liljedahl, el gran problema del sistema educativo actual es que los alumnos “imitan”, pero piensan muy poco.
El investigador sostiene que el aprendizaje mejora cuando los estudiantes trabajan de pie frente a superficies verticales borrables, colaboran en grupos formados al azar y afrontan ejercicios abiertos que obliguen a razonar.
“El pensamiento mejora sin muebles”
La afirmación más polémica del académico no ha tardado en incendiar el debate educativo. Liljedahl asegura que sus investigaciones muestran una mejora notable en el pensamiento cuando se eliminan los muebles del aula.
“Observamos una enorme mejora en el pensamiento de los estudiantes cuando quitamos todos los muebles del aula”, afirma.
Aunque reconoce que esa medida es poco práctica, insiste en que el simple hecho de trabajar de pie ya modifica el comportamiento de los alumnos y reduce la pasividad.
Para muchos defensores de la enseñanza clásica, estas ideas representan otro intento de “experimentación pedagógica” mientras los resultados académicos empeoran en numerosos países occidentales. Sin embargo, Liljedahl rechaza esa acusación y sostiene justo lo contrario: que el deterioro educativo coincide precisamente con la permanencia del modelo tradicional.
El debate que divide a profesores y familias
El choque entre pedagogía innovadora y enseñanza tradicional lleva años creciendo en España y otros países europeos. Mientras algunos expertos defienden metodologías activas, otros alertan de que muchas reformas educativas han debilitado la disciplina, la memorización y la exigencia académica.
Liljedahl responde directamente a esas críticas:
“Si entras al azar en una clase, en el 85% de los casos seguirá siendo una clase tradicional”.
Según el matemático sueco-canadiense, culpar a la innovación pedagógica del fracaso escolar sería ignorar que el modelo clásico continúa siendo dominante.
No obstante, la controversia persiste. Muchos docentes consideran que ciertas teorías educativas nacen en despachos universitarios alejados de la realidad diaria de las aulas. Liljedahl intenta diferenciarse de esa imagen asegurando que sus investigaciones se realizan observando clases reales y comportamiento auténtico de estudiantes.
El método que quiere acabar con la pasividad
El sistema Thinking Classrooms se apoya en varios pilares:
- Grupos aleatorios de estudiantes.
- Uso de pizarras verticales.
- Problemas abiertos con múltiples caminos de resolución.
- Mayor interacción física y verbal.
- Menos tiempo dedicado a copiar y más al razonamiento.
El autor sostiene que estas dinámicas aumentan el compromiso cognitivo y mejoran la retención del aprendizaje.
Uno de sus argumentos más repetidos es que muchos alumnos obtienen buenas notas únicamente gracias a la memorización temporal, pero olvidan rápidamente los conceptos.
“Sin pensamiento no hay aprendizaje”, insiste.
Las pruebas PISA, en el punto de mira
Liljedahl también carga contra otro de los grandes símbolos del sistema educativo moderno: las evaluaciones estandarizadas como OCDE y las pruebas PISA.
El profesor considera que estas herramientas terminan “desprofesionalizando” al docente y empujando a muchos centros a enseñar únicamente para aprobar exámenes.
“Debemos volver a ver a los profesores como profesionales capaces de decidir qué es lo mejor para sus alumnos”.
Sus declaraciones llegan en un momento especialmente delicado para la educación europea. España sigue mostrando dificultades importantes en comprensión matemática, mientras crece la preocupación por el descenso del nivel académico y la pérdida de cultura del esfuerzo.
¿Innovación real o nueva moda pedagógica?
El auge de Thinking Classrooms refleja una transformación mucho más profunda: la batalla cultural sobre cómo deben educarse las próximas generaciones.
Los defensores del modelo creen que el sistema tradicional ya no funciona para estudiantes hiperestimulados digitalmente y acostumbrados a interactuar constantemente. Sus críticos, en cambio, advierten de que muchas metodologías modernas sacrifican conocimientos sólidos en favor de dinámicas superficiales y entretenimiento.
Liljedahl admite que su método no resolverá problemas estructurales como la pobreza, la desigualdad o la neurodiversidad, aunque asegura que sí ayuda a mitigarlos creando aulas “más inclusivas”.
La cuestión de fondo sigue abierta: ¿deben las escuelas adaptarse completamente a las nuevas formas de atención de los jóvenes o recuperar la exigencia y la disciplina tradicionales?
España, entre reformas eternas y resultados mediocres
El debate no es menor en un país como España, donde cada nueva ley educativa reabre una guerra ideológica sobre memoria, esfuerzo, autoridad y métodos de enseñanza.
Mientras algunos gobiernos autonómicos impulsan metodologías activas y digitalización, otros sectores denuncian que el sistema lleva años rebajando contenidos y eliminando mecanismos de evaluación rigurosos.
En medio de esa batalla aparece ahora el modelo de Liljedahl, convertido ya en fenómeno internacional y observado con atención por centros educativos de medio mundo.
La pregunta que queda en el aire es incómoda: si los alumnos no aprenden como antes, quizá el problema no sea solo el currículo… sino la propia idea de escuela que Occidente ha construido durante décadas.
