El Mundial de Fútbol 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, promete un impacto económico millonario en territorio estadounidense. Sin embargo, tras el optimismo oficial, emergen interrogantes sobre quién se beneficia realmente del negocio y qué coste asumirán las ciudades anfitrionas.
Un impacto económico de 556 millones en ciudades de EEUU
Según estimaciones recogidas por diversos análisis internacionales, la Copa Mundial de la FIFA 2026 generará alrededor de 556 millones de dólares en gasto directo en las ciudades anfitrionas de Estados Unidos durante el torneo, que se celebrará entre junio y julio de 2026.
El cálculo incluye principalmente el consumo de visitantes en tres sectores estratégicos:
- Restauración: aproximadamente 280 millones de dólares, casi el 50 % del total.
- Alojamiento: en torno a 181 millones.
- Transporte: unos 95 millones.
Las ciudades que concentrarán mayor volumen de gasto serán East Rutherford (Nueva Jersey), Inglewood (California), Arlington (Texas), Atlanta (Georgia) y Seattle (Washington). Solo estas cinco absorberían cerca de la mitad del impacto económico estimado.
El dato resulta significativo, pero conviene contextualizarlo. Estados Unidos organizará la mayoría de los partidos del torneo, ampliado a 48 selecciones, lo que convierte esta edición en la más grande de la historia del fútbol internacional.
El negocio global de la FIFA frente al coste local
El organismo rector del fútbol mundial, la FIFA, proyecta ingresos récord gracias a los derechos televisivos, patrocinios y explotación comercial del evento. Sin embargo, la experiencia de otros grandes torneos internacionales ha demostrado que el reparto de beneficios no siempre es equitativo.
Las ciudades anfitrionas suelen asumir importantes costes en materia de:
- Seguridad reforzada
- Infraestructura y transporte público
- Adaptación de estadios
- Servicios públicos adicionales
En algunos casos, los contratos de sede limitan la capacidad de los gobiernos locales para obtener ingresos directos por patrocinio o explotación comercial, ya que la FIFA impone estrictas zonas de exclusividad comercial. Es decir, el evento genera actividad económica, pero gran parte del beneficio estructural termina en manos del organismo internacional y grandes patrocinadores globales.
Este modelo ha sido objeto de críticas en anteriores ediciones del Mundial y en otros eventos deportivos de gran escala, como los Juegos Olímpicos.
Comparación con otros megaeventos deportivos
Para dimensionar la cifra, los 556 millones de dólares estimados en gasto en EEUU representan una cantidad relevante, aunque inferior al impacto proyectado en eventos como los Juegos Olímpicos de París 2024.
Sin embargo, el Mundial 2026 presenta una característica diferencial: se celebra en tres países desarrollados, con infraestructuras ya consolidadas. Esto reduce el riesgo de inversiones faraónicas sin retorno, como ocurrió en otras sedes históricas.
Aun así, la magnitud del torneo —más partidos, más desplazamientos, mayor despliegue de seguridad— obliga a una planificación exhaustiva. Las autoridades estadounidenses han defendido que el impacto neto será positivo y que el torneo reforzará la imagen internacional del país.
Geopolítica, imagen y poder blando
Más allá de las cifras económicas, el Mundial 2026 también tiene una dimensión estratégica. En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas y competencia entre bloques, albergar el mayor evento deportivo del planeta supone una herramienta de poder blando.
Estados Unidos aprovechará el escaparate mundial para proyectar estabilidad, capacidad organizativa y liderazgo internacional. La alianza con México y Canadá también refuerza el mensaje de cooperación regional en América del Norte.
No obstante, el debate permanece abierto: ¿será el retorno económico suficiente para compensar los costes operativos y de seguridad? ¿O el principal beneficiario volverá a ser la estructura internacional de la FIFA?
¿Un éxito garantizado o una rentabilidad discutible?
Los defensores del evento subrayan el impulso al turismo, la creación temporal de empleo y el dinamismo en sectores como la hostelería y el transporte. Los críticos recuerdan que el impacto económico de los megaeventos suele sobreestimarse en las fases previas.
La experiencia indica que los beneficios directos se concentran en determinados sectores y periodos muy concretos, mientras que los gastos públicos se distribuyen durante años.
El Mundial 2026 será, sin duda, un acontecimiento histórico para Estados Unidos y para el fútbol internacional. Pero el verdadero balance solo podrá evaluarse cuando se conozcan las cifras finales y el coste real asumido por las ciudades anfitrionas.
Porque en el gran negocio del fútbol global, la pregunta clave sigue vigente: ¿quién gana realmente cuando rueda el balón?
