Lo que parecía una tradición condenada al olvido ha vuelto a sonar con fuerza en Galicia. Y no gracias a planes institucionales ni subvenciones públicas, sino por la iniciativa individual de un joven de apenas 19 años.

Un estudiante que desafía el abandono cultural

En plena era digital dominada por pantallas y redes sociales, Mateo Vázquez Ares, nacido en 2006, ha decidido dedicar su tiempo libre a una tarea casi extinguida: tocar las campanas de las iglesias. Instalado en A Coruña desde hace dos años para estudiar Terapia Ocupacional, este joven gallego se ha convertido en el responsable de que templos históricos vuelvan a emitir su sonido característico.

Lejos de depender de estructuras oficiales, Mateo tomó la iniciativa nada más llegar a la ciudad. Se presentó en la parroquia de Santiago y ofreció su ayuda. Desde entonces, su actividad no ha dejado de crecer. Hoy en día, toca en múltiples iglesias como San Nicolás, Santa María de Oza, San Jorge, Santo Domingo, Santa Lucía o San Vicente de Elviña, además de la Colegiata, donde comenzó en diciembre.

“En algunos casos llevaban tanto tiempo sin sonar que hubo que reponer cuerdas y limpiar”, explica, evidenciando el estado de abandono de una tradición profundamente arraigada en la cultura española.

La generación de YouTube que rescata tradiciones

Paradójicamente, su pasión nació gracias a una herramienta que muchos señalan como responsable de la pérdida de tradiciones: YouTube. Desde pequeño, Mateo consumía vídeos de campanas hasta el punto de obsesionarse con ellas. A los 2 años, ya mostraba fascinación por estos sonidos.

Su primera experiencia real llegó en A Pobra do Caramiñal, donde, guiado por su abuelo, comenzó a tocar. Más tarde, con apenas 7 años, participó en fiestas parroquiales en Boiro, y a los 9 años ya asumía la responsabilidad en solitario.

Sin escuelas oficiales ni programas institucionales, su formación ha sido completamente autodidacta, combinando la observación directa con el aprendizaje digital.

Un oficio olvidado que vuelve a cobrar vida

Mateo no solo toca campanas: domina los distintos toques litúrgicos, diferenciando entre misa diaria, domingos, solemnidades o celebraciones especiales como el Ángelus o los toques de difuntos.

Su labor ha sido clave para devolver a la ciudad una de sus señas de identidad sonora. Y lo hace sin cobrar absolutamente nada, movido únicamente por la pasión. En ocasiones recibe pequeños detalles, pero rechaza cualquier remuneración fija.

Este caso pone sobre la mesa una cuestión incómoda: ¿por qué tiene que ser un joven voluntario quien mantenga viva una tradición que forma parte del patrimonio cultural?

Entre la vocación sanitaria y el compromiso cultural

A pesar de su dedicación, Mateo tiene claras sus prioridades. Su objetivo es especializarse en gerontología, dentro de su carrera de Terapia Ocupacional. Solo acude a tocar cuando sus estudios se lo permiten.

Compagina esta singular afición con una vida normal: videojuegos, amigos y ocio. Una combinación que rompe el estereotipo del joven desconectado de sus raíces.

Día de la Madre: tradición frente a modernidad

En fechas señaladas como el Día de la Madre, Mateo plantea incluso interpretar melodías marianas como el Ave María, aunque reconoce las limitaciones técnicas de algunas iglesias.

Su caso refleja un fenómeno cada vez más visible: la recuperación de tradiciones por iniciativa individual ante la pasividad institucional.

Reflexión final

En un momento en el que se invierten millones en proyectos culturales de dudoso impacto, la historia de Mateo evidencia una realidad incómoda: la verdadera conservación del patrimonio depende, muchas veces, del compromiso personal y no de las políticas públicas.

¿Estamos ante un ejemplo admirable… o ante el síntoma de un abandono institucional más profundo?

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