El economista Maximilian Kasy, profesor en la Universidad de Oxford, lanza una advertencia contundente sobre el futuro de la inteligencia artificial: el verdadero problema no es la tecnología, sino quién la controla. En su nuevo libro sostiene que el poder de la IA está concentrado en unas pocas empresas que dominan los datos, la infraestructura y los recursos necesarios para desarrollarla.


Maximilian Kasy: la IA no es una fuerza divina

El economista austriaco Maximilian Kasy, catedrático en la Universidad de Oxford, acaba de publicar el libro The Means of Prediction: How AI Really Works and Who Benefits, una obra en la que desmonta algunos de los mitos más extendidos sobre la inteligencia artificial.

Según explica el académico, el debate público sobre esta tecnología suele moverse entre dos extremos igualmente equivocados: quienes creen que la IA destruirá a la humanidad y quienes aseguran que transformará el mundo de forma casi milagrosa.

Sin embargo, Kasy defiende una visión mucho más pragmática:

“La IA no es un dios que hayamos creado al que ahora debamos someternos”, afirma.

Para el economista, la inteligencia artificial no es una fuerza autónoma ni inevitable, sino una herramienta diseñada por humanos cuyos resultados dependen de las decisiones de quienes la controlan.


Los “medios de predicción”: quién manda realmente en la IA

En su análisis, Kasy identifica cuatro recursos fundamentales que hacen posible el desarrollo de la inteligencia artificial. Inspirándose en el concepto marxista de los “medios de producción”, el economista los denomina “medios de predicción”.

Estos son:

  • Datos
  • Potencia computacional
  • Mano de obra especializada
  • Energía

Quien controle estos elementos —explica— controlará el futuro de la IA.

El problema, según advierte, es que estos recursos están cada vez más concentrados en manos de un pequeño número de grandes compañías tecnológicas.


La economía de la IA: miles de millones en centros de datos

El experto también pone el foco en la enorme inversión que está generando el boom de la inteligencia artificial.

Según sus cálculos, solo en el último año las grandes tecnológicas han invertido alrededor de 350 000 millones de euros en centros de datos, una cifra similar a la prevista para este año.

A pesar de este gasto masivo, Kasy advierte de que el crecimiento tecnológico podría estar acercándose a ciertos límites.

Gran parte del avance reciente de la IA se ha basado en las llamadas “leyes de escala”, que sostienen que los sistemas mejoran cuando se entrenan con más datos y mayor potencia de cálculo.

Pero el economista señala que los datos disponibles en internet no crecen al mismo ritmo que la infraestructura tecnológica, lo que podría frenar futuras mejoras.


La batalla por los datos: el nuevo oro digital

Uno de los puntos más polémicos del análisis de Kasy es el papel de los datos personales y culturales en el desarrollo de la inteligencia artificial.

Según explica, muchos modelos actuales se entrenan utilizando contenidos producidos por millones de personas:

  • periodistas
  • programadores
  • artistas
  • escritores
  • músicos

Todo ese material termina integrado en sistemas de IA que posteriormente son comercializados por grandes empresas tecnológicas.

El resultado, advierte, es una transferencia masiva de valor desde la producción intelectual colectiva hacia unas pocas compañías privadas.


El control democrático de los algoritmos

Frente a esta concentración de poder, Kasy propone introducir mecanismos democráticos en el desarrollo de la inteligencia artificial.

Entre sus propuestas destaca una idea inspirada en los jurados populares.

El economista plantea que grupos de ciudadanos seleccionados aleatoriamente —representativos de la sociedad— puedan evaluar y decidir qué objetivos deben perseguir determinados sistemas de IA.

De esta manera, las decisiones sobre los algoritmos no quedarían exclusivamente en manos de empresas o gobiernos.


Un debate que va más allá de la tecnología

Para Kasy, el gran error del debate actual sobre inteligencia artificial es presentarla como una fuerza inevitable e incontrolable.

En realidad, insiste, la cuestión fundamental es política y económica.

Las decisiones sobre qué algoritmos se utilizan, qué datos se recopilan o qué objetivos persiguen no las toma la tecnología, sino las personas que la diseñan y la financian.

Por eso el economista concluye con una advertencia clara: el futuro de la inteligencia artificial no dependerá solo de los avances técnicos, sino del modelo de poder y control que las sociedades decidan aceptar.

Y ahí es donde, según afirma, la democracia tendrá que enfrentarse a uno de sus mayores retos del siglo XXI.


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