El cofundador de Microsoft advierte de que la inteligencia artificial puede destruir empleos, multiplicar ciberataques y alterar la economía antes de que los gobiernos sean capaces de reaccionar.

Bill Gates ha lanzado una de sus advertencias más contundentes sobre la inteligencia artificial. El empresario considera que el desarrollo tecnológico está avanzando a una velocidad muy superior a la capacidad de respuesta de los gobiernos y cuestiona directamente la preparación de los grandes partidos estadounidenses.

En una reciente entrevista con Axios, Gates aseguró que ninguno de los dos grandes partidos de Estados Unidos está suficientemente informado ni ha reflexionado con la profundidad necesaria sobre la transformación que puede provocar la IA. La advertencia coincide con un extenso análisis publicado por el propio empresario en el que reclama empezar a preparar inmediatamente la transición económica y social.

Su diagnóstico va mucho más allá del habitual debate sobre ChatGPT, los asistentes digitales o la automatización de oficinas. Gates cree que estamos ante una tecnología capaz de sustituir parte del trabajo cognitivo humano, transformar profesiones enteras y alterar las bases sobre las que actualmente funcionan el empleo, los impuestos y el Estado del bienestar.

Bill Gates cree que los políticos llegan tarde ante la IA

La crítica política resulta especialmente significativa porque Gates no dirige su reproche exclusivamente contra republicanos o demócratas.

Su planteamiento apunta al conjunto del sistema político estadounidense.

El problema, según su análisis, es que las instituciones actuales no fueron concebidas para gestionar una tecnología que puede extenderse simultáneamente por prácticamente todos los ámbitos de la sociedad: defensa, empleo, educación, fiscalidad, energía, elecciones, sanidad, finanzas, seguridad, transporte y Administración pública.

La inteligencia artificial tampoco necesita décadas para penetrar en la economía de la misma forma que otras revoluciones tecnológicas. Gates recuerda que la informática personal necesitó años para abaratarse, desarrollar software y modificar los hábitos de trabajadores y empresas.

La IA dispone de una ventaja decisiva: funciona sobre dispositivos e infraestructuras que ya existen y puede comunicarse mediante lenguaje natural.

Por eso teme que la transición sea considerablemente más rápida.

La gran amenaza para Gates: menos puestos de trabajo

El empleo ocupa una posición central en sus advertencias.

Gates considera que esta revolución es diferente porque las máquinas ya no automatizarán únicamente operaciones repetitivas o trabajos físicos. La IA puede asumir tareas intelectuales que hasta ahora exigían trabajadores formados.

Entre los sectores que menciona aparecen derecho, atención al cliente, medicina, programación y fabricación. También señala tareas como analizar datos, evaluar solicitudes de crédito o realizar determinadas labores sanitarias.

Su pronóstico es especialmente inquietante para los puestos de entrada y nivel intermedio.

Gates sostiene que aparecerán nuevas profesiones, como ha ocurrido con anteriores revoluciones tecnológicas, pero advierte de que sin las políticas adecuadas podrían crearse muchos menos empleos de los que desaparezcan.

Los jóvenes serían uno de los colectivos particularmente expuestos porque buena parte de su entrada en el mercado laboral depende precisamente de puestos junior que podrían ser automatizados.

Robots e IA: la automatización llegará también al trabajo físico

El riesgo tampoco termina en las oficinas.

Los avances en robótica permitirán trasladar progresivamente las capacidades de la inteligencia artificial al mundo físico. Gates cree que los robots inteligentes comenzarán a competir con trabajadores en determinadas tareas de sectores como la construcción y la hostelería antes de que termine la década.

Existe además un poderoso incentivo económico.

Cuando una compañía automatiza procesos y consigue reducir costes, sus competidores tienen motivos para hacer lo mismo. Si las empresas tradicionales no adoptan estas tecnologías, nuevas compañías pueden entrar en el mercado utilizando desde el principio estructuras mucho más automatizadas.

El resultado podría ser una carrera difícil de detener únicamente mediante decisiones empresariales voluntarias.

Ciberataques, fraude y biología: los riesgos que preocupan a Gates

La pérdida de puestos de trabajo es solamente uno de los tres grandes grupos de riesgos identificados por Gates.

El segundo está relacionado con la capacidad de la IA para multiplicar el poder de individuos y organizaciones maliciosas.

El empresario menciona amenazas como fraude automatizado, desinformación, deepfakes, vigilancia y ciberataques. El mismo modelo capaz de descubrir una vulnerabilidad informática para que una empresa pueda corregirla también puede ayudar a un atacante a explotarla.

La reducción del coste y del conocimiento técnico necesarios para lanzar determinados ataques podría ampliar considerablemente el número de actores capaces de amenazar empresas o infraestructuras.

Gates señala expresamente instalaciones sensibles como hospitales, instituciones financieras, sistemas de agua, redes eléctricas y servicios gubernamentales. También plantea riesgos biológicos derivados del uso de herramientas avanzadas para facilitar conocimientos que puedan utilizarse con fines dañinos.

No significa que esos escenarios vayan inevitablemente a materializarse. Son riesgos prospectivos que Gates considera suficientemente graves como para justificar una respuesta anticipada.

La IA también puede concentrar todavía más poder

Existe otra dimensión política.

La inteligencia artificial puede proporcionar capacidades mucho mayores no solamente a delincuentes, sino también a Estados, grandes corporaciones y organizaciones que ya concentran recursos.

Sistemas autónomos, vigilancia avanzada y herramientas capaces de analizar o influir sobre enormes cantidades de información plantean interrogantes sobre privacidad, seguridad y libertades.

Gates añade una preocupación todavía más difícil de resolver: conforme los sistemas sean más potentes y autónomos, podrían aparecer comportamientos que sus propios desarrolladores no hubieran previsto.

Gates también advierte sobre niños y relaciones humanas

Su tercer gran bloque de preocupación resulta menos económico, pero puede tener consecuencias sociales profundas.

Los acompañantes de IA pueden convertirse en sistemas extraordinariamente persuasivos y personalizados. Siempre están disponibles, pueden adaptarse al usuario y no plantean las mismas dificultades que una relación humana.

Gates teme que esa comodidad termine afectando al desarrollo de las habilidades sociales, especialmente entre niños y adolescentes.

También alerta sobre la educación. Una inteligencia artificial puede convertirse en un extraordinario profesor personalizado, pero un uso inadecuado podría provocar justamente lo contrario: que determinados alumnos deleguen el esfuerzo intelectual y desarrollen menos pensamiento crítico.

Gates no es contrario a la IA: también ve beneficios enormes

El diagnóstico del empresario no es simplemente apocalíptico.

Gates sostiene simultáneamente que la inteligencia artificial podría convertirse en una herramienta extraordinaria para medicina, educación, agricultura, investigación científica, energía y servicios públicos.

En sanidad podría facilitar diagnósticos y ayudar a centros que carecen de determinados especialistas. En agricultura podría proporcionar asesoramiento avanzado a productores de países pobres. En educación permitiría personalizar el aprendizaje y liberar tiempo de los profesores.

De ahí surge la contradicción que atraviesa todo su planteamiento: la misma tecnología que puede democratizar conocimientos y servicios también puede concentrar riqueza y destruir oportunidades laborales.

Gates llega a plantearlo en términos extremos: la IA podría convertirse en un extraordinario igualador social o en una fuente gigantesca de desigualdad.

Nuevas instituciones para controlar una revolución tecnológica

Su propuesta pasa por construir una arquitectura política específica.

A escala nacional, Gates plantea organismos capaces de coordinar transversalmente las decisiones relacionadas con IA, evitando que cada ministerio o regulador observe únicamente una pequeña parte del problema.

Y considera necesario avanzar paralelamente hacia algún tipo de estructura internacional.

Como referencias menciona los mecanismos utilizados para las inspecciones nucleares, la regulación internacional de la aviación y los acuerdos destinados a proteger la capa de ozono. Una futura institución dedicada a la IA tendría que combinar elementos de diferentes modelos de cooperación internacional.

También reconoce el principal obstáculo: la rivalidad económica y geopolítica empuja precisamente en sentido contrario. Estados Unidos, China y las grandes compañías tienen enormes incentivos para seguir avanzando.

Una propuesta polémica: gravar robots y uso de IA

Gates llega incluso al terreno fiscal.

Su argumento parte de una contradicción: cuando una empresa contrata trabajadores paga impuestos vinculados a esos empleos, mientras que invertir en automatización puede recibir un tratamiento fiscal más favorable.

Por ello plantea estudiar impuestos sobre robots y determinadas unidades de consumo de inteligencia artificial, con el objetivo de moderar la sustitución acelerada de trabajadores y financiar programas de formación y protección social.

Es una propuesta políticamente controvertida. Una fiscalidad excesiva también podría encarecer la innovación y perjudicar la competitividad frente a países que optasen por no imponerla. El propio Gates sostiene que cualquier gravamen tendría que diseñarse evitando penalizar aplicaciones claramente beneficiosas, como aquellas destinadas a abaratar la medicina o la educación.

La política tiene menos tiempo del que cree

El mensaje de Bill Gates sobre la inteligencia artificial contiene una advertencia incómoda para gobiernos de izquierda y derecha: la discusión política tradicional puede estar avanzando mucho más despacio que la tecnología que pretende regular.

La cuestión ya no es únicamente quién liderará la carrera de la IA. También es qué ocurrirá con los trabajadores desplazados, cómo se financiarán los servicios públicos si disminuyen las rentas laborales, qué actividades deberían permanecer bajo control humano y cómo se protegerán las infraestructuras críticas.

Gates no presenta sus predicciones como certezas inevitables. Pero sí sostiene que esperar a que los problemas aparezcan sería llegar demasiado tarde.

La carrera tecnológica continúa acelerándose. Su advertencia es que la política todavía no parece preparada para correr a la misma velocidad.

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