El Ministerio Fiscal constata el aumento de armas automáticas, narcolanchas cada vez más potentes y organizaciones violentas en Andalucía, mientras las fuerzas de seguridad denuncian carencias para combatirlas.

El narcotráfico en Andalucía ya no puede analizarse únicamente como un problema de entrada y distribución de drogas. Las propias memorias de la Fiscalía Antidroga describen organizaciones cada vez más violentas, embarcaciones de enorme potencia, redes logísticas profesionalizadas y una preocupante presencia de armas de guerra.

La advertencia resulta especialmente grave porque coincide con las quejas sobre los medios disponibles para combatir las narcolanchas. La Fiscalía recoge expresamente que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado denuncian carencias para abordar y detener embarcaciones ultrarrápidas, mientras las redes criminales mejoran motores, comunicaciones y sistemas de navegación.

El diagnóstico oficial confirma buena parte de la alarma, aunque conviene diferenciarlo de algunas propuestas y valoraciones incluidas en análisis periodísticos: la Fiscalía documenta el incremento de la violencia y las armas, pero propuestas concretas como dotar de mayor armamento a patrulleras o hablar de una auténtica «guerra» contra el narco forman parte del debate sobre cómo responder al fenómeno, no de una conclusión jurídica del Ministerio Fiscal.

La Fiscalía confirma la aparición creciente de armas de guerra

La Memoria de la Fiscalía General del Estado dedica una atención especial a Andalucía, una de las comunidades más afectadas por el narcotráfico debido, entre otros factores, a su proximidad al Estrecho y a las rutas utilizadas para introducir hachís y cocaína.

El documento constata que continúan produciéndose acometimientos y episodios violentos contra miembros de las fuerzas de seguridad, al tiempo que se localizan armas de guerra con mayor frecuencia.

El caso de Huelva resulta especialmente ilustrativo.

La Fiscalía recoge que durante 2024 se tramitaron cinco procedimientos con depósitos de armas de guerra en esa provincia. El salto resulta significativo porque, según la delegada de la Fiscalía Antidroga citada en la memoria, anteriormente podía existir una causa o ninguna de este tipo, mientras ahora estas armas y su munición aparecen en numerosas operaciones contra organizaciones criminales.

El Ministerio Fiscal describe además descargas de hachís protegidas por individuos encapuchados con apariencia paramilitar y fusiles Kalashnikov, además de violencia relacionada con los denominados «vuelcos», es decir, robos de droga entre organizaciones criminales.

No estamos, por tanto, únicamente ante una percepción de sindicatos policiales o asociaciones profesionales. La presencia creciente de armamento de guerra está recogida en documentación oficial de la Fiscalía.

Armas automáticas y disparos contra agentes

Jerez constituye otro punto especialmente preocupante.

La memoria de la Fiscalía señala un incremento de las incautaciones de armas de fuego, muchas de ellas automáticas, y relaciona esa tendencia con un aumento del riesgo de violencia contra los agentes.

El documento menciona concretamente un disparo efectuado contra un guardia civil cuando intentaba impedir una descarga procedente de una embarcación de alta velocidad.

El narcotráfico tradicionalmente intenta evitar a las autoridades porque una confrontación incrementa enormemente las penas y la presión policial. Sin embargo, los episodios descritos por la Fiscalía muestran que determinadas organizaciones están dispuestas a recurrir a violencia extrema para proteger mercancías, rutas y operaciones.

El desafío para el Estado deja así de limitarse a interceptar droga.

También implica enfrentarse a organizaciones con recursos suficientes para financiar vehículos, embarcaciones de gran potencia, comunicaciones sofisticadas, infraestructura logística y armamento.

Barbate sigue siendo el símbolo de la amenaza

La tragedia de Barbate marcó un antes y un después en la percepción pública del narcotráfico en el sur de España.

Dos guardias civiles murieron el 9 de febrero de 2024 después de que la pequeña embarcación en la que se encontraban fuera embestida por una narcolancha en el puerto gaditano. Otros agentes resultaron heridos.

La propia Fiscalía calificó posteriormente aquel episodio como uno de los acontecimientos más graves relacionados con este fenómeno y sostuvo que evidenciaba la necesidad de una respuesta contundente frente a las redes criminales.

La memoria también señala que otros ocupantes de embarcaciones vinculadas a estas actividades han muerto posteriormente en incidentes producidos durante huidas, maniobras temerarias o colisiones.

Barbate demostró sobre todo el peligro de enfrentar embarcaciones de dimensiones y prestaciones radicalmente diferentes.

Narcolanchas con cuatro motores de más de 400 CV

La carrera tecnológica no se limita al armamento.

Las embarcaciones utilizadas por las redes criminales son cada vez más sofisticadas.

La Fiscalía recoge que resulta habitual encontrar narcolanchas equipadas con cuatro motores de más de 400 CV, además de sistemas avanzados de navegación. Mantener semejante potencia exige asimismo enormes cantidades de combustible.

En memorias anteriores, el Ministerio Fiscal ya recogía las denuncias de las fuerzas de seguridad por la carencia de medios adecuados para abordar y detener estas embarcaciones ultrarrápidas, algunas equipadas entonces con varios motores de 350 CV.

La diferencia importa.

Interceptar una narcolancha en el mar no consiste simplemente en perseguirla. La velocidad, el estado del mar, la maniobrabilidad, el tamaño de las embarcaciones y la violencia de sus ocupantes convierten una operación policial en una intervención de altísimo riesgo.

La Fiscalía ya reclamaba que las fuerzas de seguridad recibieran más medios capaces de interceptar embarcaciones cada vez más potentes y sofisticadas.

El «petaqueo», la enorme logística que mantiene las narcolanchas

Existe además una infraestructura menos visible que resulta imprescindible para mantener este modelo criminal: el petaqueo.

Se trata del abastecimiento de combustible a las embarcaciones utilizadas por las organizaciones.

La Fiscalía advierte de que esta actividad ha crecido hasta convertirse en un negocio propio. Existen organizaciones dedicadas específicamente a proporcionar gasolina, víveres y relevos de pilotos a las narcolanchas.

Según los datos recogidos por el Ministerio Fiscal, se han llegado a pagar hasta 300 euros por una garrafa de 25 litros.

El volumen de combustible movilizado genera, además, un riesgo añadido para la población. Miles de litros de gasolina pueden viajar en furgonetas, vehículos y embarcaciones atravesando carreteras, núcleos urbanos y puertos.

La Fiscalía ha impulsado precisamente la posibilidad de perseguir penalmente determinadas conductas relacionadas con este almacenamiento y transporte de combustible mediante el artículo 568 del Código Penal, además de proponer cambios legislativos específicos sobre el fenómeno.

El narcotráfico andaluz ya no se limita al hachís

La transformación tampoco afecta únicamente a los métodos.

Las rutas tradicionalmente asociadas al hachís procedente de Marruecos están siendo utilizadas para transportar otras sustancias.

La Fiscalía Antidroga señala que entre diciembre de 2024 y enero de 2025 fueron intervenidas 10 toneladas de cocaína en apenas dos semanas en zonas próximas al río Guadalquivir.

El eje Cádiz-Sevilla aparece así como una vía para introducir cocaína destinada posteriormente a otros mercados europeos.

En Andalucía se incoaron 5 276 procedimientos relacionados con esta materia en el periodo analizado por la Fiscalía, con incrementos en prácticamente todas las fiscalías provinciales salvo Huelva, donde bajó ligeramente el número pero no la complejidad.

La geografía explica parte del problema.

Solo 14 kilómetros separan la Península de Marruecos en el punto más estrecho del Estrecho, circunstancia que durante décadas ha convertido la zona en una de las principales rutas de entrada de hachís hacia España y el resto de Europa.

La presión se extiende más allá del Campo de Gibraltar

Otro cambio destacado por la Fiscalía es la extensión territorial del fenómeno.

Las narcolanchas ya no se concentran exclusivamente en el Campo de Gibraltar. Las organizaciones han desplazado operaciones hacia otros puntos de las costas de Cádiz, Huelva, Almería y Granada, además de utilizar la desembocadura del Guadalquivir.

Ese desplazamiento obliga a ampliar también la respuesta policial.

Incrementar la presión en un punto puede provocar que las organizaciones busquen rápidamente otro tramo del litoral, otro puerto, otra desembocadura o incluso aguas de países vecinos.

La capacidad de adaptación constituye precisamente una de las fortalezas del crimen organizado.

¿Está el Estado suficientemente equipado frente al narcotráfico?

Aquí aparece la cuestión política inevitable.

La documentación de la Fiscalía demuestra que las fuerzas de seguridad llevan tiempo alertando de carencias materiales para enfrentarse a las embarcaciones utilizadas por las organizaciones criminales. También confirma la creciente sofisticación de estas y la presencia de armamento de enorme peligrosidad.

Eso no significa que todos los cuerpos policiales españoles trabajen sistemáticamente con material «obsoleto», una afirmación demasiado amplia que requeriría analizar unidades, embarcaciones y dotaciones concretas.

Pero sí existe una advertencia oficial inequívoca: determinadas capacidades policiales necesitan adecuarse a una amenaza que ha evolucionado rápidamente.

La respuesta tampoco puede reducirse a una carrera armamentística.

La lucha contra el narcotráfico exige combinar inteligencia policial, investigación patrimonial, cooperación internacional, vigilancia marítima, medios aéreos, tecnología, personal especializado, persecución del blanqueo y capacidad judicial suficiente.

Porque detener al piloto de una narcolancha resuelve una parte del problema. Desarticular la estructura financiera y logística que permite comprar la embarcación, pagar el combustible, adquirir la droga y blanquear posteriormente los beneficios golpea directamente el modelo de negocio.

Los juzgados también soportan la presión del narco

El problema de medios tampoco termina en la Guardia Civil o la Policía Nacional.

La Fiscalía de Andalucía ha advertido de deficiencias personales y sobrecarga de trabajo en juzgados de Cádiz, especialmente en zonas como Campo de Gibraltar, Barbate y Chiclana.

Según el Ministerio Fiscal, el volumen de asuntos y las macrocausas vinculadas al narcotráfico pueden generar dilaciones que, en algunos casos, terminan provocando rebajas de penas por retrasos extraordinarios e incluso problemas de prescripción.

Esta es una de las caras menos visibles de la lucha contra el crimen organizado.

No basta con disponer de patrulleras capaces de alcanzar una narcolancha. Después hacen falta investigadores, fiscales, jueces, funcionarios, peritos y recursos tecnológicos capaces de sostener procedimientos extraordinariamente complejos durante años.

Armas de guerra frente al Estado: una advertencia que exige respuesta

El diagnóstico que emerge de las memorias de la Fiscalía es suficientemente serio sin necesidad de exagerarlo.

En determinadas zonas de Andalucía hay organizaciones relacionadas con el narcotráfico que utilizan armas automáticas y armas de guerra, recurren a violencia extrema y disponen de embarcaciones cada vez más potentes y sofisticadas. Las propias fuerzas de seguridad han denunciado carencias para interceptarlas.

La discusión política debería centrarse, por tanto, en algo mucho más concreto que los eslóganes: qué medios necesita España, cuánto tardarán en llegar y cómo evitar que la capacidad operativa del crimen organizado evolucione más deprisa que la respuesta del Estado.

Los asesinatos de los dos guardias civiles en Barbate demostraron que el coste de esa brecha puede medirse en vidas.

La cuestión ya no es determinar si el narcotráfico en Andalucía representa un problema grave. La propia Fiscalía lleva años documentándolo. La pregunta es si las instituciones españolas están adaptando sus recursos policiales, judiciales y tecnológicos a la misma velocidad con la que se adaptan quienes viven del tráfico de drogas.

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