Una nueva patente abre la puerta a dispositivos capaces de procesar rostros, ubicación, reacciones y conexiones sociales, mientras los expertos advierten de que el verdadero riesgo puede estar en las cuentas y servicios en la nube.
Las gafas inteligentes de Meta avanzan hacia capacidades que podrían convertir estos dispositivos en algo mucho más sofisticado que una cámara colocada frente a los ojos. Una nueva patente ha vuelto a situar en primer plano una cuestión especialmente delicada: qué ocurre con la privacidad cuando unas gafas pueden recopilar y procesar información sobre las personas que rodean a quien las utiliza.
El debate ya no se limita a fotografías y vídeos. Las posibilidades descritas alrededor de esta evolución tecnológica incluyen información biométrica, reconocimiento de rostros, ubicación, análisis de reacciones y conexiones sociales.
Y ahí aparece el principal problema: las consecuencias potenciales no afectan exclusivamente al propietario de las gafas.
Una persona situada delante del usuario podría convertirse en objeto de captura o análisis de información sin ser necesariamente consciente de ello.
Las gafas inteligentes de Meta abren un nuevo frente para la privacidad
La evolución de los dispositivos inteligentes portátiles está borrando progresivamente la frontera entre una cámara convencional y un sistema permanente de recopilación y procesamiento de información.
Un teléfono móvil normalmente tiene que sacarse del bolsillo y orientarse hacia aquello que se pretende fotografiar o grabar. Unas gafas, por el contrario, acompañan constantemente la mirada de su propietario.
Si a esa capacidad se incorporan tecnologías capaces de interpretar lo observado, la dimensión del problema cambia sustancialmente.
Las gafas inteligentes podrían dejar de limitarse a registrar imágenes para convertirse en una plataforma capaz de obtener información contextual sobre el entorno.
Entre los datos potencialmente sensibles destacan:
- Rostros e información biométrica.
- Localizaciones y desplazamientos.
- Reacciones de las personas.
- Relaciones y conexiones sociales.
- Información sobre reuniones y encuentros.
- Patrones de utilización y comportamiento.
La combinación de diferentes categorías de información es precisamente uno de los elementos que más preocupa desde el punto de vista de la privacidad.
El problema no afecta solamente a quien lleva las gafas
Este es probablemente el aspecto más controvertido.
El usuario puede aceptar determinadas condiciones de utilización cuando configura el dispositivo. Las personas que aparecen delante de las gafas no necesariamente han realizado ese mismo proceso de consentimiento.
Eso introduce una cuestión que irá ganando relevancia conforme las gafas inteligentes se popularicen: cómo proteger los derechos de aquellos ciudadanos que interactúan con estos dispositivos sin utilizarlos personalmente.
Una conversación, una reunión profesional, un encuentro privado o simplemente caminar por un espacio determinado pueden generar información susceptible de ser capturada por sensores situados a pocos metros.
El problema adquiere todavía mayor dimensión cuando la tecnología permite interpretar automáticamente lo observado.
No es lo mismo almacenar una fotografía que convertir esa fotografía en información estructurada sobre identidades, lugares, relaciones o comportamientos.
El verdadero riesgo puede estar fuera de las propias gafas
La seguridad física del dispositivo representa únicamente una parte del desafío.
El responsable de investigación de vulnerabilidades de producto de Check Point Software Technologies, Oded Vanunu, advierte de que la cuestión fundamental es determinar dónde se procesan y almacenan los datos obtenidos.
Si esa información se sincroniza con servicios externos o infraestructura en la nube, proteger las gafas deja de ser suficiente.
La superficie de ataque pasa a incluir también la cuenta del usuario, sus credenciales y todos los servicios asociados.
Esto introduce amenazas conocidas en ciberseguridad que adquieren una dimensión diferente cuando detrás de una cuenta puede existir información biométrica o contextual acumulada durante meses.
Phishing y robo de cuentas: una amenaza mucho más seria
Un ataque de phishing busca engañar al usuario para conseguir contraseñas, códigos de acceso u otra información que permita entrar fraudulentamente en una cuenta.
Es una técnica antigua, pero continúa siendo extremadamente relevante.
La diferencia está en lo que un ciberdelincuente podría encontrar detrás de una cuenta asociada a dispositivos de realidad aumentada o gafas inteligentes.
Dependiendo de cómo evolucione la tecnología y de los datos que finalmente almacenen los servicios, una cuenta comprometida podría llegar a contener información relacionada con reuniones, lugares visitados, personas con las que se ha interactuado o determinados patrones de comportamiento.
Por eso, la seguridad de la contraseña y los mecanismos de autenticación adquieren una importancia mucho mayor.
Las gafas serían el sensor; la cuenta podría convertirse en la auténtica llave de acceso a la información.
El valor de los datos aumenta cuando se combinan
Existe además otra cuestión fundamental: un dato aparentemente inocuo puede adquirir enorme sensibilidad cuando se combina con otros.
Una ubicación aislada dice relativamente poco.
Un rostro aislado también.
Pero una base de datos capaz de relacionar rostro, ubicación, fecha, frecuencia de encuentros y contexto puede revelar patrones mucho más precisos.
Por ejemplo, la combinación continuada de esa información podría permitir reconstruir determinadas rutinas o relaciones.
Precisamente por ello, la discusión sobre las gafas inteligentes no debería centrarse exclusivamente en cuánto pueden grabar, sino en qué capacidad existe para relacionar posteriormente toda la información obtenida.
¿Durante cuánto tiempo permanecerán almacenados los datos?
Otra cuestión clave es la denominada gobernanza del dato.
No basta con conocer qué información recoge un dispositivo. También resulta necesario determinar para qué se utiliza, dónde permanece y durante cuánto tiempo.
Entre las preguntas esenciales se encuentran si los datos se conservan exclusivamente para prestar la función solicitada por el usuario, si pueden emplearse para mejorar determinados sistemas, si sirven para entrenar modelos informáticos, si se combinan con información procedente de otras fuentes y cuál será su plazo de conservación.
Cuanto mayor sea el número de categorías almacenadas, mayor será el impacto potencial de una filtración o acceso no autorizado.
La biometría eleva especialmente el nivel de riesgo
Los datos biométricos merecen una atención especial porque presentan una diferencia esencial respecto de una contraseña.
Una contraseña comprometida puede sustituirse.
Un rostro no puede cambiarse con la misma facilidad.
Esto explica por qué cualquier sistema capaz de generar, procesar o almacenar identificadores biométricos plantea exigencias de seguridad especialmente elevadas.
Una filtración masiva de contraseñas constituye un incidente grave. Una exposición de información biométrica puede presentar consecuencias mucho más persistentes.
La cuestión será especialmente sensible en Europa, donde el tratamiento de datos personales y biométricos se encuentra sometido a importantes exigencias regulatorias.
El desafío de proteger también a los terceros
El salto tecnológico introduce además una paradoja.
El propietario de unas gafas inteligentes puede configurar sus preferencias, proteger su cuenta o decidir qué servicios quiere utilizar. Un tercero situado delante del dispositivo tiene mucho menos control sobre la situación.
Eso obliga a plantear mecanismos capaces de ofrecer transparencia sobre cuándo existe recopilación de información y qué tratamiento recibe posteriormente.
La expansión de esta tecnología podría provocar debates similares a los generados anteriormente por cámaras de vigilancia, asistentes de voz y sistemas de reconocimiento facial, pero con una diferencia importante: las gafas acompañan permanentemente a una persona y pueden desplazarse prácticamente por cualquier entorno cotidiano.
Empresas y reuniones profesionales, otro punto especialmente sensible
El problema tampoco se limita a la privacidad doméstica.
Las gafas inteligentes pueden plantear importantes interrogantes dentro de empresas, despachos profesionales, administraciones e instalaciones industriales.
Una reunión puede contener información comercial confidencial. Una visita a unas instalaciones puede mostrar procesos internos. Una conversación informal puede revelar datos que nunca deberían abandonar una organización.
Si dispositivos de este tipo alcanzan una adopción masiva, las empresas podrían verse obligadas a revisar sus propias políticas de seguridad.
Las normas sobre teléfonos móviles, cámaras y dispositivos de grabación probablemente tendrán que evolucionar para contemplar equipos capaces de capturar y procesar información de forma mucho más integrada.
De proteger el dispositivo a proteger todo el ecosistema digital
El gran cambio conceptual está precisamente ahí.
Durante años, la ciberseguridad de los dispositivos personales se ha concentrado en evitar que un atacante acceda físicamente al aparato o instale software malicioso.
Las gafas inteligentes obligan a ampliar considerablemente ese perímetro.
Será necesario proteger simultáneamente el dispositivo, las comunicaciones, la cuenta del usuario, la infraestructura en la nube, las aplicaciones asociadas y las bases de datos donde pueda terminar almacenándose la información.
Un fallo en cualquiera de esos niveles podría comprometer el conjunto.
Innovación tecnológica frente al derecho a la privacidad
Las gafas inteligentes prometen aplicaciones importantes: asistencia contextual, comunicaciones manos libres, navegación, traducción, fotografía o acceso inmediato a servicios digitales.
El desafío será conseguir esas ventajas sin convertir el entorno cotidiano en un espacio de recopilación permanente de información difícil de controlar.
La nueva patente relacionada con Meta vuelve a colocar esta discusión sobre la mesa.
Porque el debate ya no consiste simplemente en determinar si unas gafas pueden grabar.
La cuestión verdaderamente relevante es qué pueden deducir de aquello que observan, dónde termina esa información, durante cuánto tiempo permanece almacenada y quién podría acceder a ella.
En la próxima generación de dispositivos inteligentes, proteger la privacidad probablemente significará mucho más que impedir que alguien robe unas gafas. Significará proteger todo el ecosistema de datos construido alrededor de ellas, incluidos los datos de personas que nunca decidieron utilizarlas.

