El castillo de Peñíscola se construyó en apenas trece años, entre 1294 y 1307, y fue la última gran fortaleza que la Orden del Temple levantó antes de su caída. Los caballeros templarios derribaron la antigua alcazaba andalusí y edificaron, sobre un peñón calizo de 64 metros de altura, un castillo de muros macizos y bóvedas de cañón. Lo hicieron tras recibir la plaza del rey Jaime II de Aragón a cambio de sus derechos en Tortosa. Siete siglos después, la fortaleza sigue en pie casi intacta y recibió 327.677 visitantes en 2023, según la Diputación de Castellón.
De alcazaba andalusí a plaza de la Corona de Aragón
Antes de los templarios, el peñón de Peñíscola ya era una plaza fuerte. Sobre él se alzaba una alcazaba de época andalusí que dominaba la costa norte del actual territorio castellonense.
Jaime I de Aragón obtuvo la villa en 1233 mediante capitulación, sin asalto, en plena campaña de conquista del Reino de Valencia. El 28 de enero de 1251 el monarca le otorgó carta de población, el documento que fijaba derechos y obligaciones de los nuevos pobladores cristianos.
Durante las décadas siguientes, la vieja fortaleza musulmana siguió en uso. Pero ya no respondía a las necesidades de un reino cristiano que miraba al Mediterráneo como frontera y como ruta comercial.
La permuta de 1294: cómo llegó la Orden del Temple a Peñíscola
El 15 de septiembre de 1294, Jaime II entregó a la Orden del Temple los castillos de Peñíscola, les Coves y Ares a cambio de los derechos que los templarios tenían en Tortosa, según recoge un estudio publicado en la revista Plecs d’Història Local. La operación sorprendió a los historiadores: Tortosa era una plaza mucho más valiosa.
La lógica del rey era política. Recuperaba para la Corona una ciudad clave en la desembocadura del Ebro. La lógica del Temple era territorial: sumaba Peñíscola a sus encomiendas cercanas de Xivert y Pulpís y consolidaba un dominio compacto en el norte del Reino de Valencia.
Al frente de la obra estuvo frey Berenguer de Cardona, maestre provincial del Temple en la Corona de Aragón y uno de los dignatarios más influyentes de la orden en la península. La encomienda local quedó a cargo de frey Arnaldo de Banyuls, comendador de Peñíscola.

Trece años de obra: cuánto se tardó en construir el castillo de Peñíscola
La construcción del castillo de Peñíscola duró trece años: comenzó en 1294 y concluyó en 1307. Los templarios no reformaron la alcazaba andalusí, sino que la demolieron y levantaron una fortaleza nueva sobre sus cimientos.
El propio decreto de protección del conjunto describe el castillo como una obra «construida de una sola vez» sobre restos de muros muy primitivos. Esa unidad de ejecución explica su coherencia arquitectónica, poco habitual en fortalezas que suelen crecer por añadidos a lo largo de siglos.
La piedra salió del mismo peñón. Los constructores extrajeron la caliza jurásica de la roca para levantar muros y bóvedas, según recoge El Español en un reportaje de junio de 2026. El resultado es un recinto de unos 230 metros de perímetro y 20 metros de altura media, situado a 64 metros sobre el nivel del mar.
El calendario es revelador. Las obras terminaron el mismo año en que comenzó la persecución de la orden. Peñíscola fue, en la práctica, el último gran castillo del Temple.
La influencia de los templarios en el castillo
La huella del Temple se lee en la sobriedad. El castillo carece de ornamentación superflua: sillería trabajada, bóvedas de cañón en todas las estancias e impostas reducidas a un sencillo cordón moldurado, como describe el Patronato de Turismo de Castellón.
Esa austeridad respondía a la regla de una orden que era a la vez monástica y militar. El edificio reunía en un mismo recinto funciones de convento y de cuartel:
- Defensa: cuerpo de guardia, caballerizas, mazmorras y patio de armas.
- Vida religiosa: la iglesia del castillo, hoy conocida como basílica templaria.
- Autosuficiencia: un aljibe y el aprovechamiento de los manantiales de agua dulce que brotan en la base de la roca, vitales para resistir asedios largos.
La tradición historiográfica sostiene que los templarios proyectaron Peñíscola a imagen de las fortalezas que habían levantado en Tierra Santa. Lo cierto es que el castillo responde al modelo de fortaleza-convento que la orden aplicó en sus encomiendas: compacto, autosuficiente y pensado para resistir con una guarnición reducida.
Las leyendas que lo rodean, como la del supuesto manuscrito escondido entre sus muros, pertenecen al terreno del folclore. Ningún hallazgo documental las respalda.

Por qué fue tan importante en su época
El castillo de Peñíscola fue, ante todo, una llave del litoral. Su posición sobre un tómbolo casi rodeado por el mar permitía vigilar la navegación entre Tortosa y Valencia y defender una costa expuesta a incursiones marítimas.
Su valor se apoyaba en tres pilares:
- Control costero. Desde 64 metros de altura dominaba el horizonte marítimo y el acceso por tierra, reducido a un estrecho istmo.
- Articulación territorial. Unido a Xivert, Pulpís, les Coves y Ares, formaba una red de encomiendas que daba al Temple un dominio coherente en el norte valenciano.
- Resistencia ante asedios. El agua dulce de sus manantiales y el aljibe permitían sostener la guarnición durante cercos prolongados.
Aquella importancia no desapareció con los templarios. En el siglo XVI, más de dos siglos y medio después, Felipe II encargó a su ingeniero militar Giovanni Battista Antonelli modernizar las murallas para adaptarlas a la artillería. Y aun así, la estructura templaria llegó sustancialmente intacta a nuestros días.
Del Temple a Montesa y al Papa Luna
Los templarios apenas disfrutaron de su obra. En 1307, Felipe IV de Francia y el papa Clemente V iniciaron el proceso contra la orden, y Jaime II ordenó la prisión de los templarios en sus reinos y recuperó el castillo para la Corona, que lo ocupó entre 1312 y 1317.
El rey aragonés evitó que los bienes del Temple pasaran a la Orden del Hospital. Impulsó la creación de una orden propia, la de Santa María de Montesa, fundada en 1317 por el papa Juan XXII. En 1319, Peñíscola y su castillo pasaron a Montesa, cuyo primer maestre, Guillem de Eril, murió en la propia fortaleza el 4 de octubre de ese año.
El siglo XV dio al castillo su segundo gran capítulo. El papa Benedicto XIII, Pedro Martínez de Luna, entró en Peñíscola el 21 de julio de 1411 y convirtió la fortaleza en palacio y sede pontificia. Allí residió hasta su muerte, el 23 de mayo de 1423. De ahí su otro nombre: el castillo del Papa Luna.

El castillo de Peñíscola hoy: patrimonio protegido y motor turístico
El castillo y palacio de Peñíscola fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional por la Gaceta de Madrid del 4 de junio de 1931. Hoy es propiedad de la Diputación de Castellón, que lo gestiona como museo.
Las cifras confirman su atractivo. En 2023 recibió 327.677 visitantes, un 14% más que en 2022, según datos de la propia Diputación. La institución ha destinado 4,5 millones de euros a su Plan Director de rehabilitación, que ha recuperado dependencias pontificias y abierto al público los 7.000 metros cuadrados del Parque de Artillería.
Su proyección internacional creció además como escenario de rodajes, desde Juego de Tronos hasta El Ministerio del Tiempo, que recreó precisamente su pasado templario y papal.
La opinión de El Vértice
El castillo de Peñíscola resume una lección que conviene no olvidar: la historia de España se escribió también desde sus fronteras marítimas, con instituciones que unían fe, disciplina y servicio a la Corona. En solo trece años, los templarios levantaron una obra que ha resistido guerras, asedios y siete siglos de intemperie.
Que hoy siga en pie se debe a la continuidad de las instituciones que lo han custodiado, desde la Corona de Aragón hasta la Diputación actual. El reto ya no es defenderlo de corsarios, sino de la banalización: que el turismo de masas y las leyendas fáciles no sepulten el rigor histórico.
¿Sabremos transmitir a las próximas generaciones no solo la postal, sino el significado de lo que allí se construyó?


