El oro, presente en la vida cotidiana de muchas personas a través de joyas o inversiones, ha sido un metal codiciado a lo largo de la historia. Su uso más antiguo se remonta a la necrópolis de Varna, en Bulgaria, donde se encontraron objetos en oro que datan de 4.600 a 4.200 a.C. Este metal representa un «símbolo de valor y confianza», como destaca Miguel Ángel Izquierdo, director ejecutivo de Hispánica, una empresa dedicada al tratamiento de metales preciosos.
Izquierdo señala que el oro es único entre los activos, ya que su valor no depende de gobiernos ni de políticas económicas. Su escasez y durabilidad lo han convertido en un refugio ante crisis económicas e inestabilidad política.
La directora de ETF para Iberia en Invesco, Laure Peyranne, apunta que el oro ha sido un activo refugio desde la implementación del patrón oro en 1944. Durante crisis financieras, como la de 2007-2008 y la pandemia de COVID-19, el oro ha mostrado una tendencia al alza, mientras que otros activos han caído en valor.
Este metal ha experimentado un crecimiento significativo en su precio, superando en el último año la marca de 4.500 dólares por onza, un aumento atribuible a la incertidumbre actual en la economía global. Izquierdo atribuye este aumento a factores como guerras, inflación y crisis financieras.
Pese a su popularidad, el oro ha enfrentado competencia de activos emergentes, como las criptomonedas. Sin embargo, a diferencia de estos, el oro tiene una trayectoria milenaria y es un activo tangible. Izquierdo también enfatiza la diferencia entre el oro y otros metales preciosos como la plata, que es más volátil debido a su demanda industrial.
La volatilidad del mercado de metales preciosos es un factor a considerar para los inversores, quien recomiendan asignar entre el 5% y 15% de una cartera a metales preciosos, predominantemente oro. Los expertos coinciden en que, a pesar de las fluctuaciones en el precio del oro, su papel como refugio de valor sigue siendo relevante en contextos de incertidumbre económica.

