Mohammad Bagher Kharrazi sostiene que la República Islámica «ya no funciona» y plantea construir una red de hasta 250 000 seguidores para impulsar un «verdadero Gobierno islámico». Una de sus predicciones sobre los cambios en la cúpula iraní ya se habría cumplido.
Una rebelión que no busca democratizar Irán, sino radicalizarlo
La República Islámica de Irán afronta una nueva y delicada batalla dentro de sus propias estructuras de poder. Esta vez, el desafío no procede de la oposición democrática ni de las protestas contra el régimen, sino de un sector religioso que considera que el sistema iraní no es suficientemente islámico y pretende endurecerlo todavía más.
En el centro de la polémica aparece el clérigo ultraconservador Mohammad Bagher Kharrazi, hermano de la esposa del líder supremo Mojtaba Jamenei, quien habría comenzado a movilizar seguidores para promover una profunda transformación interna.
Según las declaraciones difundidas y recogidas por medios como Iran International, Kharrazi considera que la actual República Islámica «ya no funciona» y plantea sustituir su estructura política por lo que define como un auténtico «Gobierno islámico».
No se trataría, por tanto, de una rebelión destinada a liberalizar el país. El movimiento apuntaría precisamente en la dirección contraria: reforzar el carácter teocrático del Estado y desplazar a dirigentes considerados demasiado moderados.
Kharrazi asegura disponer de un plan para movilizar a 250 000 personas
Las declaraciones más inquietantes proceden de un vídeo difundido durante los últimos días en el que Kharrazi habla ante un grupo de seguidores.
El religioso asegura que existe una estructura preparada para actuar llegado el momento y afirma disponer de «60 gruesos volúmenes de planes» destinados a organizar prácticamente todos los ámbitos del Estado.
Su estrategia de movilización sería piramidal.
Cada integrante debería captar a 17 nuevos seguidores, quienes posteriormente tendrían que reclutar a otros 17. El objetivo final declarado sería alcanzar aproximadamente 250 000 personas preparadas para desplazarse hacia Teherán.
Según las palabras atribuidas al propio Kharrazi, sus partidarios deberían estar preparados para «rodear los ministerios».
La dimensión real de esa supuesta organización, así como su capacidad efectiva para movilizar a semejante número de personas, no ha podido ser verificada de manera independiente. Pero las declaraciones adquieren relevancia por la proximidad familiar del clérigo al entorno del líder supremo y por los movimientos registrados dentro de la cúpula iraní.
Una de sus predicciones ya se habría cumplido
El elemento que ha disparado las especulaciones es que Kharrazi anticipó públicamente uno de los cambios posteriormente anunciados en la estructura de seguridad iraní.
El clérigo aseguró el 3 de agosto que Mohsen Rezaei, antiguo comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), asumiría un importante puesto dentro del aparato de seguridad nacional.
Días después, medios oficiales anunciaron el nombramiento de Rezaei como secretario general del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
La coincidencia ha provocado que sus palabras sean examinadas ahora con mayor atención.
No demuestra necesariamente que Kharrazi hable en nombre de Mojtaba Jamenei, pero sí plantea interrogantes sobre el nivel de información interna al que podría tener acceso.
El régimen intenta marcar distancias con Kharrazi
La reacción oficial llegó rápidamente.
Después de que comenzaran a circular sus declaraciones, la oficina del líder supremo iraní recordó que constituye la única fuente oficial autorizada para comunicar posiciones, mensajes o decisiones atribuidas a la máxima autoridad del país.
La advertencia supone, en la práctica, un intento de evitar que las declaraciones de Kharrazi sean interpretadas automáticamente como órdenes o pensamientos del propio Jamenei.
El clérigo había asegurado previamente que algunas de las informaciones que manejaba procedían de conversaciones personales con el líder supremo.
Entre otras afirmaciones, sostuvo que Mojtaba Jamenei sería más radical que su antecesor, que estaría dispuesto a aceptar una eventual salida del presidente Masud Pezeshkian y que prepararía importantes cambios internos.
Estas afirmaciones deben tratarse con cautela al proceder del propio Kharrazi y no haber sido confirmadas oficialmente.
Pezeshkian, uno de los principales objetivos
El presidente iraní aparece directamente señalado en el discurso del religioso.
Kharrazi ha atacado duramente a Masud Pezeshkian, al que llegó a calificar de «bufón», y sostiene que su Gobierno no conseguirá completar su mandato.
También arremetió contra el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf, afirmando que «no sabe nada» del islam.
La ofensiva verbal revela el enfrentamiento existente entre diferentes familias del régimen iraní.
Pezeshkian ha sido identificado con posiciones relativamente más pragmáticas dentro del estrecho margen político permitido por la República Islámica. Para los sectores religiosos más radicales, incluso esas diferencias limitadas pueden resultar excesivas.
Acusaciones de corrupción dentro de la propia élite iraní
Kharrazi tampoco ha limitado sus ataques a los dirigentes institucionales.
El clérigo ha acusado de corrupción a figuras relacionadas con el entorno del anterior líder supremo, entre ellas Alí Asghar Hejazi, que ocupó una posición relevante dentro de la oficina de Alí Jamenei.
También ha señalado a Alireza Marandi, médico relacionado con el anterior líder iraní, responsabilizándolo políticamente del ascenso de Pezeshkian.
Las acusaciones reflejan una lucha que trasciende el tradicional enfrentamiento entre el régimen y sus opositores.
Ahora son sectores vinculados al propio sistema los que cuestionan abiertamente cómo debe repartirse el poder dentro de la República Islámica.

El misterio alrededor de Mojtaba Jamenei alimenta las especulaciones
Toda esta crisis se produce en un momento particularmente sensible debido a las incógnitas que rodean a Mojtaba Jamenei.
Desde su designación como líder supremo el pasado 8 de marzo, su escasa exposición pública ha provocado numerosas especulaciones sobre su situación y sobre quién controla realmente las diferentes estructuras del régimen.
Las declaraciones de Kharrazi añaden todavía más incertidumbre.
El clérigo sostiene que Mojtaba había permanecido marginado durante tres años por decisión de su padre y que su llegada a la cúspide del poder podría desencadenar una transformación profunda.
De nuevo, se trata de afirmaciones cuya veracidad no ha sido acreditada de manera independiente.
La Guardia Revolucionaria vuelve a estar en el centro del tablero
El ascenso de Mohsen Rezaei resulta especialmente significativo debido a su trayectoria dentro de la Guardia Revolucionaria.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica constituye uno de los pilares militares, políticos y económicos de Irán. Su influencia se extiende mucho más allá de las Fuerzas Armadas y alcanza importantes sectores empresariales y estructuras estratégicas del Estado.
Cualquier reorganización del aparato de seguridad que refuerce a figuras procedentes de la Guardia Revolucionaria puede interpretarse como una señal de endurecimiento del régimen, aunque será necesario observar los próximos nombramientos para determinar el verdadero alcance de los cambios.
Una lucha interna que puede marcar el futuro de Irán
El desafío planteado por Mohammad Bagher Kharrazi presenta una característica fundamental: no pretende acabar con la teocracia iraní, sino profundizarla.
Mientras una parte importante de la sociedad iraní ha protagonizado durante años protestas reclamando mayores libertades, derechos civiles y una reducción del poder religioso, el movimiento descrito por Kharrazi pretende caminar exactamente en sentido contrario.
La gran incógnita es determinar cuánto apoyo posee realmente dentro de las instituciones, de la Guardia Revolucionaria y del entorno del líder supremo.
Por ahora, el cumplimiento de una de sus predicciones sobre la reorganización de la seguridad iraní ha elevado el interés sobre sus declaraciones, pero no confirma que exista una operación coordinada para hacerse con el control del Estado.
Lo que sí evidencia el episodio es una creciente pugna dentro de las élites de Teherán. En un régimen caracterizado históricamente por el hermetismo, que un familiar político del líder supremo hable abiertamente de movilizar seguidores, rodear ministerios y sustituir el actual modelo por un «verdadero Gobierno islámico» constituye una señal política difícil de ignorar.
Irán podría estar entrando en una nueva batalla por el poder, pero esta vez el desafío más visible no reclama menos teocracia: exige todavía más.


