Cuatro belugas y un delfín han muerto tras ser trasladados desde el antiguo Marineland de Ontario, cerrado en 2024. El caso reabre el debate sobre el traslado de cetáceos en cautividad.
El traslado que pretendía evitar un desenlace todavía peor ha terminado con la muerte de cinco cetáceos. Cuatro belugas y un delfín procedentes del antiguo parque acuático Marineland, en Ontario (Canadá), han fallecido después de ser trasladados a instalaciones de España y Estados Unidos.
Entre las víctimas se encuentran Jelly Bean, una beluga que murió en el Oceanogràfic de Valencia, y Echo, un delfín de unos 30 años que también falleció en el centro valenciano.
El caso pone de manifiesto la enorme complejidad que entraña trasladar animales de estas características, especialmente cuando presentan problemas de salud y deben adaptarse a un nuevo entorno y a nuevos grupos sociales.
Cinco muertes tras el cierre de Marineland
Marineland cerró sus instalaciones en 2024. En aquel momento, el parque albergaba alrededor de 30 belugas, además de otros cetáceos.
El futuro de los animales se convirtió en un problema especialmente complejo. Durante los meses posteriores al cierre se llegó a plantear incluso la posibilidad de sacrificar a las belugas, una opción que finalmente fue descartada por el Gobierno canadiense en enero de 2026.
La alternativa consistió en trasladar parte de los animales a otros acuarios y parques situados en otros países.
El objetivo era evitar su sacrificio, pero el proceso presentaba dificultades evidentes: los animales tenían antecedentes de problemas sanitarios, debían soportar viajes de varias horas y posteriormente tenían que adaptarse a instalaciones desconocidas.
El resultado conocido hasta ahora es especialmente preocupante: cinco de los cetáceos trasladados han muerto.
Dos de las muertes se produjeron en el Oceanogràfic de Valencia
El Oceanogràfic recibió en agosto a dos belugas y cuatro delfines procedentes de Ontario.
El traslado se realizó en un vuelo directo de aproximadamente siete horas, especialmente preparado para transportar a los animales.
El equipo valenciano había trabajado durante meses en Canadá antes del desplazamiento. Veterinarios y técnicos evaluaron individualmente a los cetáceos para determinar cuáles podían afrontar el viaje.
El propio Oceanogràfic había advertido de que se trataba de una operación especialmente compleja y que la seguridad y el bienestar de los animales debían marcar el ritmo del traslado.
Sin embargo, dos de los seis animales trasladados a Valencia no han sobrevivido.
Muere la beluga Jelly Bean apenas 20 días después de llegar
La primera muerte en el Oceanogràfic fue la de la beluga Jelly Bean, que falleció de forma repentina el 17 de septiembre.
Había llegado al centro valenciano apenas 20 días antes, acompañada de la beluga Cleopatra y de cuatro delfines.
Durante los últimos días de su vida, Jelly Bean comenzó a presentar problemas de alimentación. Los veterinarios intensificaron entonces la vigilancia y mantuvieron al animal bajo seguimiento permanente.
Según el Oceanogràfic, la beluga llegó a mostrar momentos de mejoría y una actitud receptiva hacia sus cuidadores.
No obstante, su estado empeoró y finalmente murió.
Las causas todavía no se han determinado de forma definitiva. Veterinarios del Oceanogràfic, profesionales de la Universidad CEU Cardenal Herrera y especialistas del Instituto de Medicina Legal de Valencia participan en la necropsia.
Por el momento, no se han hecho públicos los resultados definitivos.
También muere Echo, un delfín de unos 30 años
El segundo fallecimiento en Valencia fue el del delfín Echo, que murió durante la noche del 23 de septiembre.
El animal tenía alrededor de 30 años y presentaba, según fuentes del Oceanogràfic, graves problemas de visión y otras patologías clínicas.
Los delfines mulares tienen una esperanza de vida que puede situarse aproximadamente entre los 35 y los 50 años, aunque la longevidad depende de múltiples factores.
Tras llegar a Valencia, Echo comenzó a mostrar síntomas de que no se encontraba bien.
Su situación sanitaria ya era delicada antes del traslado, un elemento especialmente relevante para valorar las dificultades de una operación de estas características.
Cleopatra sobrevive y comienza a integrarse
La otra beluga trasladada a Valencia, Cleopatra, permanece con vida y, según la información facilitada por el Oceanogràfic, se encuentra en buenas condiciones.
El centro ha comenzado además un proceso progresivo de integración con otras belugas.
Primero se permitió que los animales pudieran escucharse sin verse. Posteriormente comenzaron a tener contacto visual y, esta semana, se abrieron las compuertas que los mantenían separados.
Cleopatra ha empezado a pasar las mañanas junto a Yulka, una beluga que llegó al Oceanogràfic en 2003, y Kylu, nacido en el centro valenciano en 2016.
La integración continuará progresivamente con Plombi y Miranda, otras dos belugas que fueron evacuadas en 2024 desde un delfinario situado en Járkov (Ucrania).
La importancia de la vida social de las belugas
La integración de Cleopatra tiene una importancia especial porque las belugas son animales sociales.
El Oceanogràfic está realizando el proceso de forma gradual para permitir que la nueva integrante se adapte al grupo.
La muerte de Jelly Bean añade además una incógnita. Los especialistas todavía no pueden determinar hasta qué punto la pérdida de su compañera puede afectar al comportamiento de Cleopatra.
Desde el centro explican que resulta complicado establecer cuál habría sido su comportamiento habitual porque todavía se encuentra en pleno proceso de adaptación.
Los tres delfines supervivientes trasladados desde Canadá también continúan adaptándose y permanecen, por el momento, separados de otros animales.
El precedente de las belugas de Járkov
La historia de los cetáceos procedentes de Canadá no es el primer caso en el que el Oceanogràfic participa en el traslado internacional de animales en circunstancias excepcionales.
En 2024, el centro valenciano evacuó desde Járkov a las belugas Plombi y Miranda.
Su traslado se produjo en el contexto de la guerra de Ucrania y de los ataques que afectaban a la ciudad y a las proximidades de las instalaciones donde vivían los animales.
Aquella operación y la realizada ahora desde Canadá tienen una característica común: la necesidad de trasladar cetáceos que se encontraban en circunstancias extraordinarias.
Sin embargo, cada animal presenta unas condiciones sanitarias y de adaptación diferentes.
FAADA cuestiona el traslado de los animales
La organización animalista FAADA ha criticado duramente la gestión de Marineland Canadá.
La entidad considera que el parque se desentendió del futuro de los animales después de décadas de explotación comercial y cuestiona que la solución haya consistido en trasladarlos a otros acuarios.
FAADA sostiene que las belugas procedían de condiciones de cautividad y con problemas de salud y considera que los riesgos del traslado no fueron suficientemente tenidos en cuenta.
Estas afirmaciones corresponden a la organización animalista y constituyen su valoración sobre la gestión del caso, no una conclusión veterinaria independiente sobre las causas concretas de las cinco muertes.
Los santuarios, la alternativa que plantea FAADA
Ante este tipo de situaciones, FAADA reclama que los gobiernos impulsen y financien santuarios para cetáceos.
La organización propone refugios situados en bahías acondicionadas específicamente para animales procedentes de instalaciones de cautividad.
Su argumento es que estos espacios permitirían mantener a los animales bajo supervisión especializada sin someterlos a la actividad comercial de los parques acuáticos.
La propuesta abre uno de los principales debates que rodean actualmente a los cetáceos mantenidos en cautividad: qué hacer con los animales que ya viven en instalaciones zoológicas cuando esos centros cierran o dejan de poder hacerse cargo de ellos.
Un problema que comenzó con el cierre de Marineland
El caso de las cinco muertes no puede analizarse únicamente a partir del momento de los fallecimientos.
Todo comenzó con el cierre de Marineland y con la necesidad de encontrar un destino para una población numerosa de belugas y otros animales.
La situación planteaba varias alternativas con diferentes riesgos:
- Mantener a los animales en las instalaciones cerradas, algo difícil si el parque deja de operar.
- Trasladarlos a otros acuarios, opción finalmente adoptada para algunos ejemplares.
- Crear instalaciones específicas o santuarios, una alternativa defendida por organizaciones animalistas.
- Contemplar la eutanasia, posibilidad que llegó a plantearse pero que finalmente fue descartada por las autoridades canadienses para las belugas.
El problema demuestra que cerrar un parque con cetáceos no resuelve automáticamente el destino de los animales.
La decisión posterior puede implicar operaciones veterinarias, logísticas y económicas de enorme complejidad.
Cinco animales muertos y muchas preguntas abiertas
Los fallecimientos de Jelly Bean, Echo, Osiris, Peekachu y Rain dejan un balance especialmente doloroso.
Tres de las belugas —Osiris, Peekachu y Rain— murieron en el Shedd Aquarium de Chicago, mientras que Jelly Bean y Echo fallecieron en Valencia.
Todavía existen preguntas pendientes sobre la contribución concreta de factores como el estado sanitario previo, el estrés del transporte, la adaptación a nuevos espacios, los cambios en los grupos sociales y las patologías que padecía cada animal.
En el caso de Jelly Bean, además, la necropsia continúa siendo determinante para esclarecer las causas de su muerte.
Mientras tanto, Cleopatra continúa adaptándose a su nueva vida en Valencia.
Su evolución será seguida de cerca por los veterinarios, especialmente después de la muerte de su compañera.
El caso de los cetáceos de Marineland deja así una cuestión difícil de resolver: cómo garantizar el bienestar de animales nacidos o mantenidos durante años en cautividad cuando la instalación que los albergaba deja de existir.
Y, sobre todo, qué solución debe adoptarse cuando las alternativas disponibles implican riesgos importantes para animales que ya presentan una salud delicada.


