Turquía, Israel e Irán aparecen como actores centrales en la pugna por la influencia regional, mientras China amplía su presencia y Estados Unidos afronta un escenario marcado por la incertidumbre.
¿Quién marcará las reglas en Oriente Próximo si Estados Unidos reduce su protagonismo? La pregunta vuelve a ocupar el centro del debate geopolítico mientras la región atraviesa una de sus etapas más inestables de las últimas décadas.
El historiador británico Simon Sebag Montefiore plantea en su nuevo libro, El hervidero. Historia de Oriente Próximo, 1900-2026, que el futuro de la región no puede entenderse únicamente desde la relación entre Washington, Israel y los países árabes. Su análisis sitúa en primer plano a Turquía, Israel e Irán, tres potencias con capacidades militares, culturales, económicas y tecnológicas muy diferentes.
El vacío de Estados Unidos abre una nueva disputa
Durante décadas, Estados Unidos ha sido una de las principales potencias externas con capacidad para intervenir militar y diplomáticamente en Oriente Próximo. Su presencia ha condicionado conflictos, alianzas y equilibrios de seguridad.
Pero el escenario actual es más complejo.
El análisis publicado por Montefiore parte de la percepción de un progresivo repliegue estadounidense y de una política exterior menos previsible, circunstancia que favorece una mayor autonomía de las potencias regionales.
Eso no significa que Estados Unidos haya desaparecido de Oriente Próximo. De hecho, su capacidad militar y diplomática continúa siendo relevante. El cambio reside en que otros actores disponen ahora de más margen para defender sus propios intereses.
La consecuencia es un sistema menos sencillo de interpretar: ya no basta con observar qué decide Washington para anticipar el comportamiento de toda la región.
Turquía busca recuperar una posición de potencia regional
Entre los países que aspiran a ampliar su influencia destaca Turquía.
Su posición geográfica constituye una ventaja estratégica: conecta Europa, Oriente Próximo, el Cáucaso y el mar Negro. Además, es miembro de la OTAN y dispone de unas Fuerzas Armadas de considerable dimensión.
El país ha desarrollado también una política exterior más autónoma durante los últimos años, combinando su pertenencia a la Alianza Atlántica con relaciones económicas y diplomáticas con actores como Rusia, Irán y los países del Golfo.
Para Montefiore, Turquía forma parte de las potencias que podrían desempeñar un papel decisivo en el nuevo equilibrio regional.
Su influencia, sin embargo, tiene límites. Ankara debe gestionar simultáneamente sus relaciones con Europa, Rusia, Estados Unidos y sus vecinos de Oriente Próximo.
Israel mantiene una capacidad militar excepcional, pero afronta profundas tensiones
Israel continúa siendo uno de los principales centros de poder militar y tecnológico de Oriente Próximo.
Su capacidad de inteligencia, defensa aérea, industria tecnológica y fuerza militar le proporciona una posición singular en la región.
Pero el poder militar no elimina los problemas internos ni los riesgos estratégicos.
El conflicto con Irán, la cuestión palestina, la situación en Líbano y las tensiones políticas internas han convertido la seguridad nacional en una cuestión permanente dentro de la política israelí.
Montefiore incorpora precisamente esa contradicción a su análisis: Israel dispone de una enorme capacidad militar, pero su posición regional está condicionada por conflictos que no tienen una solución sencilla.
La paradoja es evidente: cuanto mayor es la capacidad de Israel para proyectar fuerza, más importante resulta encontrar mecanismos políticos capaces de reducir los conflictos que alimentan la inestabilidad.
Irán conserva capacidad de influencia pese a sus vulnerabilidades
El tercer gran actor señalado por Montefiore es Irán.
La República Islámica ha construido durante décadas una extensa red de relaciones con grupos y organizaciones aliados en diferentes puntos de Oriente Próximo. Su influencia se extiende mucho más allá de sus fronteras.
Teherán también ha desarrollado capacidades militares y tecnológicas propias y ha mantenido una política exterior orientada a preservar su capacidad de disuasión frente a Israel y Estados Unidos.
Al mismo tiempo, Irán presenta importantes vulnerabilidades internas y económicas, además de encontrarse sometido a fuertes presiones internacionales.
Por ello, su papel regional no puede explicarse únicamente por su poder militar. La capacidad iraní para sostener alianzas, proyectar influencia y resistir presiones externas es igualmente determinante.
China observa y amplía su espacio de influencia
El nuevo tablero no se limita a las potencias regionales.
China ha incrementado su presencia económica y diplomática en Oriente Próximo, aprovechando especialmente sus relaciones comerciales y energéticas.
Su estrategia es diferente de la estadounidense. Pekín ha buscado durante años ampliar sus vínculos económicos con los países de la región y consolidar rutas comerciales relacionadas con su estrategia internacional.
Montefiore sitúa a China entre los actores que pueden beneficiarse de una transformación del equilibrio regional.
La cuestión fundamental es hasta dónde está dispuesto Pekín a convertir su peso económico en influencia política y estratégica.
Rusia pierde margen, pero no desaparece del tablero
El otro gran actor externo tradicional es Rusia.
La posición de Moscú en Oriente Próximo se ha visto afectada por sus propios problemas estratégicos y por el coste de mantener su capacidad de intervención internacional.
Montefiore considera que Rusia se encuentra en una posición más debilitada respecto a etapas anteriores.
Sin embargo, su influencia no puede descartarse completamente. Moscú mantiene intereses estratégicos en la región y relaciones históricas con diferentes gobiernos y actores.
El resultado es un sistema en el que Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia mientras las potencias regionales intentan aumentar su autonomía.
Arabia Saudí también reclama protagonismo
Cualquier análisis del futuro de Oriente Próximo debe incluir a Arabia Saudí.
La monarquía saudí combina una posición central en el mercado energético mundial con una enorme importancia religiosa por albergar La Meca y Medina.
Además, Riad ha tratado de diversificar su economía y reforzar su posición diplomática mediante relaciones simultáneas con Washington, Pekín y otras potencias.
Un análisis publicado por EL PAÍS en agosto de 2026 situaba a Arabia Saudí, Turquía y Pakistán entre los países que aspiran a aumentar su peso en el nuevo escenario regional, junto a los dos grandes rivales, Israel e Irán.
Esto demuestra que el futuro de Oriente Próximo difícilmente puede reducirse a una competición entre tres países.
El petróleo vuelve a demostrar la importancia estratégica del Golfo
La energía continúa siendo uno de los factores esenciales.
El estrecho de Ormuz, por donde circula una parte fundamental del petróleo y del gas comercializados internacionalmente, mantiene una importancia estratégica extraordinaria.
Datos publicados a comienzos de octubre de 2026 muestran una recuperación considerable del tráfico de petroleros por la zona. Según las estimaciones citadas por EL PAÍS, JP Morgan calculaba un tránsito de 17,5 millones de barriles diarios, equivalente al 98 % del nivel anterior al conflicto; otras estimaciones de Vortexa y Goldman Sachs ofrecían cifras diferentes.
Las discrepancias entre las mediciones reflejan precisamente la incertidumbre existente.
Mientras tanto, los riesgos para la navegación y el suministro energético continúan, lo que convierte cualquier escalada militar en un problema con consecuencias que trascienden Oriente Próximo.
Jerusalén sigue siendo el centro de una ecuación sin resolver
La cuestión israelí-palestina continúa siendo uno de los elementos centrales de la inestabilidad regional.
El problema no se limita al territorio. También involucra cuestiones religiosas, seguridad, reconocimiento internacional, desplazamientos de población y la relación entre diferentes potencias regionales.
Montefiore considera que algún avance hacia una convivencia entre israelíes y palestinos resulta esencial para la estabilidad regional, aunque los acontecimientos de los últimos años han hecho todavía más difícil alcanzar acuerdos duraderos.
La dimensión histórica resulta fundamental.
Precisamente ese es el propósito de El hervidero: explicar cómo los acontecimientos ocurridos desde comienzos del siglo XX contribuyeron a construir el Oriente Próximo actual. El libro recorre desde el final del periodo otomano hasta la presidencia de Donald Trump y aborda las transformaciones políticas, religiosas, sociales y militares de la región.
Un siglo de guerras explica el escenario actual
La principal aportación del libro de Montefiore consiste en evitar que los acontecimientos actuales aparezcan como fenómenos aislados.
La región actual es el resultado de más de un siglo de guerras, revoluciones, golpes de Estado, proyectos nacionalistas, intervenciones extranjeras y conflictos religiosos y territoriales.
La caída del Imperio otomano, la creación de nuevos Estados, el conflicto árabe-israelí, la revolución iraní, las guerras del Golfo, la Primavera Árabe y la expansión de diferentes movimientos islamistas forman parte de una cadena histórica que permite comprender mejor las tensiones actuales.
El propio Montefiore advierte de la dificultad de escribir historia mientras los acontecimientos continúan desarrollándose. Oriente Próximo ha demostrado repetidamente su capacidad para sorprender incluso a los especialistas.
¿Quién establecerá las reglas en Oriente Próximo?
La respuesta probablemente no será un único país.
El escenario que se dibuja es el de una distribución más fragmentada del poder, con diferentes Estados intentando imponer sus intereses en ámbitos concretos.
Turquía dispone de una posición geográfica privilegiada y capacidad militar.
Israel conserva una enorme ventaja tecnológica y militar.
Irán mantiene una importante red de influencia regional.
Arabia Saudí combina energía, recursos financieros e influencia religiosa.
China aumenta su presencia económica.
Estados Unidos mantiene capacidades militares y diplomáticas decisivas, aunque su papel futuro es objeto de debate.
Y Rusia intenta conservar espacios de influencia pese a sus limitaciones.
La región, por tanto, podría avanzar hacia un sistema en el que ninguna potencia controle por sí sola todas las variables.
El verdadero riesgo es un equilibrio basado en la fuerza
El nuevo escenario también plantea un problema de seguridad.
Cuando varias potencias regionales disponen simultáneamente de importantes capacidades militares, tecnología avanzada y alianzas internacionales, un error de cálculo puede desencadenar consecuencias mucho mayores que las inicialmente previstas.
La experiencia reciente demuestra que los conflictos locales pueden adquirir rápidamente una dimensión internacional.
Por eso, más que buscar simplemente quién será el próximo líder de Oriente Próximo, la cuestión central consiste en determinar qué reglas permitirán evitar que la competencia entre potencias termine convirtiéndose en una sucesión permanente de conflictos.
El libro de Simon Sebag Montefiore llega precisamente en un momento en el que esa pregunta vuelve a cobrar especial relevancia. El hervidero. Historia de Oriente Próximo, 1900-2026 se publica en España el 7 de octubre de 2026, con Editorial Crítica.
La historia de los últimos 125 años muestra que los equilibrios de Oriente Próximo pueden cambiar rápidamente. La incógnita ahora es si el próximo orden regional estará basado en una nueva arquitectura de seguridad o en una competición cada vez más abierta entre potencias.
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