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    Inteligencia Artificial

    Harvard clona a sus profesores con IA y abre un debate educativo

    octubre 19, 2026No hay comentarios15 minutos
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    La escuela de negocios de Harvard utiliza avatares digitales para entrenar a sus alumnos en situaciones empresariales reales. La innovación promete ampliar la formación, pero plantea dudas sobre el control docente, la propiedad intelectual y el futuro de la enseñanza.

    Harvard lleva los profesores virtuales a la formación empresarial

    La inteligencia artificial ya no se limita a corregir textos, resumir documentos o responder preguntas. Ahora también puede reproducir la imagen y la voz de un profesor para interactuar con sus alumnos en entornos educativos digitales. Harvard Business School ha dado un paso en esa dirección con HBS Foundry, una iniciativa que incorpora avatares generados mediante inteligencia artificial a determinados programas de formación.

    IAvatares — avatares con inteligencia artificial

    La propuesta busca que los estudiantes practiquen situaciones profesionales sin depender exclusivamente de las clases presenciales o de la disponibilidad de una persona real. Entre los ejercicios figuran las presentaciones ante inversores y las reuniones de consejo, escenarios en los que los participantes deben argumentar, responder a preguntas difíciles y defender sus decisiones.

    Los avatares se desarrollan con tecnología de HeyGen, una empresa especializada en crear vídeos y réplicas digitales mediante inteligencia artificial. El sistema permite simular interacciones y ofrecer oportunidades de práctica que, de otro modo, requerirían organizar sesiones específicas con profesores o profesionales.

    La iniciativa, recogida por El País el 19 de octubre de 2026, refleja una tendencia creciente en las universidades y las escuelas de negocios: aprovechar la IA para ampliar el acceso a la formación y personalizar los ejercicios.

    Pero la innovación también plantea una pregunta incómoda para una institución cuyo prestigio depende, en buena medida, de la calidad de sus profesores: ¿hasta qué punto puede automatizarse la enseñanza sin convertir la experiencia académica en una interacción estandarizada con una máquina?

    Qué puede hacer un avatar de un profesor de Harvard

    Un avatar educativo no es simplemente un vídeo grabado que se reproduce de principio a fin. Las herramientas de inteligencia artificial permiten generar una representación audiovisual del docente y utilizarla en experiencias interactivas, de modo que el alumno pueda practicar una conversación o recibir respuestas dentro de un ejercicio diseñado para ese fin.

    En el caso de HBS Foundry, el objetivo es desarrollar habilidades que dependen tanto de los conocimientos como de la capacidad para comunicarlos. Un estudiante puede, por ejemplo, ensayar cómo presentar una empresa ante posibles inversores, defender un plan de negocio o reaccionar a las objeciones de un consejo de administración.

    La tecnología permite repetir las simulaciones, modificar las respuestas y practicar sin la presión de una reunión real. También puede facilitar que los alumnos reciban oportunidades de entrenamiento más frecuentes.

    Entre las aplicaciones potenciales destacan:

    • Presentaciones ante inversores: practicar cómo explicar un proyecto y responder a preguntas sobre su viabilidad.
    • Reuniones de dirección: ensayar la defensa de una decisión empresarial ante interlocutores exigentes.
    • Negociaciones: preparar respuestas ante objeciones y situaciones de presión.
    • Comunicación ejecutiva: mejorar la claridad, la estructura de los argumentos y la capacidad de síntesis.
    • Aprendizaje repetido: volver sobre un ejercicio tantas veces como sea necesario, sin tener que coordinar cada sesión con un profesor.

    Estas posibilidades explican el interés de las escuelas de negocios. La IA puede ampliar las oportunidades de practicar y reducir las limitaciones de tiempo y disponibilidad que existen en los métodos tradicionales.

    Sin embargo, simular una conversación no equivale a sustituir el juicio de un profesor experimentado. Una réplica digital puede reproducir rasgos de comunicación y responder dentro de unos parámetros, pero eso no demuestra que posea la misma capacidad para interpretar una situación compleja, detectar matices o asumir la responsabilidad de una recomendación.

    HBS Foundry y la expansión de la enseñanza con inteligencia artificial

    Harvard Business School forma parte de un sector educativo que está explorando cómo integrar la IA en sus programas. La escuela busca utilizar estas herramientas para complementar la enseñanza y facilitar ejercicios prácticos, no simplemente para sustituir una explicación presencial por un vídeo sintético.

    La diferencia es importante. En un curso convencional, el profesor presenta conceptos, responde a preguntas, interpreta las intervenciones de los alumnos y adapta la clase a lo que sucede en el aula. En una simulación digital, buena parte de la experiencia depende del diseño del sistema, de sus instrucciones y de los contenidos con los que se ha construido.

    El modelo puede resultar útil cuando el objetivo está bien delimitado. Practicar una presentación comercial, preparar una entrevista o ensayar una negociación son actividades que admiten escenarios definidos y repetibles.

    El problema aparece cuando se pretende trasladar ese formato a materias en las que el aprendizaje depende de una discusión abierta, de la interpretación de hechos ambiguos o de la capacidad del profesor para cuestionar las premisas del alumno.

    La tecnología, por tanto, no elimina la necesidad de diseñar una buena formación. La calidad del resultado dependerá de los objetivos pedagógicos, los contenidos, la supervisión y la evaluación, además de las capacidades técnicas del avatar.

    El precedente de David Shrier y el avatar «Davatar»

    Harvard no es la única institución vinculada a este tipo de experimentos. El profesor David Shrier, del Imperial College de Londres, también ha desarrollado una réplica digital denominada Davatar, según la información publicada por El País.

    La iniciativa muestra que la creación de avatares docentes comienza a extenderse más allá de una sola universidad. Los profesores pueden utilizar estas herramientas para desarrollar experiencias formativas propias y controlar el contenido que ofrece su réplica digital.

    Ese control es esencial. Un avatar no debería presentar una respuesta generada por IA como si fuera necesariamente la opinión actual del docente. Tampoco debería atribuirle afirmaciones que nunca ha formulado o recomendaciones que no ha revisado.

    La representación digital de una persona plantea una cuestión de autoría: ¿quién responde cuando el sistema se equivoca? ¿El profesor cuya imagen aparece, la universidad que ofrece el curso o la empresa que proporciona la tecnología?

    La respuesta dependerá de cómo se haya diseñado el producto, de los contratos aplicables y de las responsabilidades asumidas por cada parte. La mera utilización de la imagen de un docente no demuestra que este haya revisado todas las respuestas que genera el sistema.

    Por ello, la supervisión y la identificación clara de los contenidos artificiales no deberían tratarse como detalles secundarios, sino como condiciones básicas de confianza.

    ¿Puede una réplica digital sustituir al profesor real?

    El atractivo económico de la tecnología es evidente. Un docente tiene una disponibilidad limitada: no puede mantener simultáneamente cientos de conversaciones individuales ni repetir una práctica personalizada a cualquier hora. Un avatar puede multiplicar las oportunidades de interacción y permitir que numerosos alumnos practiquen en paralelo.

    En un modelo de formación digital, esa capacidad puede facilitar la ampliación de la oferta sin aumentar proporcionalmente las horas de intervención humana. También puede ayudar a ofrecer ejercicios fuera del horario habitual y reducir las dificultades de coordinación.

    Pero la eficiencia no es el único criterio para valorar una actividad educativa.

    Un buen profesor no se limita a transmitir información. Detecta cuándo un alumno ha entendido mal un concepto, identifica contradicciones, exige pruebas y modifica sus explicaciones cuando observa que una idea no ha quedado clara. En una discusión compleja, también puede reconocer cuándo no sabe algo y rectificar.

    Un sistema de IA puede ayudar en determinadas tareas, pero no debe darse por hecho que reproduce todas esas capacidades. Las respuestas automatizadas pueden contener errores, presentar una conclusión con excesiva seguridad o interpretar mal la pregunta del estudiante.

    La conclusión es clara: los avatares pueden ampliar la práctica, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que sustituyen de manera general a la enseñanza humana. La utilidad debe evaluarse en función de cada materia, de los objetivos concretos y de resultados medibles.

    La eficacia educativa todavía necesita pruebas

    Uno de los puntos que exige mayor cautela es la evaluación de los resultados. La información publicada sobre estas iniciativas recoge indicios favorables: algunos participantes afirman sentirse mejor preparados y más seguros antes de afrontar situaciones profesionales reales.

    Esas impresiones pueden ser relevantes, pero no equivalen a una demostración definitiva de eficacia. Sentirse más confiado no garantiza que una persona argumente mejor, tome decisiones más acertadas o obtenga mejores resultados en una negociación.

    Para evaluar un programa de avatares docentes sería necesario comparar el aprendizaje de sus participantes con el de grupos que utilizan otros métodos, medir el rendimiento en situaciones reales y comprobar si las mejoras se mantienen con el tiempo.

    También habría que analizar qué ocurre con los estudiantes que tienen menos experiencia digital o que necesitan una interacción más personalizada. Una herramienta útil para un alumno puede resultar insuficiente para otro.

    Entre los indicadores que permitirían valorar estos programas figuran:

    1. La mejora de las habilidades antes y después de la formación.
    2. El rendimiento en ejercicios evaluados por personas independientes.
    3. La transferencia de lo aprendido a situaciones profesionales reales.
    4. La precisión de las respuestas generadas por el avatar.
    5. La satisfacción de los alumnos, diferenciada de los resultados objetivos.
    6. El coste total de la formación frente a las alternativas disponibles.

    Sin una evaluación de este tipo, las universidades corren el riesgo de confundir una experiencia tecnológica llamativa con una mejora educativa demostrada.

    El precio de la formación y el nuevo negocio de los avatares

    La creación de profesores digitales también tiene una dimensión económica. Las escuelas de negocios compiten en un mercado internacional de formación ejecutiva, cursos especializados y programas dirigidos a emprendedores y directivos.

    La automatización de ejercicios puede ayudar a ampliar el número de participantes y ofrecer experiencias más flexibles. A la vez, abre la puerta a nuevos productos educativos basados en suscripciones, programas intensivos o simulaciones personalizadas.

    The New York Times informó en agosto de 2026 sobre un programa de Harvard Business School impartido mediante clones de IA y comercializado por 699 dólares. Ese precio corresponde al programa descrito por el diario estadounidense y no debe confundirse con una tarifa universal de Harvard ni con el coste de todos sus cursos.

    El dato ilustra el potencial comercial de la enseñanza con avatares. Una institución puede combinar su marca, sus contenidos y la imagen de sus profesores con una tecnología que permite llegar a más usuarios.

    Sin embargo, el precio de un curso no demuestra por sí solo su rentabilidad ni la calidad del aprendizaje. Para valorar el modelo también hay que considerar los costes de desarrollo, las licencias, el mantenimiento, la revisión de respuestas, la protección de datos y la remuneración de los docentes.

    La cuestión de fondo es si la IA permitirá ofrecer formación más accesible y de calidad o si se utilizará principalmente para aumentar la escala comercial de productos que siguen dependiendo del prestigio de una institución y de sus profesores.

    Propiedad intelectual: ¿quién controla la versión digital del docente?

    La reproducción de la imagen, la voz y el estilo de una persona plantea cuestiones que van más allá de la tecnología. Un avatar puede incorporar materiales docentes, explicaciones, ejemplos y formas de comunicar desarrolladas durante años de trabajo académico.

    Por eso, resulta fundamental determinar quién autoriza la creación de la réplica, qué usos puede tener y quién controla las actualizaciones.

    El profesor debe conocer si su avatar se utilizará exclusivamente en un curso concreto o si podrá incorporarse a otros programas. También importa si la universidad puede modificarlo, si una empresa tecnológica puede reutilizar los materiales y qué sucede cuando termina la relación contractual.

    Las cuestiones que deberían quedar claras incluyen:

    • Consentimiento: autorización informada para utilizar imagen, voz y materiales.
    • Alcance: cursos, territorios, plataformas y duración de la licencia.
    • Control editorial: capacidad para revisar y corregir los contenidos generados.
    • Remuneración: condiciones económicas por el uso continuado de la réplica.
    • Retirada: procedimiento para suspender o eliminar el avatar cuando termine la autorización.
    • Responsabilidad: identificación de quién debe responder ante errores o usos indebidos.

    No debe suponerse que todos los profesores implicados en estos proyectos tienen las mismas condiciones ni que existe un único contrato aplicable. Precisamente por eso, la transparencia contractual es decisiva.

    Una réplica digital no debería convertirse en una herramienta que permita explotar indefinidamente el trabajo o la identidad de un docente sin un control efectivo sobre su utilización.

    Privacidad, errores y responsabilidad en el aula digital

    Las simulaciones interactivas pueden recoger información sobre las respuestas de los alumnos, sus dificultades, sus decisiones y su comportamiento durante los ejercicios. Si esos datos se almacenan o se utilizan para evaluar el rendimiento, la universidad debe explicar con claridad qué recoge, para qué lo utiliza y quién puede acceder a ellos.

    También es necesario examinar la información que se introduce en las plataformas. Las conversaciones de una simulación empresarial podrían incluir datos confidenciales de una empresa o información personal que no debería compartirse con proveedores externos sin las garantías adecuadas.

    Harvard reconoce en sus directrices sobre IA la importancia de la integridad académica, la seguridad de los datos, la propiedad intelectual y la supervisión del contenido generado. Su política para los estudiantes de MBA exige, además, respetar las reglas específicas de cada asignatura y no presentar como trabajo propio el contenido sustantivo producido por IA sin la correspondiente autorización y atribución.

    El uso de avatares docentes no elimina esos riesgos. Al contrario, exige definir con precisión quién controla el sistema y qué límites se aplican a sus respuestas.

    Un avatar puede ofrecer una explicación incorrecta o reproducir un sesgo presente en sus materiales. Si el alumno confía en la autoridad de la universidad, existe el peligro de que conceda a la respuesta automática más credibilidad de la que merece.

    La solución no pasa necesariamente por prohibir estas herramientas. Pasa por identificar claramente cuándo se está interactuando con una IA, revisar sus resultados y establecer mecanismos para comunicar errores.

    Qué puede cambiar en las universidades españolas

    La experiencia de Harvard también interpela a las universidades y escuelas de negocios españolas. La cuestión no consiste en copiar cualquier novedad estadounidense, sino en determinar qué problemas educativos puede resolver realmente la tecnología.

    En España, los avatares podrían utilizarse para practicar entrevistas laborales, simulaciones de juicios, conversaciones clínicas, negociación comercial o presentaciones profesionales. Su utilidad sería mayor cuando el estudiante necesita repetir una situación varias veces antes de enfrentarse a ella en un entorno real.

    Pero la adopción debería ir acompañada de objetivos concretos y evaluación independiente. Si una universidad incorpora avatares solo para presentarse como innovadora, sin demostrar que mejoran el aprendizaje, corre el riesgo de convertir la tecnología en una operación de imagen.

    También debe evitarse que la automatización sustituya indiscriminadamente las horas de atención humana. Los estudiantes no necesitan únicamente contenidos disponibles las 24 horas: necesitan orientación, corrección, exigencia intelectual y profesores capaces de detectar cuándo una respuesta aparentemente correcta oculta un razonamiento defectuoso.

    La pregunta para los responsables educativos no es si la IA puede utilizarse en las aulas. Es qué tareas conviene delegarle, cuáles deben permanecer bajo responsabilidad humana y cómo se demostrará que los alumnos aprenden mejor.

    La regulación avanza mientras la tecnología se extiende

    El desarrollo de avatares educativos coincide con un debate más amplio sobre la regulación de la inteligencia artificial. En la Unión Europea, el Reglamento de Inteligencia Artificial —Reglamento (UE) 2024/1689— establece obligaciones y límites para distintos usos de estos sistemas, con aplicación escalonada de sus disposiciones.

    No todos los avatares educativos quedan automáticamente sujetos a las mismas exigencias. Las obligaciones concretas dependen de la finalidad del sistema, sus características y el contexto en el que se utiliza. A ello se suman las normas de protección de datos, los derechos de imagen y las condiciones contractuales aplicables.

    En cualquier caso, las universidades no deberían tratar la responsabilidad como un asunto que pueda resolverse después del lanzamiento. Antes de poner una réplica digital a disposición de los alumnos, deben definir los límites de su funcionamiento, el tratamiento de los datos, la supervisión y los procedimientos de corrección.

    La rapidez de la innovación hace especialmente importante que los estudiantes sepan cuándo interactúan con una persona y cuándo lo hacen con una representación artificial. Esa transparencia no impide experimentar; permite hacerlo con reglas comprensibles.

    Harvard abre una nueva etapa, pero el profesor sigue siendo decisivo

    La utilización de avatares en Harvard demuestra que la inteligencia artificial puede asumir un papel cada vez más visible en la formación empresarial. La tecnología facilita prácticas repetibles, amplía la disponibilidad de los ejercicios y permite ensayar situaciones que requieren preparación antes de afrontarlas en la vida profesional.

    Sin embargo, la novedad tecnológica no constituye por sí misma una garantía de calidad. La eficacia educativa, la protección de los datos, el consentimiento de los profesores y la responsabilidad ante los errores deben formar parte de la evaluación de estos proyectos.

    El verdadero desafío para Harvard y para el resto de las universidades consiste en aprovechar la automatización sin confundir una réplica convincente con una autoridad académica infalible. La IA puede multiplicar las oportunidades de practicar, pero la calidad de la enseñanza debe medirse por lo que aprende el alumno, no por lo realista que parezca el avatar.

    La pregunta final es inevitable: ¿utilizarán las universidades estos sistemas para reforzar el trabajo de los profesores o para reducir progresivamente el contacto humano en la educación? La respuesta dependerá menos de la tecnología que de las decisiones pedagógicas, económicas y éticas que adopten las propias instituciones.

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