Un 21% de los españoles reconoce poca o ninguna satisfacción sexual con su pareja, según el CIS. La ciencia explica el fenómeno y señala caminos concretos para revertirlo.
Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 14,2% de los españoles se declara «poco satisfecho» y el 6,9% «nada satisfecho» con su vida sexual actual, mientras un 4% directamente reconoce no tener vida sexual en este momento. La cifra, extraída del estudio Relaciones sexuales y de pareja (enero de 2025), retrata un fenómeno que psicólogos y sexólogos identifican con nombre propio: la erosión del deseo por la rutina. No es un problema menor ni pasajero — condiciona, según distintos indicadores demográficos, la estabilidad de miles de hogares españoles cada año.
La sexualidad de pareja ocupa un lugar central en cómo los españoles entienden su bienestar. Según el CIS, el 33,4% de los encuestados considera «muy importante» tener relaciones sexuales para llevar una vida satisfactoria, y un 43,5% adicional la valora como «bastante importante». Es decir, casi ocho de cada diez españoles sitúan la vida sexual entre los pilares de su bienestar personal.
Sin embargo, esa importancia declarada convive con un desgaste real. El propio estudio del CIS, realizado sobre una muestra de 3.856 personas entre el 22 y el 30 de enero de 2025, revela que solo un 30,5% se declara «muy satisfecho» con su vida sexual actual, frente al 42,8% que se conforma con estar «bastante satisfecho». La brecha entre la importancia otorgada al sexo y la satisfacción real con él es precisamente el síntoma que preocupa a terapeutas de pareja.
El trasfondo social de este desgaste tiene, además, una traducción estadística contundente. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2024 se registraron 82.991 divorcios en España, un 8,2% más que el año anterior, con una duración media del matrimonio disuelto de 16,4 años. Casi un tercio de esas rupturas correspondió a parejas con más de veinte años de convivencia — el tramo en el que, según los especialistas, el desgaste del deseo suele hacerse más evidente.

LA CIENCIA DEL DESEO: POR QUÉ LA RUTINA LO APAGA
El mecanismo detrás de este declive ha sido objeto de un trabajo académico reciente y de referencia. Según el artículo de Gurit Birnbaum y Amy Muise, publicado en 2025 en Nature Reviews Psychology, el deseo sexual funciona como un auténtico termómetro de la calidad del vínculo afectivo: las primeras etapas de una relación se caracterizan por una atracción intensa que, con el tiempo, tiende a disminuir a medida que crece la familiaridad entre los miembros de la pareja.
Las autoras señalan que esta pérdida de intensidad se relaciona directamente con la desaparición de la novedad y con la instalación de la rutina sexual, un fenómeno al que en el caso de las mujeres se suman factores sociales adicionales, como la carga de las responsabilidades domésticas o de crianza. Cuanto más se conoce a la pareja, menos sorprende — y esa previsibilidad, aunque aporta seguridad, resta intensidad al deseo.
La terapeuta belga-estadounidense Esther Perel, una de las voces más citadas internacionalmente en este campo, ha popularizado una idea que sintetiza bien la tensión de fondo: el deseo erótico duradero se sostiene sobre dos necesidades en conflicto, la seguridad que ofrece la estabilidad de la relación y la sorpresa que exige la atracción. Cuando una pareja construye una convivencia centrada exclusivamente en la primera —rutinas, previsibilidad, roles fijos— corre el riesgo de asfixiar la segunda.
QUÉ ESTÁ EN JUEGO: EL COSTE SOCIAL DE LA DESCONEXIÓN
Este declive del deseo no es un asunto exclusivamente privado. Las estadísticas de nupcialidad y divorcio de las últimas décadas muestran una tendencia hacia uniones menos formalizadas y más frágiles a largo plazo, y el desgaste de la intimidad —sexual y emocional— aparece de forma recurrente entre los factores que los especialistas asocian a la ruptura.
La cifra del INE resulta especialmente reveladora en este sentido: los matrimonios de más de veinte años representan una parte significativa de los divorcios registrados en España en 2024, lo que desmonta la idea de que la crisis de pareja es cosa exclusiva de los primeros años de convivencia. Al contrario, parece intensificarse precisamente cuando la rutina lleva más tiempo instalada.
Para El Vértice, este dato importa porque toca uno de los pilares que sostienen la cohesión social: la estabilidad familiar. Una pareja que logra sostener su vínculo a largo plazo no solo protege su propio bienestar, sino que ofrece un entorno de mayor estabilidad a los hijos y reduce la carga que la ruptura familiar termina trasladando, en última instancia, al conjunto de la sociedad.
CÓMO RECUPERAR LA INTIMIDAD: LO QUE RECOMIENDA LA EVIDENCIA
A partir de la literatura científica y clínica disponible, los especialistas coinciden en varias líneas de actuación concretas para revertir el desgaste del deseo:
- Reintroducir la novedad de forma deliberada. Actividades compartidas nuevas —no necesariamente vinculadas al sexo— reactivan los mismos circuitos de atracción que operaban al inicio de la relación.
- Separar tiempo de calidad del tiempo de gestión doméstica. Cuando toda la interacción de la pareja gira en torno a tareas y logística, el vínculo pierde el espacio emocional necesario para el deseo.
- Hablar explícitamente del deseo, no solo del conflicto. La comunicación de pareja suele activarse solo ante problemas; nombrar también lo que atrae o lo que se echa en falta es, según los terapeutas, igual de necesario.
- Cuidar la autonomía individual dentro de la relación. Mantener intereses, amistades y proyectos propios preserva el atractivo mutuo mejor que la fusión total de las agendas.
- Buscar apoyo profesional a tiempo. Acudir a terapia de pareja no es, contra lo que sugiere el estigma, una señal de fracaso, sino una herramienta preventiva cada vez más utilizada antes de que la desconexión se vuelva irreversible.
LA OPINIÓN DE EL VÉRTICE
La intimidad de pareja no es un asunto menor ni un lujo sentimental: es uno de los cimientos silenciosos sobre los que se sostiene la familia, y con ella, buena parte de la cohesión social. Los datos del CIS y del INE dibujan un país donde el deseo declina con la rutina y donde ese declive termina, con demasiada frecuencia, en la ruptura de proyectos de vida construidos durante décadas.
Frente a esa tendencia, la respuesta no puede ser la resignación ni la sustitución de la pareja como si fuera un producto de consumo desechable. La ciencia es clara: el deseo se puede cultivar con intención y trabajo conjunto. Invertir en el vínculo de pareja —con tiempo, comunicación y, cuando haga falta, acompañamiento profesional— no es solo una cuestión privada. Es, también, una forma de cuidar los cimientos de la sociedad. ¿Está dispuesta España a tomarse en serio esa inversión?


