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    Ciberseguridad

    Ucrania golpea los centros de datos y deja al descubierto la fragilidad digital

    octubre 14, 2026No hay comentarios16 minutos
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    Los ataques contra instalaciones de Yandex y Amazon Web Services han provocado interrupciones digitales y pérdidas de información. La guerra ya amenaza los servidores de los que dependen empresas y ciudadanos.

    La guerra moderna ya no se libra únicamente en el frente, en las carreteras estratégicas o alrededor de las instalaciones militares. También golpea las infraestructuras que mantienen conectada la economía digital. Los centros de datos se han convertido en objetivos estratégicos, y su destrucción puede dejar fuera de servicio aplicaciones, sistemas de pago y servicios empresariales que utilizan millones de personas.

    IAvatares — avatares con inteligencia artificial

    Los ataques ucranianos contra instalaciones de Yandex en Rusia han provocado interrupciones en servicios como Yandex Taxi y Yandex Pay. Meses antes, los bombardeos iraníes contra centros de datos comerciales de Amazon Web Services (AWS) en Emiratos Árabes Unidos y Bahréin afectaron a servicios en la nube y dejaron parte de los datos almacenados irrecuperables, según la información publicada por EL PAÍS.

    El alcance de estos ataques va mucho más allá de las instalaciones destruidas. La dependencia de servidores remotos significa que un daño físico localizado puede repercutir en empresas, usuarios y sistemas financieros situados a miles de kilómetros.

    La controversia también ha alcanzado al terreno de la propaganda digital. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, aseguró que los ataques habían desactivado bots rusos, pero esa afirmación requiere matices: una caída del tráfico automatizado de Yandex no demuestra por sí sola que hayan desaparecido las cuentas falsas o las redes de influencia política.

    Ucrania ataca los centros de datos de Yandex en Rusia

    La ofensiva ucraniana contra la infraestructura digital rusa ha puesto el foco en Yandex, uno de los principales grupos tecnológicos del país, conocido por sus servicios de búsqueda, mapas, transporte, pagos y computación en la nube.

    Según la información publicada el 14 de octubre, los drones ucranianos atacaron tres centros de datos vinculados a la compañía durante varios días. Las instalaciones afectadas se encontraban en territorio ruso, en el entorno de Moscú y otras regiones próximas, de acuerdo con las informaciones difundidas sobre la operación.

    Las consecuencias se hicieron visibles en servicios utilizados por ciudadanos y empresas. Yandex Taxi y Yandex Pay sufrieron interrupciones temporales, mientras que otras prestaciones digitales se vieron afectadas por la inestabilidad de la infraestructura.

    El episodio evidencia una vulnerabilidad fundamental: aunque los usuarios accedan a una aplicación desde su teléfono, buena parte de sus funciones depende de ordenadores instalados en edificios concretos, conectados a redes eléctricas y de comunicaciones.

    Cuando esos edificios quedan inutilizados, la interrupción puede extenderse a servicios que no han sufrido daños físicos directos. El resultado depende de dónde estén alojados los datos, cómo se distribuya la carga de trabajo y si existen instalaciones alternativas preparadas para asumir la actividad.

    La dimensión militar del ataque es evidente, pero sus efectos civiles también deben tenerse en cuenta. Una infraestructura tecnológica puede prestar servicios a organismos estatales, empresas privadas y ciudadanos al mismo tiempo, lo que obliga a distinguir entre su posible utilidad militar y las consecuencias que su destrucción puede tener para la población.

    ¿Han desaparecido los bots rusos tras los bombardeos?

    Uno de los efectos más llamativos atribuidos a los ataques ha sido una supuesta caída de la actividad de los bots rusos en internet.

    Zelenski afirmó que los bombardeos habían contribuido a desactivar redes automatizadas vinculadas a la propaganda rusa. La posibilidad resulta relevante en un conflicto en el que la difusión de mensajes, la manipulación de conversaciones públicas y las campañas coordinadas en redes sociales forman parte de la disputa informativa.

    Sin embargo, no existe base suficiente para concluir que los bombardeos hayan eliminado las redes de desinformación rusas.

    Una parte de la información difundida sobre el descenso de actividad se apoya en datos de tráfico automatizado relacionado con Yandex. Pero esos registros pueden incluir rastreadores de buscadores y otras herramientas legítimas, además de cualquier actividad potencialmente maliciosa.

    Por tanto, una caída en las peticiones automatizadas no equivale necesariamente a una reducción equivalente de los bots que publican mensajes en redes sociales, ni permite determinar por sí sola quién los controla o con qué finalidad.

    La diferencia es importante. Para acreditar que una red de propaganda ha sido desactivada habría que analizar cuentas, patrones de publicación, infraestructura de control y otros indicios que permitan relacionar la actividad con operadores concretos.

    El golpe contra los servidores puede haber interrumpido parte de la infraestructura digital rusa, pero la magnitud del efecto sobre las operaciones de influencia sigue siendo una cuestión distinta y necesita verificación independiente.

    Rusia también ha atacado infraestructuras digitales ucranianas

    Los ataques contra centros de datos no constituyen una táctica exclusiva de Ucrania. Kiev lleva denunciando desde marzo bombardeos rusos contra instalaciones digitales ucranianas.

    La lógica militar es similar: perjudicar los sistemas que permiten mantener en funcionamiento servicios esenciales, comunicaciones y operaciones económicas. La infraestructura informática puede resultar estratégica cuando sostiene actividades relacionadas con la administración, la logística o la capacidad operativa de un Estado.

    La guerra ha demostrado que el daño a una instalación tecnológica puede extenderse mucho más allá de su ubicación. Un centro de datos puede alojar servicios de múltiples clientes y sostener aplicaciones que utilizan organizaciones distintas.

    Por eso, el efecto de un ataque no se mide únicamente por el coste de reparar el edificio o sustituir los servidores. También importa cuánto tiempo permanecen interrumpidos los servicios, qué información se pierde y qué capacidad tienen los clientes para trasladar sus operaciones a otras instalaciones.

    La infraestructura digital se ha convertido así en una pieza de la resistencia económica y administrativa de los países en guerra. Mantenerla operativa puede ser tan importante para determinadas actividades como proteger carreteras, redes eléctricas o centros logísticos.

    Irán golpeó centros de datos de Amazon Web Services en el Golfo

    El caso de Yandex tiene un precedente especialmente significativo. El 28 de febrero de 2026, después de los bombardeos de Estados Unidos e Israel que desencadenaron la guerra con Irán, Teherán atacó con drones tres centros de datos comerciales de Amazon Web Services situados en Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, según la información publicada por EL PAÍS.

    Los ataques provocaron interrupciones en servicios en la nube y afectaron a sistemas de pago de la región. Las repercusiones también llegaron a otras zonas de la infraestructura tecnológica de AWS, incluidas áreas de disponibilidad utilizadas por clientes de América y de la costa este de Estados Unidos.

    Entre los servicios que experimentaron dificultades se encontraban plataformas empresariales como Snowflake y Claude, de Anthropic, además de algunas aplicaciones financieras.

    El episodio mostró que una instalación localizada en Oriente Medio puede tener consecuencias para organizaciones situadas en otros continentes. La distancia geográfica no garantiza que los usuarios estén a salvo de una interrupción tecnológica causada por un conflicto armado.

    Además, el impacto no se limitó a la disponibilidad temporal de las aplicaciones. Según la información publicada, parte de los datos almacenados exclusivamente en las instalaciones afectadas no pudo recuperarse.

    La pérdida definitiva de información es una de las consecuencias más graves de estos ataques. Mientras que una aplicación puede volver a funcionar cuando se restablece el servicio o se trasladan sus operaciones, los archivos que no tienen copias recuperables pueden desaparecer de forma permanente.

    La nube no es invisible: depende de edificios, electricidad y servidores

    La expresión «computación en la nube» puede transmitir la idea de que los archivos y las aplicaciones están en un espacio virtual sin ubicación física. La realidad es muy distinta.

    La nube se apoya en centros de datos llenos de servidores, sistemas de almacenamiento, equipos de comunicaciones y mecanismos de refrigeración. Estas instalaciones requieren grandes cantidades de energía y una infraestructura técnica compleja para funcionar de manera continua.

    Cuando una persona guarda fotografías, documentos o copias de seguridad en internet, la información se almacena en sistemas físicos gestionados por un proveedor. La ubicación concreta depende del servicio contratado, de la configuración de la cuenta y de las condiciones técnicas aplicables.

    Lo mismo ocurre con las aplicaciones. Muchas no procesan todas las operaciones en el teléfono del usuario, sino que envían solicitudes a servidores remotos que ejecutan programas y devuelven los resultados.

    Esta arquitectura permite acceder a servicios desde distintos dispositivos, compartir recursos y ampliar la capacidad informática sin que cada empresa tenga que construir su propio centro de datos. Pero también crea dependencias.

    Si una instalación pierde la alimentación eléctrica, sufre daños físicos o queda aislada de las redes de comunicación, los servicios que dependen de ella pueden dejar de funcionar. La gravedad del impacto depende de las medidas de redundancia y recuperación que se hayan previsto.

    La guerra está poniendo de manifiesto una paradoja de la economía digital: la nube facilita el acceso a los datos, pero no elimina los riesgos físicos de almacenarlos.

    Los centros de datos también sostienen el desarrollo de la inteligencia artificial

    La importancia estratégica de estas instalaciones ha aumentado con la expansión de la inteligencia artificial.

    Además de almacenar archivos y ejecutar aplicaciones, los centros de datos modernos entrenan y sirven modelos de IA. Estas tareas requieren procesadores especializados, sistemas de almacenamiento de alto rendimiento y un suministro energético considerable.

    La destrucción de una instalación puede afectar, por tanto, a más de un servicio. Puede interrumpir aplicaciones comerciales, operaciones empresariales y cargas de trabajo de inteligencia artificial que dependen de esos equipos.

    La creciente demanda de capacidad de cálculo ha elevado el valor económico de los centros de datos. Construirlos requiere inversiones cuantiosas y disponer de componentes especializados, redes de comunicaciones y sistemas de refrigeración.

    Eso los convierte en activos sensibles para las empresas y en posibles objetivos para quienes buscan debilitar la infraestructura tecnológica de un adversario.

    Pero el valor militar de una instalación no puede determinarse únicamente por su tamaño o por el hecho de que ejecute modelos de inteligencia artificial. Es necesario conocer qué funciones cumple y qué relación guarda con las operaciones militares.

    El uso de la IA en ámbitos civiles, comerciales y de defensa hace que las infraestructuras tecnológicas puedan tener aplicaciones diversas. Esa combinación aumenta su importancia estratégica, pero también exige analizar con cuidado las consecuencias de cualquier ataque.

    Amazon, Microsoft y Google: el negocio de la nube, bajo presión

    El mercado de los servicios de computación en la nube está dominado por grandes proveedores internacionales. Según los datos de Synergy Research Group citados por EL PAÍS, AWS contaba con el 28 % del mercado mundial, seguido de Azure, de Microsoft, con el 21 %, y Google Cloud, con el 14 %.

    Estas cifras reflejan la concentración de una parte importante de la infraestructura digital en un reducido grupo de compañías.

    Para las empresas que contratan sus servicios, esa concentración ofrece ventajas: pueden acceder a capacidad informática, almacenamiento y herramientas especializadas sin construir instalaciones propias. También facilita desplegar aplicaciones en distintas regiones y ajustar los recursos a la demanda.

    Sin embargo, depender de una infraestructura compartida puede generar riesgos cuando una región sufre una interrupción grave. Si una empresa concentra todos sus datos y operaciones en una sola ubicación, un incidente puede paralizar su actividad.

    La cuestión no es que los grandes proveedores carezcan de sistemas de protección, sino que ninguna arquitectura puede garantizar la recuperación de todos los datos si las copias y los sistemas alternativos no están disponibles o resultan afectados al mismo tiempo.

    El coste de reforzar esa protección tampoco es irrelevante. Mantener copias en otras regiones, replicar bases de datos y preparar sistemas alternativos requiere inversión y planificación.

    Para las grandes organizaciones, el gasto puede formar parte de su estrategia de continuidad de negocio. Para empresas pequeñas, el coste adicional puede resultar más difícil de asumir, aunque las consecuencias de perder la información sean igualmente graves.

    ¿Por qué no basta con tener varios centros de datos?

    Los grandes proveedores suelen distribuir sus instalaciones en diferentes centros y zonas de disponibilidad. El objetivo es que una avería localizada no interrumpa toda la actividad.

    En determinadas arquitecturas, los datos se replican en varias instalaciones para que una segunda pueda continuar el servicio si la primera deja de funcionar. También pueden existir copias de seguridad que permitan recuperar información anterior a un incidente.

    Pero hay una diferencia entre contar con varias instalaciones y tener una estrategia capaz de resistir un ataque coordinado.

    Si varios centros próximos sufren daños al mismo tiempo, la redundancia geográfica puede resultar insuficiente. Y si los datos se replican automáticamente entre instalaciones, un error o una acción maliciosa puede propagarse a las copias, dependiendo de cómo esté configurado el sistema.

    La protección exige combinar diferentes medidas:

    • Replicación geográfica: mantener datos y servicios en regiones separadas, cuando sea posible.
    • Copias de seguridad independientes: conservar versiones recuperables que no dependan de la misma infraestructura operativa.
    • Pruebas de recuperación: comprobar periódicamente que los datos pueden restaurarse y que los sistemas alternativos funcionan.
    • Planes de continuidad: definir cómo se mantendrá la actividad si una instalación o región queda fuera de servicio.
    • Evaluación de riesgos: valorar qué información es crítica, cuánto tiempo puede permanecer inaccesible y qué pérdida de datos resulta asumible.

    Amazon Web Services recomienda replicar las cargas de trabajo críticas en otras instalaciones o regiones. La decisión de asumir el coste de esa protección corresponde, en última instancia, al cliente y a los requisitos de su actividad.

    La lección es clara: contratar almacenamiento en la nube no equivale automáticamente a disponer de una copia de seguridad independiente. Las empresas deben comprobar qué protección incluye cada servicio y qué medidas adicionales necesitan.

    La pérdida irreversible de datos: el riesgo más grave

    La caída de una aplicación suele llamar la atención porque afecta inmediatamente a los usuarios. Sin embargo, la pérdida definitiva de datos puede ser todavía más dañina.

    Cuando una empresa pierde archivos que no existen en ninguna otra ubicación, la recuperación puede ser imposible. Esto puede afectar a documentación, registros empresariales, información financiera y otros activos digitales esenciales.

    En el caso de los centros de datos de AWS atacados por Irán, la compañía instó a sus clientes a trasladar la información a otras regiones. Según la información publicada por EL PAÍS, la mayoría de los clientes afectados consiguió restablecer sus operaciones utilizando copias de seguridad.

    No todos tuvieron la misma suerte. La empresa informó en septiembre de que parte de los datos no podía recuperarse, después de meses de trabajo. AWS no hizo públicos los nombres de las compañías afectadas.

    Las informaciones apuntaban a empresas de Oriente Medio y a posibles entidades bancarias o de medios de pago, debido a las interrupciones que se produjeron en los sistemas financieros. No obstante, la identidad de los clientes y el alcance total de las pérdidas no se han divulgado públicamente.

    Este caso demuestra que la recuperación no depende solo de la capacidad técnica del proveedor. También depende de las decisiones previas del cliente: dónde almacena la información, cuántas copias mantiene y si esas copias están protegidas frente a una destrucción simultánea.

    ¿Son los centros de datos objetivos militares legítimos?

    Los ataques plantean una cuestión jurídica compleja: ¿cuándo puede una infraestructura tecnológica civil convertirse en un objetivo militar conforme al derecho internacional humanitario?

    La respuesta no depende únicamente de que una instalación pertenezca a una empresa privada o preste servicios a usuarios civiles. El análisis exige examinar su función concreta y su contribución a la actividad militar, así como la ventaja militar que se espera obtener del ataque.

    El derecho internacional humanitario establece principios como la distinción entre objetivos militares y bienes civiles, la proporcionalidad y la obligación de adoptar precauciones para reducir los daños a la población civil.

    Por tanto, que un centro de datos pueda prestar apoyo a operaciones militares no significa que cualquier ataque contra él sea automáticamente lícito. La evaluación depende de las circunstancias concretas, del uso de la instalación y de los efectos previsibles sobre la población y los servicios civiles.

    El coronel Ángel Gómez de Ágreda, citado por EL PAÍS, considera que los centros de datos pueden ocupar una posición relevante entre los objetivos militares cuando prestan apoyo a operaciones de defensa. Esa valoración experta no sustituye el análisis jurídico que corresponde hacer en cada caso.

    Además, los daños pueden alcanzar servicios de los que dependen hospitales, sistemas de pago, empresas y ciudadanos ajenos al conflicto. La posible utilidad militar de una instalación no elimina la necesidad de evaluar esos efectos.

    La expansión de la guerra hacia las infraestructuras digitales hace cada vez más importante determinar qué funciones cumple cada instalación y qué consecuencias puede tener su destrucción.

    Qué significa esta nueva vulnerabilidad para empresas y ciudadanos

    Los ataques contra Yandex y AWS muestran que los conflictos armados pueden tener repercusiones digitales más allá de las fronteras del país atacado.

    Para las empresas, la prioridad consiste en identificar los sistemas cuya interrupción tendría consecuencias graves y evitar que toda la actividad dependa de una única instalación o región.

    Para los ciudadanos, la principal lección es comprender que almacenar archivos en la nube no elimina la necesidad de mantener copias de seguridad de la información importante. Fotografías, documentos personales y archivos de trabajo pueden conservarse también en dispositivos propios u otros sistemas independientes, siempre que estén protegidos adecuadamente.

    No todas las personas necesitan replicar información en varios países. La estrategia razonable depende del valor de los datos, de su importancia y del coste que tendría perderlos.

    En el caso de las organizaciones, la planificación debe ser más rigurosa cuando se trata de sistemas financieros, servicios esenciales o información cuya pérdida pueda comprometer la continuidad del negocio.

    La seguridad digital ya no consiste exclusivamente en impedir accesos no autorizados o defenderse de programas maliciosos. También requiere prepararse para daños físicos, interrupciones eléctricas, cortes de comunicaciones y destrucción de instalaciones.

    La guerra del futuro también se libra en los servidores

    Los ataques contra centros de datos representan una evolución importante en la forma de entender la infraestructura estratégica. Las redes digitales sostienen una parte creciente de la economía y de la administración pública, y su interrupción puede producir efectos que atraviesan fronteras.

    Ucrania ha golpeado instalaciones de Yandex; Rusia lleva atacando infraestructuras digitales ucranianas, según las denuncias de Kiev; e Irán ha destruido centros de datos comerciales de AWS en el Golfo. Los tres escenarios muestran que la infraestructura informática se ha convertido en un elemento relevante de la guerra contemporánea.

    La caída de aplicaciones y los problemas de conectividad son solo la parte más visible. La pérdida irreversible de datos, la interrupción de servicios financieros y la dependencia de unos pocos proveedores tecnológicos pueden tener consecuencias mucho más duraderas.

    La afirmación de que los bombardeos han eliminado bots rusos sigue necesitando pruebas independientes. Lo que sí deja claro esta sucesión de ataques es que los servidores no son una abstracción: ocupan edificios concretos, necesitan electricidad y pueden sufrir daños físicos.

    La economía digital ha construido una parte importante de su crecimiento sobre la promesa de disponibilidad permanente. Los conflictos actuales recuerdan que esa promesa depende de inversiones, copias de seguridad, infraestructuras alternativas y decisiones empresariales que no siempre resultan visibles para el usuario.

    La pregunta ya no es solo qué aplicaciones pueden dejar de funcionar durante una guerra, sino qué ocurre cuando desaparecen los datos de los que dependen empresas, instituciones y ciudadanos.

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