Cinco de las seis grandes desalinizadoras de Israel quedaron afectadas por una proliferación de algas mientras Gaza vierte decenas de miles de metros cúbicos de aguas residuales al Mediterráneo.
La guerra de Gaza está generando una consecuencia ambiental que trasciende sus fronteras. La destrucción de las infraestructuras de saneamiento en Gaza y el vertido masivo de aguas residuales están siendo relacionados por expertos con una proliferación de microalgas que ha afectado a las plantas desalinizadoras israelíes.
El episodio demuestra hasta qué punto una guerra puede convertir la destrucción de infraestructuras básicas en un problema regional. El agua no entiende de fronteras, y el deterioro del sistema de saneamiento de Gaza está teniendo consecuencias sobre el Mediterráneo y, potencialmente, sobre la seguridad hídrica israelí.
Pero hay que introducir un matiz esencial: los expertos citados no presentan el vertido de Gaza como la única causa demostrada del fenómeno de algas. Lo consideran un factor que puede alimentar o intensificar unas condiciones ambientales que han terminado afectando a la desalación israelí.
Cinco desalinizadoras israelíes afectadas por las algas
A finales de agosto se produjo un episodio excepcional en la costa mediterránea israelí.
Una proliferación de algas marinas y un incremento extraordinario de la turbidez del agua obligaron a cerrar temporalmente o reducir la actividad de cinco de las seis principales plantas desalinizadoras de Israel. El Knéset confirmó que el episodio provocó una crisis sin precedentes para el sistema hídrico del país.
La situación obligó a las autoridades a pedir a la población un uso más prudente del agua y provocó restricciones que afectaron especialmente al sector agrícola.
El problema no fue únicamente la existencia de algas. La concentración de materia biológica dificultó el funcionamiento de los sistemas de captación y filtrado utilizados por las plantas de desalación.
Según The Guardian, una masa de microalgas llegó a extenderse aproximadamente 100 kilómetros a lo largo del Mediterráneo.
¿Qué tiene que ver Gaza con la crisis del agua israelí?
Aquí aparece la parte más delicada de la historia.
Los expertos consultados por The Guardian sostienen que el colapso del tratamiento de aguas residuales en Gaza puede estar contribuyendo a las condiciones que favorecen estas proliferaciones de algas.
Las aguas residuales contienen nutrientes como nitrógeno y fósforo. Cuando grandes cantidades de estos compuestos llegan al mar sin tratamiento, pueden favorecer el crecimiento de determinadas algas y cianobacterias.
La organización medioambiental israelí Zalul ha advertido de que la contaminación procedente de Gaza puede estar agravando los problemas que afectan a las instalaciones de desalación del sur de Israel.
El profesor Jack Gilron, experto en desalación de la Universidad Ben-Gurión, ha señalado que la descarga de aguas residuales desde Gaza incrementa los riesgos para las infraestructuras israelíes de producción de agua.
La clave periodística está en distinguir entre relación ambiental y causalidad exclusiva: existe una conexión plausible y respaldada por especialistas, pero el episodio de algas también está relacionado con condiciones marinas excepcionales y con la vulnerabilidad propia del sistema de desalación.
Gaza: cinco plantas de tratamiento fuera de servicio
Mientras Israel afrontaba la crisis de sus desalinizadoras, la situación en Gaza era mucho más grave.
Según datos citados por The Guardian del responsable de la empresa de agua de los municipios costeros de Gaza, las cinco plantas de tratamiento de aguas residuales del territorio estaban fuera de servicio.
La consecuencia es un volumen gigantesco de aguas sin tratar que termina directamente en el medio ambiente.
La estimación manejada por las autoridades hídricas palestinas es de aproximadamente 45 000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar vertidos cada día al Mediterráneo.
A ello se sumarían otros 15 000 metros cúbicos diarios que se infiltran en el terreno y las aguas subterráneas, especialmente en zonas de desplazamiento como Al-Mawasi.
Es decir, el problema no afecta solamente al mar.
También amenaza los acuíferos, las fuentes de agua y la salud pública de una población que ya vive en condiciones extremas.
La ONU confirma el colapso del sistema de saneamiento
Los datos de Naciones Unidas muestran que el problema no se limita a una estimación periodística.
La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) informó en septiembre de que los seis sistemas de tratamiento de aguas residuales de Gaza se encontraban fuera de funcionamiento y que aproximadamente el 70 % de las estaciones de bombeo de aguas residuales estaban también inoperativas.
La organización calculaba que más de 150 000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar se estaban vertiendo diariamente al medio ambiente en ese momento.
La diferencia respecto a la cifra de 45 000 metros cúbicos citada por The Guardian puede deberse a que las estimaciones corresponden a periodos, metodologías y conceptos diferentes. No deben sumarse como si fueran la misma medición.
Lo que sí resulta inequívoco es la magnitud del problema: una parte sustancial de las aguas residuales de Gaza no está recibiendo tratamiento adecuado.
El agua que llega a Gaza tampoco es suficiente
El colapso del saneamiento se produce al mismo tiempo que existen enormes dificultades para garantizar agua potable.
OCHA señaló el 2 de octubre que las dos plantas de desalación de agua marina del sur de Gaza estaban produciendo a niveles mínimos por falta de piezas de repuesto y equipamiento.
La situación amenazaba el suministro de agua potable de aproximadamente 500 000 personas en Deir al-Balah y Jan Yunis.
En paralelo, el agua transportada mediante camiones se ha convertido en una infraestructura de supervivencia.
Según OCHA, aproximadamente el 74 % de la población de Gaza dependía del agua transportada en camiones durante el periodo analizado. Un total de 68 organizaciones distribuían una media de 24 995 metros cúbicos diarios mediante 3 199 puntos de recogida.
No es simplemente una cuestión de comodidad.
Cuando falla la red de saneamiento y disminuye el acceso al agua segura, aumenta el riesgo de enfermedades infecciosas y problemas de higiene.
La contaminación tampoco se queda en Gaza
El caso de las algas muestra una de las consecuencias más difíciles de controlar de una guerra prolongada.
La contaminación marina no respeta fronteras políticas.
El Mediterráneo conecta las costas de Gaza e Israel y las corrientes pueden transportar contaminantes y nutrientes desde una zona a otra.
Por eso, el deterioro ambiental de Gaza puede terminar generando problemas en Israel, incluso en infraestructuras consideradas estratégicas.
La guerra destruye una instalación en un punto y sus consecuencias pueden aparecer kilómetros más lejos.
Ese es precisamente el argumento de los grupos medioambientales israelíes que reclaman recuperar cuanto antes la capacidad de tratamiento de aguas residuales en Gaza.
El Gobierno israelí tuvo que pedir un uso prudente del agua
La crisis llegó a afectar al consumo y a la agricultura.
Las autoridades israelíes pidieron a la población que utilizara el agua de forma “responsable” o “prudente” mientras el sistema recuperaba capacidad.
Los agricultores del sur recibieron instrucciones para reducir o detener determinados riegos durante la fase más crítica.
La consecuencia económica tampoco es menor.
Menos agua disponible para la agricultura puede traducirse en menor producción y mayores costes, con posibles efectos posteriores sobre determinados precios alimentarios.
El sistema israelí logró mantener el abastecimiento general mediante una combinación de desalación, aguas subterráneas, reservas y otras fuentes. Por tanto, hablar de un colapso total del suministro doméstico sería incorrecto.
El problema fue, y sigue siendo, la vulnerabilidad de un sistema que depende fuertemente de la desalación.
El Knéset admite que existe una vulnerabilidad estratégica
El Parlamento israelí debatió la crisis en septiembre.
El Comité de Control Estatal del Knéset señaló que cinco de las seis grandes plantas desalinizadoras habían quedado afectadas por la proliferación de algas y la turbidez extrema del agua marina.
El presidente del comité, Alon Schuster, vinculó el episodio con la necesidad de reforzar la preparación del sistema hídrico ante situaciones extraordinarias.
El debate puso sobre la mesa una cuestión estratégica: Israel no puede depender exclusivamente de la desalación sin mantener suficientes fuentes alternativas y reservas.
La crisis ambiental se convirtió así en una prueba de resiliencia nacional.
Una infraestructura civil convertida en asunto de seguridad
La historia tiene una segunda lectura.
El agua no es únicamente una cuestión medioambiental o sanitaria. En un país situado en una región con estrés hídrico, el abastecimiento de agua es también un asunto de seguridad nacional.
Israel ha desarrollado durante décadas una potente infraestructura de desalación precisamente para reducir su vulnerabilidad frente a la escasez.
Pero esa dependencia genera otro riesgo: cualquier fenómeno que reduzca la capacidad de varias plantas simultáneamente puede producir un impacto considerable.
La crisis de septiembre mostró que una infraestructura crítica puede verse afectada por una combinación de guerra, contaminación, fenómenos biológicos y problemas ambientales.
La destrucción de Gaza tiene consecuencias que regresan a Israel
Uno de los elementos más llamativos del episodio es su carácter circular.
La guerra ha provocado una destrucción masiva de infraestructuras en Gaza. Esa destrucción ha reducido drásticamente la capacidad de tratar aguas residuales. Las aguas sin tratar llegan al Mediterráneo. El aumento de nutrientes puede favorecer determinadas proliferaciones biológicas. Y esas proliferaciones han afectado a instalaciones israelíes situadas en la misma costa.
El daño ambiental no termina donde acaba una frontera.
The Guardian cita a expertos que relacionan este deterioro con los ataques israelíes que han destruido infraestructuras de agua y saneamiento en Gaza. La cifra de que el 90 % de estas infraestructuras habría quedado destruido procede de Médicos Sin Fronteras y es recogida por el diario británico; debe entenderse como una estimación de esa organización, no como una medición independiente de Naciones Unidas.
OCHA, por su parte, documenta una situación de destrucción y falta de funcionamiento muy grave, incluyendo la inoperatividad de plantas de tratamiento y de buena parte de las estaciones de bombeo.
Gaza también sufre una crisis de contaminación del agua
La situación sanitaria dentro de Gaza es todavía más inmediata.
OCHA informó en septiembre de que, entre 938 muestras de agua analizadas en agosto, más del 73 % no cumplía los niveles recomendados por la OMS de cloro residual libre, mientras que un 18 % presentaba contaminación microbiológica.
Estos datos ilustran la dimensión del problema.
No se trata solamente de que haya menos agua disponible. También existe un problema sobre la calidad y seguridad del agua que llega a la población.
El deterioro de las redes, la falta de combustible, la escasez de productos químicos para tratar el agua y las dificultades para introducir piezas de repuesto complican todavía más la situación.
Un círculo de contaminación difícil de romper
El problema puede representarse como una cadena:
destrucción de infraestructuras → aguas residuales sin tratamiento → contaminación marina y del subsuelo → proliferación biológica → problemas para la desalación → menor disponibilidad de agua → mayor presión sanitaria.
Romper esa cadena exige restaurar la infraestructura de saneamiento.
Pero para reconstruirla hacen falta maquinaria, combustible, piezas de repuesto, productos químicos, financiación y acceso seguro para los trabajadores.
OCHA ha advertido precisamente de que las restricciones de acceso y la falta de materiales esenciales están retrasando reparaciones y prolongando las interrupciones de los servicios de agua y saneamiento.
El dilema de Israel: seguridad, agua y reconstrucción
Para Israel existe además una contradicción estratégica.
La seguridad frente a Hamás y otras organizaciones armadas es una prioridad declarada por las autoridades israelíes. Pero la destrucción prolongada de infraestructuras civiles también puede producir efectos ambientales y sanitarios que terminan afectando a la propia población israelí.
Eso no elimina las responsabilidades derivadas de los ataques de Hamás ni cambia la naturaleza del conflicto.
Pero sí demuestra que las consecuencias de una guerra moderna no pueden aislarse completamente dentro del territorio donde se producen los combates.
El agua convierte esta realidad en algo especialmente evidente.
Una crisis que puede agravarse con el invierno
El saneamiento será todavía más complicado con las lluvias.
La llegada de la temporada húmeda aumenta el riesgo de inundaciones y de que las aguas residuales terminen mezclándose con zonas habitadas y puntos de suministro.
OCHA ya advertía en septiembre de que millones de personas desplazadas en Gaza afrontaban la temporada de lluvias en asentamientos sobreocupados, con riesgo de inundaciones y enfermedades.
En esas condiciones, cualquier nueva avería puede tener consecuencias multiplicadas.
Una bomba que deja de funcionar, una tubería que no puede repararse o una planta que carece de productos químicos puede convertirse rápidamente en un problema sanitario.
El agua se convierte en otra víctima de la guerra
La crisis demuestra que la destrucción de una infraestructura civil tiene consecuencias mucho más amplias que la pérdida física del edificio.
Una planta de tratamiento no es solamente una planta de tratamiento.
Protege el mar, el acuífero, las redes de agua, la agricultura y la salud pública.
Cuando deja de funcionar, todos esos sistemas comienzan a deteriorarse.
El caso de Gaza e Israel ofrece una advertencia especialmente contundente: la contaminación producida por la guerra puede regresar al territorio que la genera o afecta a su entorno.
La crisis hídrica israelí no puede explicarse exclusivamente por Gaza: el episodio de algas fue un fenómeno ambiental complejo y el propio Knéset señaló vulnerabilidades estructurales del sistema de desalación. Pero los expertos citados por The Guardian consideran que el vertido de aguas residuales de Gaza puede estar contribuyendo al problema.
La conclusión más difícil de ignorar es precisamente esa: cuando se destruye el saneamiento, el coste no desaparece; cambia de lugar y acaba afectando a todos los que comparten el mismo ecosistema.


