Bandas organizadas ofrecen hasta 25 000 dólares a trabajadores con accesos privilegiados para saltarse las defensas de las empresas y manipular operaciones críticas.
El mayor agujero de seguridad de una empresa puede no estar en su software, sino sentado delante de uno de sus ordenadores. Una investigación de TrendAI, la unidad corporativa de Trend Micro, alerta de la consolidación de un mercado clandestino en el que grupos de ciberdelincuentes reclutan y pagan a empleados para conseguir acceso legítimo a sistemas y procesos internos.
El objetivo resulta especialmente peligroso: en lugar de intentar derribar desde fuera un cortafuegos o explotar una vulnerabilidad, los delincuentes buscan a alguien que ya tenga las credenciales, permisos y confianza necesarios para actuar desde dentro.
Las ofertas detectadas pueden incluir primas de hasta 25 000 dólares, incentivos por captar a otros compañeros y acuerdos para compartir parte de los beneficios obtenidos mediante el fraude.
Hasta 25 000 dólares por colaborar con los ciberdelincuentes
La captación no se limita a especialistas informáticos. Los grupos criminales buscan trabajadores situados en puntos estratégicos de una organización.
Entre los perfiles de interés aparecen empleados capaces de aprobar pagos, recuperar cuentas, validar operaciones, gestionar mercancías, autorizar reembolsos o acceder a información confidencial.
Esto permite a los delincuentes utilizar procedimientos perfectamente legítimos para conseguir objetivos ilícitos.
Un empleado autorizado, por ejemplo, puede realizar una acción que desde el exterior exigiría comprometer diferentes capas de seguridad. Para los sistemas automáticos de vigilancia, además, distinguir inicialmente entre una operación legítima y otra realizada por un trabajador corrupto puede resultar mucho más complicado.
El cibercrimen profesionaliza el reclutamiento interno
La investigación describe una estructura que va mucho más allá del soborno improvisado.
Los grupos criminales ofrecen bonificaciones de contratación, comisiones por recomendar compañeros, reparto de beneficios e incluso servicios de depósito en garantía destinados a generar confianza entre el empleado captado y la organización delictiva.
El acceso interno se convierte así en una mercancía.
La lógica es sencilla: ¿para qué dedicar semanas a intentar robar unas credenciales si puede comprarse directamente la colaboración de la persona que ya las posee?
Esta evolución obliga a las empresas a revisar un modelo de ciberseguridad históricamente muy concentrado en las amenazas externas.
Bancos, telecomunicaciones y administraciones, entre los objetivos
Los sectores potencialmente afectados incluyen entidades financieras, telecomunicaciones, plataformas digitales, logística, administraciones públicas, sanidad y grandes cadenas comerciales.
Las posibilidades de fraude cambian dependiendo de la organización infiltrada.
Un empleado podría facilitar una operación de SIM swapping, manipular el seguimiento de un envío, autorizar un reembolso irregular, intervenir en determinadas transacciones o acceder indebidamente a datos especialmente sensibles, incluidos historiales médicos.
El peligro reside precisamente en que el atacante puede aprovechar procesos empresariales reales utilizando una identidad legítimamente autorizada.
El antivirus no puede solucionar un problema de confianza
La amenaza plantea un desafío que ninguna herramienta tecnológica puede resolver por sí sola.
Una compañía puede disponer de cortafuegos, sistemas XDR, autenticación multifactor y avanzados mecanismos de detección. Pero si un usuario autorizado decide colaborar deliberadamente con un delincuente, parte de las barreras tradicionales pierde eficacia.
Eso no significa renunciar a la tecnología, sino cambiar el enfoque.
Las organizaciones necesitan limitar privilegios, separar funciones críticas, exigir verificaciones adicionales en operaciones sensibles y detectar comportamientos anómalos incluso cuando proceden de cuentas perfectamente válidas.
También resulta fundamental evitar concentrar en una única persona permisos suficientes para completar determinadas operaciones de alto riesgo.
El empleado se convierte en una nueva frontera de la ciberseguridad
La profesionalización de estas redes confirma una transformación importante del cibercrimen organizado.
El atacante ya no necesita necesariamente encontrar una vulnerabilidad informática. Puede intentar encontrar una vulnerabilidad humana dentro de la organización.
Y cuanto más automatizadas y digitalizadas estén las empresas, mayor puede ser el valor de un trabajador con los permisos adecuados.
La respuesta empresarial tendrá que combinar ciberseguridad, controles internos, gestión del fraude y formación de empleados. Proteger únicamente el perímetro de la red ya no basta cuando el delincuente intenta comprar directamente las llaves de la puerta.


