Encendido en 1857 frente a la Torre del Rey, el pequeño faro del cabo de Oropesa se ha convertido en uno de los rincones más fotografiados del municipio, aunque su declaración como Bien de Interés Cultural sigue pendiente casi una década después de anunciarse.
El Faro de Oropesa del Mar se encendió por primera vez el 1 de abril de 1857, según los registros de la Autoridad Portuaria de Castellón, organismo que gestiona hoy esta instalación situada en lo alto de un acantilado del cabo de Oropesa. Casi 170 años después, la pequeña torre —vecina de la Torre del Rey en un municipio que el Padrón Municipal de 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE) cifra en 12.640 habitantes— se ha convertido en uno de los puntos más fotografiados de la Comunitat Valenciana.
Un vigía de piedra sobre el acantilado
El cabo de Oropesa divide en dos porciones casi iguales la costa de la provincia de Castellón. Es un saliente que forma tres puntas en su frontón, y la central —la que más avanza sobre el mar— fue la elegida para levantar un faro de tercer orden, según describe la propia Autoridad Portuaria de Castellón en su ficha técnica del edificio.
La torre se sitúa junto a la Torre del Rey, a apenas 1,8 kilómetros del casco urbano, en una zona que hoy es de expansión turística. Desde su base parten los senderos que unen las playas de La Concha y Morro de Gos, ambas distinguidas con Bandera Azul, lo que explica en buena medida su atractivo como mirador natural sobre el Mediterráneo.
1857: el año en que el Mediterráneo ganó una luz nueva
El faro se encendió con una óptica de destellos blancos cada tres minutos y un alcance de nueve millas náuticas, gracias a un aparato Lepaute de 500 milímetros de distancia focal compuesto por dos piezas catadióptricas fijas y una tercera giratoria, según la documentación técnica de la Autoridad Portuaria de Castellón. El mecanismo giraba mediante una máquina de relojería con regulador de aletas y cuerdas de cáñamo.
La lámpara original quemaba aceite de oliva. Con el tiempo pasó a parafina y, después, a petróleo, hasta que en 1916 se sustituyó por un sistema de vapor de petróleo a presión. Conviene precisar un matiz: mientras varias guías turísticas locales sitúan el encendido en 1859, la propia Autoridad Portuaria de Castellón —la fuente oficial que gestiona el bien— documenta el primer encendido el 1 de abril de 1857, fecha que este periódico ha optado por seguir al tratarse de la fuente primaria del organismo regulador.
De una planta a dos: la reforma que le dio su imagen actual
La construcción original resultó pronto insuficiente para las necesidades del servicio. La ampliación llegó con un proyecto del ingeniero Pelegrín Sans, suscrito en 1887 y aprobado el 30 de septiembre de 1891, que añadió una segunda planta sobre la primitiva y le dio al edificio la apariencia que conserva en la actualidad, según recoge la Autoridad Portuaria de Castellón.
El faro se electrificó en 1924. Durante la Guerra Civil española permaneció apagado, fue desalojado de su personal y sufrió saqueos, de acuerdo con la reconstrucción histórica disponible en la Wikipedia en español sobre el monumento, contrastada con la cronología técnica de la Autoridad Portuaria. Hoy el edificio alberga dos viviendas, un despacho y una sala de motores, vestigios de su antiguo uso como residencia del torrero encargado de mantener la luz.

Vecino de un vigía de cuatro siglos: la Torre del Rey
A escasos metros se levanta la Torre del Rey, una fortificación cuyo origen se remonta a 1413, cuando el entonces rey de la Corona de Aragón, Fernando de Antequera, ordenó su construcción para proteger la costa de ataques berberiscos, según ha recordado el Ayuntamiento de Oropesa del Mar con motivo de la prórroga de la concesión de uso del inmueble. En 1534, Juan de Cervellón reforzó la estructura hasta los cuatro metros de espesor en sus muros.
La Torre del Rey cuenta con la declaración de Bien de Interés Cultural, una protección legal que, a día de hoy, no ampara de la misma manera al faro que tiene a su lado, pese a que ambos edificios forman parte de la misma postal y del mismo itinerario turístico.
Del oficio del farero al uso turístico y social
La Autoridad Portuaria de Castellón mantiene un convenio de cesión temporal con el Ayuntamiento de Oropesa del Mar que permite dar un uso lúdico al entorno del faro, según confirma el propio organismo portuario. El interior no está abierto de forma permanente al público, pero sí se organizan visitas puntuales y actividades culturales, especialmente en temporada alta.
El entorno forma parte además del Sendero Azul «Paseo del Faro», una ruta de suave desnivel que puede recorrerse en los meses de invierno los viernes con inscripción previa y, en verano, de martes a domingo por las tardes, de acuerdo con la información oficial de la red de Senderos Azules.
Lo que viene: una postal en auge y un expediente pendiente
El interés por Oropesa del Mar como destino no deja de crecer. El municipio recibió 410.635 visitantes a lo largo de 2024, de los que 370.225 fueron de origen nacional y 40.410 internacionales —estos últimos con un incremento del 8,0% respecto al año anterior—, según las estadísticas de turismo elaboradas a partir de los datos oficiales del INE.
Ese aumento del turismo internacional contrasta con un expediente administrativo que sigue sin cerrarse. En febrero de 2017, el entonces presidente de la Autoridad Portuaria de Castellón, Francisco Toledo, y el alcalde de la localidad en ese momento, Rafael Albert, anunciaron públicamente su intención de promover el faro como Bien de Interés Cultural. Con la información disponible hasta la fecha, esa intención no se ha traducido todavía en una declaración formal, a diferencia de lo ocurrido con la vecina Torre del Rey.
La opinión de El Vértice
Un municipio que recibe más de 400.000 visitantes al año no debería dejar en el aire la protección legal de uno de sus símbolos más fotografiados. El Faro de Oropesa del Mar ha sobrevivido a guerras, saqueos y casi dos siglos de servicio; lo que no debería tener que sobrevivir es a la lentitud administrativa.
La seguridad jurídica del patrimonio no es un capricho esteticista: es la garantía de que lo que hoy atrae turistas seguirá en pie para las próximas generaciones. Si la Torre del Rey merece protección como Bien de Interés Cultural, cuesta encontrar el argumento por el que su vecino de piedra y luz, casi 170 años después de su primer destello, deba seguir esperando.


