La participación pública se ha reforzado en compañías estratégicas como Indra, Telefónica, Talgo, Redeia o Aena, mientras Finkatuz amplía su presencia empresarial en Euskadi.
La presencia de las Administraciones públicas en grandes empresas españolas vuelve a crecer y sitúa sobre la mesa un debate de fondo: qué papel debe desempeñar el capital público en compañías consideradas estratégicas y hasta dónde debe llegar su influencia.
El fenómeno tiene dos protagonistas principales. Por un lado, el Estado, a través de SEPI y otros organismos públicos. Por otro, el Gobierno vasco, mediante el fondo Finkatuz, que en los últimos años ha adquirido participaciones en empresas industriales y estratégicas.
La posible incorporación de Azkoyen a este mapa añade un nuevo capítulo. La compañía navarra está inmersa en una OPA de 244,5 millones de euros formulada por Ohmnia Electronics, un consorcio liderado por el empresario José Antonio Jainaga en el que participa Finkatuz. La CNMV admitió la oferta a trámite el 4 de septiembre y la CNMC autorizó la operación de concentración el 25 de septiembre.
El mapa de participaciones públicas se ha ampliado
La evolución de los últimos años muestra un cambio respecto al escenario posterior a las grandes privatizaciones de los años noventa.
Entre las compañías cotizadas con presencia pública figuran Indra, Telefónica, Redeia, Enagás, Ebro Foods, IAG y Talgo, entre otras participaciones registradas por SEPI. La propia sociedad estatal mantiene actualmente un 27,99 % de Indra, un 20 % de Redeia, un 10 % de Telefónica, un 10,36 % de Ebro Foods, un 5 % de Enagás y un 7,8 % de Talgo.
La participación pública no responde en todos los casos al mismo origen ni persigue necesariamente el mismo objetivo.
En algunas compañías se vincula a la consideración de determinadas actividades como estratégicas para la economía, la seguridad o la defensa. En otras, responde a procesos de reestructuración empresarial o a la voluntad de mantener una presencia nacional o territorial.
El caso de Indra resulta especialmente significativo. SEPI elevó su participación hasta el entorno del 28 % en 2022, justificando la operación por el carácter estratégico de la compañía, especialmente en ámbitos relacionados con tecnología, seguridad y defensa.
En Telefónica, la entrada de SEPI se produjo en 2024. El Estado alcanzó el 10 % del capital después de adquirir más de 567 millones de acciones, una operación que el propio organismo estatal presentó como una participación con vocación de permanencia.
Finkatuz, el otro gran actor del capital público
El crecimiento de la influencia pública no se limita al Gobierno central.
El Gobierno vasco ha desarrollado una estrategia propia mediante Finkatuz, fondo gestionado por el Instituto Vasco de Finanzas cuyo objetivo es participar en compañías consideradas relevantes para el tejido industrial y económico de Euskadi.
Su actividad ha llevado al fondo a participar en empresas como CAF, Arteche y Talgo, además de compañías no cotizadas.
La estrategia responde a una preocupación habitual entre las Administraciones regionales: evitar que empresas industriales con una fuerte implantación territorial terminen trasladando fuera de la comunidad sus centros de decisión, producción o investigación.
El modelo también refleja un fenómeno más amplio que se ha extendido por Europa desde la pandemia: el regreso del Estado como accionista en sectores considerados estratégicos.
Azkoyen puede convertirse en el próximo movimiento
La operación sobre Azkoyen concentra actualmente buena parte de la atención.
Ohmnia Electronics ha presentado una oferta voluntaria para adquirir la totalidad de las acciones de la compañía navarra a 10 euros por acción, con una contraprestación máxima de 244,5 millones de euros.
La oferta está liderada por José Antonio Jainaga, presidente de Sidenor y Talgo, y cuenta con la participación de Finkatuz.
El proceso ha avanzado durante septiembre. La CNMV admitió la OPA a trámite el 4 de septiembre de 2026 y posteriormente se produjeron nuevas autorizaciones regulatorias. El 25 de septiembre, la CNMC autorizó la concentración derivada de la oferta sin imponer compromisos adicionales.
El 28 de septiembre, Ohmnia comunicó a la CNMV que esa condición regulatoria había quedado cumplida.
La operación todavía depende de las condiciones establecidas en la propia oferta y de la respuesta de los accionistas.
Si finalmente prospera, Azkoyen pasaría a integrarse en un grupo industrial de mayor tamaño, reforzando además la presencia indirecta de capital público vasco en una empresa cotizada.
El caso Talgo muestra hasta dónde puede llegar esta estrategia
Otro ejemplo relevante es Talgo.
SEPI figura actualmente con un 7,8 % del fabricante ferroviario, participación que aparece en el registro actualizado de empresas participadas del organismo estatal.
La operación se produjo en el contexto de la reorganización accionarial de la compañía y después de la polémica generada por el interés de un grupo húngaro en hacerse con el fabricante.
Talgo es una empresa especialmente sensible desde el punto de vista industrial. Su actividad está vinculada a la fabricación ferroviaria, un sector en el que España mantiene capacidades tecnológicas y productivas relevantes.
La presencia pública en este tipo de compañías forma parte de una tendencia europea hacia una mayor protección de determinados activos industriales.
De las privatizaciones al regreso del Estado accionista
Durante los años noventa España llevó a cabo un amplio proceso de privatizaciones.
Empresas que habían estado bajo control público fueron incorporándose progresivamente al mercado privado. El objetivo era reducir la presencia directa del Estado en la economía y desarrollar mercados de capitales más abiertos.
Ese modelo cambió progresivamente durante la última década.
La crisis financiera, la pandemia, las tensiones geopolíticas y los problemas de suministro provocaron que conceptos como autonomía estratégica, seguridad económica y soberanía industrial recuperasen protagonismo.
El razonamiento de las Administraciones es que determinados sectores no pueden analizarse exclusivamente desde una perspectiva financiera.
Telecomunicaciones, defensa, infraestructuras ferroviarias, energía o determinadas tecnologías pueden adquirir una dimensión estratégica cuando existen riesgos de deslocalización, dependencia exterior o pérdida de capacidades industriales.
El Estado ya no es únicamente un regulador
La evolución de las participaciones públicas plantea una transformación relevante.
Durante décadas, la intervención pública se centró principalmente en regular los mercados, establecer normas de competencia y supervisar sectores estratégicos.
Ahora, en determinados casos, las Administraciones también actúan como accionistas relevantes.
La diferencia es importante.
Un Estado que posee una participación significativa puede influir en la composición de los órganos de gobierno, en determinadas decisiones corporativas y, dependiendo del porcentaje, en la estructura de control de una compañía.
La SEPI, por ejemplo, explica expresamente su posición en Indra por la relevancia de la compañía en áreas relacionadas con seguridad y defensa.
En Telefónica, SEPI ha defendido igualmente su presencia como una forma de aportar estabilidad accionarial y proteger capacidades consideradas estratégicas.
¿Capital público o intervención empresarial?
El aumento de las participaciones públicas abre un debate económico que va más allá de cada operación concreta.
Sus defensores argumentan que la presencia institucional puede servir para proteger empresas estratégicas, conservar empleo industrial, impedir determinadas deslocalizaciones y garantizar que decisiones relevantes no dependan exclusivamente de inversores extranjeros.
Sus críticos plantean otros riesgos: interferencia política, menor disciplina de mercado, utilización de recursos públicos con objetivos empresariales y posibles conflictos entre intereses económicos y decisiones políticas.
La existencia de estos riesgos no implica que una participación pública sea necesariamente perjudicial ni que una inversión privada sea automáticamente beneficiosa. El resultado depende de factores como la gestión, la rentabilidad de la inversión, el gobierno corporativo, la transparencia y los objetivos concretos de cada operación.
Por eso, el debate sobre el nuevo papel del Estado como accionista no puede reducirse únicamente al porcentaje que posee una Administración.
España no es una excepción europea
El fenómeno tampoco es exclusivo de España.
La pandemia y las tensiones geopolíticas han provocado que numerosos países europeos reconsideren el nivel de control sobre determinadas infraestructuras y empresas estratégicas.
El resultado es un modelo económico diferente del predominante durante las décadas de privatizaciones: los Estados mantienen o recuperan participaciones en compañías consideradas relevantes para su autonomía económica o industrial.
España combina ahora esa tendencia con una estructura empresarial en la que conviven capital público nacional, fondos públicos autonómicos, fondos soberanos extranjeros y grandes inversores institucionales.
Esto significa que una misma empresa puede contar simultáneamente con accionistas públicos de diferentes países.
El capital extranjero también tiene un peso relevante
La presencia pública en la Bolsa española no procede exclusivamente de las Administraciones españolas.
El fondo soberano de Noruega, por ejemplo, mantiene participaciones en numerosas compañías del Ibex.
También existen participaciones relevantes de inversores públicos de países como Qatar, Singapur o Italia, entre otros.
Esto introduce una segunda dimensión en el debate: la cuestión ya no consiste únicamente en determinar cuánto capital público español existe en las empresas nacionales, sino también qué peso tienen los inversores estatales extranjeros.
En determinados sectores estratégicos, esta cuestión adquiere especial relevancia.
Una transformación que todavía puede continuar
La operación de Azkoyen demuestra que el mapa de participaciones públicas continúa evolucionando.
El caso es especialmente significativo porque Finkatuz participa en el vehículo que pretende hacerse con una compañía cotizada, aunque el porcentaje concreto de participación del fondo vasco en Ohmnia no ha sido precisado públicamente en la información analizada.
La operación está todavía en curso y será necesario conocer su resultado final para determinar cuál será la estructura accionarial de Azkoyen.
Mientras tanto, los movimientos de SEPI y Finkatuz muestran una tendencia común: el capital público ha recuperado protagonismo en determinadas áreas de la economía española después de décadas en las que predominó la estrategia de privatización.
La cuestión que queda abierta es qué dimensión alcanzará este nuevo papel del Estado y de los fondos públicos autonómicos: si se limitará a determinadas empresas consideradas estratégicas o si terminará consolidándose como una característica estructural del capitalismo español.
Claves de la nueva presencia pública
- SEPI mantiene participaciones relevantes en compañías como Indra, Telefónica, Redeia, Ebro Foods, Enagás y Talgo.
- Indra: participación pública cercana al 28 %.
- Telefónica: SEPI alcanzó el 10 % en 2024.
- Talgo: SEPI figura actualmente con un 7,8 %.
- Azkoyen: Ohmnia ofrece 10 euros por acción, con un desembolso máximo de 244,5 millones de euros.
- Azkoyen: la CNMV admitió la OPA a trámite el 4 de septiembre de 2026.
- CNMC: autorizó la concentración derivada de la oferta el 25 de septiembre de 2026.
La evolución de estas operaciones determinará si la presencia pública en las grandes cotizadas españolas sigue aumentando durante los próximos años. El caso Azkoyen será uno de los próximos movimientos a observar en un mercado donde Estado, comunidades autónomas, fondos soberanos e inversores privados comparten cada vez más espacio.

