La crisis de Ceuta vuelve a poner el foco sobre la creciente influencia diplomática de Rabat, reforzada por el apoyo estadounidense a su posición sobre el Sáhara Occidental.
La crisis de Ceuta ha vuelto a situar las relaciones entre España y Marruecos bajo máxima tensión y ha dejado al descubierto una realidad incómoda para Madrid: Rabat afronta sus pulsos diplomáticos desde una posición internacional mucho más fuerte que hace apenas unos años.
Una de las claves está en Estados Unidos. En diciembre de 2020, durante su primer mandato, Donald Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, rompiendo con décadas de política estadounidense y otorgando a Mohamed VI uno de sus mayores éxitos diplomáticos.
La decisión estuvo vinculada a la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel, dentro de los denominados Acuerdos de Abraham. Desde entonces, Rabat ha profundizado su cooperación política, militar y tecnológica con ambos países.
Trump reforzó la posición de Marruecos sobre el Sáhara
El Sáhara Occidental constituye la gran prioridad exterior de Mohamed VI. Marruecos controla la mayor parte del territorio y defiende una propuesta de autonomía bajo soberanía marroquí, mientras el Frente Polisario reclama la autodeterminación.
La ONU continúa considerando el Sáhara Occidental un territorio no autónomo pendiente de descolonización, por lo que el reconocimiento estadounidense no resolvió jurídicamente el conflicto.
Sí cambió, sin embargo, el equilibrio diplomático.
A Estados Unidos se han sumado importantes movimientos europeos favorables al plan marroquí de autonomía. Francia ha reforzado claramente su respaldo a Rabat y España modificó en 2022 su posición tradicional para considerar la propuesta marroquí como la base «más seria, realista y creíble» para resolver la disputa.
Marruecos ha conseguido así transformar el Sáhara en una cuestión central de sus relaciones exteriores.
Israel, otro socio estratégico de Mohamed VI
El acercamiento con Israel también ha proporcionado a Rabat un socio militar y tecnológico de primer nivel.
Desde la normalización diplomática de 2020, ambos países han ampliado su cooperación en defensa, inteligencia y seguridad. Para Marruecos, esta relación supone además fortalecer sus vínculos con Washington.
Ese nuevo entramado de alianzas ayuda a explicar la confianza con la que Mohamed VI desarrolla su política exterior.
Pero conviene separar los hechos de las interpretaciones: el apoyo estadounidense al plan marroquí para el Sáhara no equivale a un respaldo de Washington a una hipotética reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla.
Ambas ciudades son españolas y forman parte del territorio nacional. Estados Unidos no ha reconocido oficialmente una soberanía marroquí sobre ellas.
Ceuta y Melilla reaparecen en el discurso marroquí
La preocupación española procede de que, paralelamente a sus éxitos diplomáticos sobre el Sáhara, distintas voces políticas e institucionales marroquíes han vuelto a introducir Ceuta y Melilla en el debate.
Rabat mantiene históricamente una reivindicación sobre ambas ciudades, que España rechaza.
La reciente crisis migratoria de Ceuta ha agravado esas suspicacias y ha abierto un intenso debate en España sobre hasta qué punto el Gobierno de Pedro Sánchez debe endurecer su posición ante Mohamed VI.
La cuestión resulta especialmente delicada porque Madrid necesita la cooperación marroquí en control migratorio, lucha contra el terrorismo, seguridad fronteriza y comercio, mientras Marruecos conoce perfectamente la importancia que esa colaboración tiene para España y para la Unión Europea.
La crisis de Ceuta pone a prueba la política de Sánchez con Rabat
El problema para el Gobierno es fundamentalmente estratégico.
La política española de los últimos años se ha basado en mantener una relación estable con Marruecos mediante cooperación y diálogo, evitando una repetición de crisis diplomáticas anteriores.
La oposición cuestiona ahora si ese acercamiento ha generado suficiente reciprocidad.
El PP y Vox han elevado la presión sobre Sánchez y reclaman mayor firmeza ante Rabat, especialmente después de la crisis de Ceuta. El Gobierno, por el contrario, sostiene que mantener canales de cooperación con Marruecos resulta imprescindible para controlar una frontera especialmente sensible.
La discusión probablemente continuará porque el ascenso diplomático marroquí es anterior a la actual crisis y tiene raíces mucho más profundas.
Mohamed VI juega hoy con mejores cartas
Marruecos ha conseguido durante los últimos años algo que parecía muy difícil: situar su posición sobre el Sáhara Occidental en el centro de las relaciones con sus principales socios internacionales.
El respaldo iniciado por Trump en 2020, el acercamiento a Israel y los posteriores movimientos de países europeos han fortalecido a Mohamed VI.
Eso no modifica la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, ni significa que Washington o las principales potencias occidentales respalden las reivindicaciones marroquíes sobre ambas ciudades.
Pero sí implica que España se enfrenta actualmente a un Marruecos diplomáticamente más influyente y consciente de su importancia estratégica para Europa y Estados Unidos.
La crisis de Ceuta vuelve así a plantear una pregunta que Madrid tendrá que resolver más allá de la emergencia migratoria: cómo mantener una relación imprescindible con Marruecos sin permitir que esa dependencia limite la defensa de los intereses y la soberanía españoles.


