Maricarmen Abascal falleció en el Gregorio Marañón, 14 días después de abandonar en camilla la vivienda en la que había vivido durante 71 años.
La historia de Maricarmen Abascal ha terminado este miércoles con su muerte a los 87 años, después de quince días ingresada en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid tras el desahucio ejecutado el pasado 23 de septiembre.
La anciana fue expulsada de la vivienda del distrito de Retiro en la que había residido durante más de siete décadas. Su salida en camilla, rodeada de policías, sanitarios y cientos de personas que se habían concentrado para intentar impedir el desalojo, se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la reciente crisis de vivienda en España.
Su fallecimiento ha provocado nuevas movilizaciones y reabre el debate sobre los desahucios de personas mayores, la protección de los inquilinos vulnerables, el precio de la vivienda y los límites de las políticas públicas para garantizar una alternativa habitacional.
Pero existe un dato que debe quedar claro: las fuentes consultadas no establecen que el desahucio fuera la causa médica de su muerte. Sí consta que fue trasladada al hospital el mismo día del lanzamiento y que permaneció ingresada hasta su fallecimiento.
71 años en la misma vivienda
Maricarmen había vivido durante 71 años en el piso situado en la calle Alcalde Sainz de Baranda, en Retiro.
El origen del conflicto se remonta a un contrato de alquiler de renta antigua suscrito inicialmente por su padre. Tras el fallecimiento de sus progenitores, Maricarmen continuó ocupando la vivienda mediante la correspondiente subrogación contractual.
El inmueble cambió posteriormente de propietario. En 2018, Urbagestión adquirió la vivienda y cuestionó la vigencia de la relación contractual, dando comienzo a una prolongada disputa judicial.
La controversia no se resolvió con las primeras actuaciones judiciales y se produjeron varios intentos de desalojo.
Finalmente, después de años de litigios, el lanzamiento pudo ejecutarse el 23 de septiembre de 2026.
El desahucio que convirtió su caso en símbolo nacional
La mañana del lanzamiento congregó a vecinos, activistas y representantes de distintos sectores sociales.
Maricarmen salió de la vivienda en camilla y fue trasladada al Hospital Gregorio Marañón. Las imágenes circularon rápidamente por redes sociales y medios de comunicación y desencadenaron nuevas movilizaciones en Madrid.
El caso pasó así de ser un conflicto particular entre una arrendataria y la propiedad a convertirse en uno de los principales símbolos del debate nacional sobre la vivienda.
El Sindicato de Inquilinas impulsó movilizaciones bajo el lema «Maricarmen se queda» y posteriormente promovió una acampada en la Puerta del Sol.
La protesta no se limitó a reclamar una solución individual. Los colectivos convocantes comenzaron a exigir cambios legislativos en materia de alquileres, desahucios y protección de personas consideradas vulnerables.
La solución llegó cinco días después
Uno de los elementos más llamativos de la historia es que la solución habitacional terminó llegando después del desahucio.
El 28 de septiembre, cinco días después del lanzamiento, Urbagestión y los representantes de Maricarmen alcanzaron un acuerdo para permitir su regreso a la vivienda.
El pacto contemplaba un nuevo contrato de alquiler y establecía que la renta no superase el 30 % de sus ingresos netos.
El Ayuntamiento de Madrid había intervenido en las negociaciones a través de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS).
Previamente, Urbagestión había planteado incorporar el inmueble al programa municipal ReViVa, pero el Ayuntamiento consideró que aquella fórmula concreta no cumplía los requisitos del programa y abrió otra vía de mediación.
Finalmente, el acuerdo permitía que Maricarmen regresara a su domicilio una vez recibiera el alta médica y completara los trámites necesarios.
Pero nunca llegó a producirse ese regreso.
Maricarmen murió antes de volver a casa
La anciana permaneció ingresada desde el día del desahucio.
El 7 de octubre, el Sindicato de Inquilinas comunicó su fallecimiento. Tenía 87 años.
La noticia provocó una nueva oleada de concentraciones y muestras de apoyo. Organizaciones sociales reivindicaron su figura como símbolo de la defensa del derecho a la vivienda, mientras distintas formaciones políticas expresaron sus condolencias.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, también trasladó públicamente su pésame a la familia y a quienes habían acompañado a Maricarmen durante el conflicto.
La propiedad, por su parte, había llegado a formalizar el nuevo contrato y entregar las llaves a la EMVS mientras Maricarmen permanecía hospitalizada.
La vivienda estaba, por tanto, preparada para su regreso.
Maricarmen no pudo volver.
El debate sobre la vivienda se convierte en una batalla política
La muerte de Maricarmen llega en plena disputa política por las medidas destinadas a combatir la crisis habitacional.
El Gobierno había aprobado dos decretos relacionados con la vivienda después de que el caso de la anciana adquiriera repercusión nacional. Las medidas fueron posteriormente rechazadas por el Congreso.
El Ejecutivo ha vuelto a aprobar ahora nuevas medidas y está previsto que la Diputación Permanente del Congreso examine los decretos el 16 de octubre.
El caso de Maricarmen se ha convertido así en un argumento político utilizado por diferentes sectores.
Los colectivos favorables a una mayor protección de los inquilinos consideran que su historia demuestra las deficiencias del sistema de protección frente a los desahucios.
Desde posiciones contrarias a esas reformas se cuestiona, en cambio, que un conflicto contractual concreto pueda utilizarse como justificación para aprobar cambios generales en el mercado inmobiliario.
La discusión no es menor: afecta al equilibrio entre el derecho a la vivienda, el derecho de propiedad, la seguridad jurídica de los contratos y la obligación de las administraciones de proporcionar alternativas a las personas vulnerables.
Un conflicto que empezó mucho antes del desahucio
La imagen de Maricarmen saliendo en camilla puede hacer olvidar que detrás había años de litigios judiciales.
Según la cronología publicada por EL PAÍS, la vivienda fue adquirida por Urbagestión en 2018 y la empresa cuestionó posteriormente la validez de la subrogación del contrato. La disputa atravesó diferentes instancias judiciales hasta que la posición de la arrendataria quedó finalmente derrotada en los tribunales.
La propiedad sostenía que la situación contractual no podía mantenerse indefinidamente en las condiciones anteriores.
La representación de Maricarmen defendía justamente lo contrario y reclamaba que se reconociera su derecho a continuar en la vivienda en la que había pasado prácticamente toda su vida.
Esa diferencia jurídica terminó desembocando en el lanzamiento.
El Ayuntamiento ofreció una alternativa
Durante el proceso también hubo una alternativa residencial ofrecida por el Ayuntamiento.
RTVE informó de que Maricarmen había rechazado una plaza de emergencia gratuita en una residencia, mientras defendía su voluntad de permanecer en su hogar.
El episodio refleja una de las dificultades centrales de este tipo de conflictos: para una persona de edad avanzada, una alternativa habitacional no siempre equivale a una solución equivalente.
Para la Administración, disponer de un recurso residencial puede representar una respuesta a una situación de vulnerabilidad.
Para el afectado, abandonar la vivienda en la que ha vivido durante décadas puede suponer perder también su entorno, sus recuerdos, sus relaciones vecinales y su autonomía cotidiana.
La cuestión que deja el caso
La muerte de Maricarmen deja una pregunta política y social mucho más amplia que su propio caso.
¿Puede un sistema de protección social considerar resuelto un problema cuando ofrece alojamiento, pero no consigue evitar que una persona mayor pierda su hogar?
No existe una respuesta sencilla.
El propietario tiene derechos reconocidos por la legislación. Los contratos deben estar sometidos a la ley y las resoluciones judiciales deben cumplirse.
Pero las administraciones también tienen obligaciones de protección hacia las personas vulnerables, especialmente cuando se trata de ancianos, discapacitados o ciudadanos sin capacidad económica para afrontar un cambio brusco de vivienda.
El caso de Maricarmen ha puesto ese conflicto en primer plano.
El fallecimiento no debe confundirse con una relación causal no acreditada
La proximidad temporal entre el desahucio y el fallecimiento ha alimentado afirmaciones especialmente contundentes en redes sociales y entre colectivos activistas.
Sin embargo, no consta en las fuentes consultadas que una autoridad médica haya establecido que el desahucio provocara la muerte de Maricarmen.
Lo que sí está documentado es una secuencia concreta:
- 23 de septiembre: se ejecuta el desahucio y Maricarmen es trasladada al Hospital Gregorio Marañón.
- 28 de septiembre: se alcanza un acuerdo para facilitar su regreso a la vivienda.
- 7 de octubre: Maricarmen fallece en el hospital, a los 87 años.
Separar esos hechos de las interpretaciones políticas es esencial para preservar el rigor periodístico.
Una historia que ya forma parte del debate nacional
Maricarmen no regresó a la vivienda en la que había vivido durante 71 años.
El acuerdo que podía haberlo hecho posible llegó cuando ella ya se encontraba hospitalizada. Su muerte ha convertido definitivamente su historia en uno de los episodios más visibles de la crisis de vivienda española de 2026.
Ahora, el debate continuará en las instituciones.
El Gobierno defenderá nuevas medidas. Los partidos discutirán sus consecuencias. Las organizaciones de inquilinos reclamarán mayor protección. Los propietarios insistirán en la seguridad jurídica y el respeto a sus derechos.
Pero detrás de todas esas discusiones queda una mujer de 87 años que murió sin volver a entrar en la casa que había sido su hogar durante siete décadas.
Ese es el hecho que ha convertido el caso Maricarmen en mucho más que una disputa contractual.


