Sanidad y las comunidades preparan la extensión de la prescripción diferida: el paciente recibe la receta, pero espera 48-72 horas y solo inicia el tratamiento si los síntomas empeoran.
La estrategia puede parecer contraintuitiva: tener un antibiótico recetado y no tomarlo inmediatamente. Sin embargo, la evidencia científica apunta a que esta fórmula permite reducir de forma importante el consumo de estos medicamentos sin empeorar de manera relevante la evolución de la mayoría de las infecciones respiratorias no complicadas.
El Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas quieren ahora extender en España la denominada prescripción diferida de antibióticos, una herramienta que ya se utiliza en algunos servicios sanitarios pero cuya implantación sigue siendo limitada.
La medida pretende responder a uno de los grandes problemas de la medicina moderna: la resistencia de las bacterias a los antibióticos. España, además, ha comenzado a reducir su consumo: según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), el consumo de antibióticos sistémicos en salud humana cayó un 5,1 % en 2025 respecto a 2024 y acumula un descenso del 18,8 % desde 2015.
¿En qué consiste la prescripción diferida de antibióticos?
La idea es sencilla.
Cuando un médico atiende a un paciente con una infección respiratoria leve o no complicada y considera que no existe una necesidad inmediata de antibiótico, puede emitir una receta con instrucciones precisas para retrasar su utilización.
El paciente espera habitualmente 48-72 horas y observa la evolución del cuadro.
Si los síntomas mejoran o desaparecen, no utiliza el antibiótico. Si persisten, empeoran o aparecen las circunstancias indicadas por el profesional sanitario, dispone de la receta para iniciar el tratamiento según las instrucciones recibidas.
No significa que el paciente deba decidir por su cuenta cuándo necesita un antibiótico. La decisión inicial corresponde al médico, que determina si la prescripción diferida es apropiada para ese caso.
La estrategia está especialmente pensada para situaciones en las que existe cierta incertidumbre sobre la necesidad inmediata del medicamento.
La evidencia científica respalda reducir las recetas inmediatas
La principal base científica procede de una revisión Cochrane que analizó 12 ensayos clínicos con 3 968 participantes, de los que 3 750 aportaron datos para evaluar las estrategias de prescripción.
Los resultados son relevantes.
El consumo de antibióticos fue del 93 % entre quienes recibieron una prescripción inmediata, frente a aproximadamente el 29 % con prescripción diferida. En los grupos en los que no se prescribió inicialmente el medicamento, el consumo fue todavía menor.
La revisión encontró además que la prescripción diferida no produjo diferencias relevantes en numerosos síntomas, como fiebre, tos o mucosidad, y tampoco observó diferencias significativas en las complicaciones.
La satisfacción de los pacientes también fue similar a la obtenida con la prescripción inmediata.
Eso convierte a la prescripción diferida en una herramienta particularmente interesante para los casos en los que el médico considera que dar el antibiótico inmediatamente puede no aportar un beneficio suficiente.
El dato que conviene no exagerar: no se ha medido directamente la resistencia
Hay una precisión importante.
La evidencia disponible demuestra que la prescripción diferida reduce el consumo de antibióticos, pero los ensayos incluidos en la revisión Cochrane no evaluaron directamente si la estrategia reduce la aparición de resistencias bacterianas.
Por tanto, no sería correcto afirmar que esperar 48 horas haya demostrado por sí mismo reducir las superbacterias.
Lo que sí está sólidamente establecido es que el uso innecesario de antibióticos favorece el problema de las resistencias, por lo que reducir tratamientos que no son necesarios forma parte de las estrategias de uso prudente de estos medicamentos.
La propia AEMPS ha situado la utilización adecuada de los antibióticos entre las prioridades del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN).
El problema está también en las expectativas del paciente
La dificultad no es únicamente médica.
Cuando una persona acude a consulta con fiebre, dolor de garganta, tos o malestar, puede esperar salir con un medicamento que acelere su recuperación.
Pero muchas infecciones respiratorias son víricas, y los antibióticos actúan contra bacterias, no contra virus.
La prescripción innecesaria puede producir además efectos adversos y alterar la microbiota, mientras que los restos de antibióticos almacenados en casa pueden favorecer la automedicación posterior.
La AEMPS ha tomado otras medidas en esta misma dirección. En abril de 2026 aprobó la adaptación progresiva de determinados formatos de antibióticos para ajustarlos mejor a las duraciones habituales de los tratamientos y reducir los excedentes domésticos.
La Comunidad Valenciana ya tiene experiencia
Uno de los ejemplos más interesantes en España procede de la Comunidad Valenciana.
La Conselleria de Sanidad puso en marcha en 2023 una herramienta de prescripción electrónica diferida integrada en la receta. En determinados cuadros clínicos, el médico puede prescribir el antibiótico, pero la dispensación queda retrasada durante un periodo de 24-48 horas.
Los resultados comunicados por la Generalitat mostraron que únicamente el 35,02 % de los pacientes pediátricos y el 49,5 % de los adultos a los que se aplicó esta estrategia necesitaron finalmente el antibiótico.
El dato ilustra precisamente el potencial de la estrategia: una parte importante de los pacientes a los que inicialmente se entrega una receta puede evolucionar favorablemente sin llegar a utilizarla.
¿Por qué no se utiliza más en España?
La extensión de esta práctica se enfrenta a varios obstáculos.
Uno de ellos es la propia percepción del paciente. Si una persona considera que necesita un antibiótico para recuperarse, puede interpretar una prescripción diferida como una negativa a tratarla.
También existen dificultades organizativas en Atención Primaria, donde el tiempo disponible para explicar al paciente cómo debe utilizar la receta puede ser limitado.
A ello se suman las diferencias entre los sistemas de prescripción electrónica de las comunidades autónomas y la necesidad de formar a los profesionales.
La estrategia, por tanto, no consiste simplemente en cambiar una receta en el ordenador. Requiere explicar al paciente qué debe vigilar, cuándo debe tomar el medicamento y en qué circunstancias debe volver a consultar.
El farmacéutico gana importancia en el proceso
La farmacia comunitaria puede desempeñar un papel relevante.
Una vez que el paciente abandona la consulta, pueden surgir dudas sobre la receta, los plazos o la evolución de los síntomas.
La coordinación entre médicos y farmacéuticos resulta especialmente importante en un modelo en el que el paciente recibe inicialmente una prescripción que no necesariamente debe utilizar.
La responsabilidad de prescribir corresponde al médico, pero el farmacéutico puede ayudar a reforzar las instrucciones y evitar errores en la utilización del medicamento.
La clave es que ambos profesionales transmitan el mismo mensaje sobre cuándo debe utilizarse el antibiótico y cuándo no.
Sanidad quiere extender la estrategia a todas las comunidades
El siguiente paso es coordinar su implantación.
Según la información comunicada en octubre de 2026, se ha creado un grupo de trabajo con las comunidades autónomas para conocer el grado de implantación de la prescripción diferida, validar indicadores de consumo e impulsar su desarrollo en los servicios de salud donde todavía no esté integrada.
El objetivo encaja con la estrategia del PRAN para promover un uso más prudente de los antimicrobianos.
España ya ha registrado avances en este terreno. La AEMPS informó en julio de 2026 de que el consumo de antibióticos sistémicos había descendido hasta 22,94 dosis diarias definidas por cada 1 000 habitantes y día en 2025, frente a las 24,26 del año anterior.
La prescripción diferida se plantea ahora como una herramienta adicional para mantener esa tendencia.
¿Qué ventajas tiene esperar antes de tomar el antibiótico?
Cuando el médico considera apropiada esta estrategia, la prescripción diferida permite:
- Reducir el consumo innecesario de antibióticos.
- Evitar tratamientos frente a infecciones que probablemente se resolverán sin ellos.
- Mantener disponible el tratamiento si los síntomas no mejoran.
- Evitar una nueva consulta exclusivamente para obtener una receta cuando el médico ya ha valorado el caso.
- Disminuir la exposición innecesaria a posibles efectos adversos.
- Contribuir al uso responsable de los antimicrobianos.
La revisión Cochrane encontró que la satisfacción de los pacientes con la prescripción diferida fue similar a la obtenida con la prescripción inmediata y que no hubo diferencias significativas en las complicaciones.
Lo que el paciente no debe hacer
La prescripción diferida no significa guardar antibióticos antiguos en casa para utilizarlos cuando uno considere oportuno.
Tampoco significa empezar a tomar un tratamiento prescrito para una infección anterior ante síntomas parecidos.
Los antibióticos deben utilizarse únicamente cuando un profesional sanitario los haya indicado para la situación concreta y siguiendo exactamente la pauta establecida.
Ante un empeoramiento importante, dificultad respiratoria, deterioro general u otros signos de alarma, la prioridad no es esperar a que transcurran 48 horas, sino buscar valoración sanitaria.
Una estrategia sencilla para un problema cada vez más complejo
La batalla contra las resistencias bacterianas no depende de una única medida.
La AEMPS está actuando sobre diferentes frentes: desde la reducción de envases que pueden generar excedentes hasta la promoción de un consumo más adecuado. En 2025, el consumo total de antibióticos sistémicos en España descendió un 5,1 % respecto al año anterior.
La prescripción diferida añade una herramienta especialmente útil para un escenario frecuente: el paciente que presenta síntomas respiratorios y para el que no está claro que necesite un antibiótico inmediatamente.
La evidencia disponible indica que retrasar la utilización del medicamento reduce sustancialmente su consumo sin empeorar de forma relevante la mayoría de los resultados clínicos estudiados.
Pero la medida exige algo que ningún sistema informático puede sustituir: tiempo para explicar, pacientes informados y profesionales coordinados.
El reto para Sanidad será conseguir que esperar antes de tomar un antibiótico no se perciba como una falta de tratamiento, sino como lo que pretende ser: una decisión médica destinada a utilizar estos medicamentos únicamente cuando realmente hacen falta.


