El portavoz de ERC reconoce que no ha logrado una candidatura común para las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE. Su alianza con Podemos y las divisiones con el Frente Amplio evidencian los límites de su capacidad de influencia.
Gabriel Rufián quería impulsar una gran alianza electoral a la izquierda del PSOE. Pero, a pocos días de las elecciones generales del 29 de noviembre, su proyecto de unidad se ha topado con las rivalidades entre partidos, las diferencias estratégicas y la resistencia de las direcciones a renunciar a sus propias siglas.
El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) ha reconocido públicamente que su iniciativa ha fracasado. «He fracasado, hemos fracasado», admitió el 16 de octubre, cuando el plazo para registrar coaliciones electorales estaba a punto de concluir. También pidió disculpas a la ciudadanía por el espectáculo ofrecido durante las negociaciones.
El revés llega, además, en un momento de especial exposición pública para el diputado republicano, que acaba de publicar el libro Cómo ganar a los fachas. La obra plantea una estrategia para articular una izquierda capaz de influir en la gobernabilidad de España, pero la fragmentación de las formaciones a las que pretende acercar deja una contradicción evidente entre el discurso y los resultados.
Gabriel Rufián admite el fracaso de su proyecto de unidad
La propuesta de Rufián aspiraba a superar la fragmentación electoral de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE y a construir una candidatura con mayor capacidad para competir en las urnas.
El dirigente republicano defendía la necesidad de que partidos de distintas tradiciones políticas y territoriales coordinaran sus esfuerzos. Su planteamiento buscaba reunir a formaciones estatales y soberanistas para evitar que la división del voto redujera sus posibilidades electorales.
Sin embargo, las negociaciones no consiguieron cerrar un acuerdo general. En una entrevista en RAC1, Rufián reconoció que la posibilidad de una candidatura unitaria era prácticamente imposible y lamentó que las organizaciones implicadas hubieran ofrecido una imagen de desunión.
El fracaso no significa que todas las alianzas hayan desaparecido. Algunas formaciones sí han alcanzado acuerdos territoriales, pero el objetivo de presentar una única candidatura en los principales escenarios electorales no se ha materializado.
El episodio deja una pregunta política de fondo: ¿hasta dónde llega la capacidad de un portavoz parlamentario para convencer a las direcciones de otros partidos cuando los intereses electorales de cada organización entran en conflicto?
El pacto de ERC con Podemos complica el mensaje de unidad
Uno de los elementos más controvertidos de la estrategia de Rufián es el acuerdo entre ERC y Podemos en Cataluña. La alianza pretendía reducir la dispersión de candidaturas en ese territorio, pero también generó críticas entre quienes consideraban que podía dificultar un entendimiento más amplio con otras fuerzas de izquierda.
El problema radica en que la unidad defendida por Rufián exigía acuerdos entre organizaciones con intereses, estructuras y estrategias diferentes. Mientras el portavoz de ERC insistía en la necesidad de cooperar, las negociaciones entre Podemos y el espacio agrupado en torno al Frente Amplio continuaban sin resolver sus principales discrepancias.
Rufián defendió el pacto con Podemos argumentando que, sin él, podrían haberse presentado tres listas en lugar de dos. Aun así, reconoció que le habría gustado alcanzar una candidatura única.
La contradicción es clara: una alianza parcial puede reducir la fragmentación en un territorio y, al mismo tiempo, no resolver la división general que se pretendía superar.
La situación también revela las limitaciones de cualquier estrategia de unidad impulsada principalmente desde un dirigente individual. Para que un proyecto de este tipo prospere, no basta con defenderlo públicamente: requiere el respaldo de las organizaciones, acuerdos sobre las candidaturas y una distribución aceptada de los espacios de representación.
Podemos y el Frente Amplio mantienen sus diferencias
El fracaso de la negociación no puede atribuirse únicamente a Rufián. La falta de acuerdo responde también a las diferencias entre las propias formaciones implicadas.
Podemos y el Frente Amplio —un espacio que agrupa a organizaciones como Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los comunes— no consiguieron cerrar un pacto general para concurrir bajo una misma candidatura. Las discrepancias sobre las alianzas y la configuración de las listas terminaron bloqueando el objetivo común.
Según la información publicada por El País el 16 de octubre, la posibilidad de que Podemos y el Frente Amplio concurrieran por separado en Madrid y Barcelona era ya muy elevada cuando se acercaba el cierre del plazo para registrar coaliciones.
La negociación puso de manifiesto que las llamadas a la unidad no bastan para resolver las diferencias políticas y organizativas. Las formaciones deben decidir quién encabeza las listas, qué peso conserva cada partido y qué estrategia seguirá la coalición en caso de obtener representación parlamentaria.
Estos desacuerdos tienen consecuencias electorales potenciales, aunque no permiten anticipar por sí solos el resultado de las urnas. La fragmentación puede modificar la distribución de votos y escaños, pero su impacto depende de cada circunscripción y del comportamiento de los electores.
El libro de Rufián llega en plena crisis de su iniciativa
La publicación de Cómo ganar a los fachas coincide con el reconocimiento público del fracaso de su proyecto de unidad. El libro, editado por Now Books, plantea una estrategia para combatir a la derecha y a la extrema derecha desde una alianza entre fuerzas de izquierda y partidos soberanistas.
En la obra, Rufián reclama que el soberanismo catalán, vasco, gallego, valenciano y andaluz participe en la gobernabilidad del Estado y tenga capacidad para condicionar las decisiones del PSOE. El diputado sostiene que las fuerzas territoriales pueden desempeñar un papel determinante en la política española.
La propuesta parte de una idea concreta: las formaciones que no comparten un mismo proyecto nacional pueden cooperar en determinados asuntos si consideran que existe un objetivo político común.
Pero la negociación electoral ha mostrado las dificultades prácticas de esa fórmula. Las diferencias no se limitan a la relación con el PSOE o a la estrategia frente a PP y Vox; también afectan a la distribución del poder dentro del propio espacio progresista.
La coincidencia entre el lanzamiento del libro y el fracaso de las negociaciones ha alimentado las críticas a la distancia entre la ambición pública de Rufián y su capacidad para materializarla. No obstante, la publicación de una obra política y el resultado de una negociación electoral son hechos distintos: el primero expone una propuesta; el segundo mide hasta dónde han llegado los acuerdos entre organizaciones.
¿Ha sobrestimado Rufián su influencia política?
El propio dirigente ha reconocido que calculó mal la fuerza que podía reunir en torno a su iniciativa. En una entrevista en laSexta, calificó el intento de unidad de «fracaso absoluto» y admitió: «Sobrestimé la fuerza electoral que podía atesorar».
La declaración resulta relevante porque el fracaso no se explica solo por la falta de entendimiento entre las cúpulas. También plantea dudas sobre la capacidad de Rufián para convertir su visibilidad pública en influencia efectiva sobre otras organizaciones.
El portavoz de ERC se ha consolidado como una figura reconocible del debate político, con un estilo comunicativo muy presente en las redes sociales y una proyección que trasciende a su partido. Sin embargo, esa notoriedad no equivale automáticamente a disponer de autoridad para decidir sobre las candidaturas de otras formaciones.
El análisis publicado por El País el 21 de octubre aborda precisamente los límites de su influencia y las contradicciones entre su trayectoria, su relación con ERC y su aspiración a convertirse en referente de una izquierda más amplia. El diario recoge críticas sobre el efecto de sus alianzas y sobre el papel que ha desempeñado durante las negociaciones.
La expresión «un autogol a su ego», utilizada en el titular de ese análisis, constituye una valoración editorial, no un hecho demostrable por sí mismo. Lo verificable es que Rufián no consiguió el acuerdo general que defendía y que él mismo reconoció públicamente ese resultado.
ERC, el soberanismo y la estrategia para condicionar al PSOE
La iniciativa de Rufián también debe entenderse desde la posición de ERC en la política española. El partido combina su proyecto independentista con una estrategia parlamentaria que busca influir en las decisiones del Gobierno central.
En su nuevo libro, Rufián defiende que las fuerzas soberanistas no deben limitarse a reclamar el reconocimiento de sus territorios, sino que también pueden intervenir en la gobernabilidad estatal para impulsar cambios políticos y sociales.
Esta idea abre una tensión estratégica. Por un lado, ERC puede buscar acuerdos con otras formaciones para aumentar su capacidad de influencia. Por otro, su identidad independentista y sus prioridades territoriales no coinciden necesariamente con las de todos los partidos de la izquierda estatal.
La unidad electoral, por tanto, exige algo más que un adversario común. Necesita definir objetivos compartidos, establecer compromisos aceptables para cada organización y resolver cómo se tomarán las decisiones después de las elecciones.
El fracaso de las negociaciones demuestra que esas condiciones no estaban suficientemente consolidadas para cerrar una candidatura general. No demuestra, por sí solo, que cualquier cooperación futura entre partidos soberanistas y estatales sea imposible.
Las consecuencias electorales de una izquierda fragmentada
La falta de una candidatura común vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la fragmentación del voto a la izquierda del PSOE.
Cuando varias formaciones concurren por separado, sus resultados pueden traducirse en una distribución de escaños diferente de la que obtendrían mediante una candidatura conjunta. El efecto depende de la circunscripción, de las reglas electorales, de la concentración del voto y del apoyo real de cada partido.
Por eso, la unidad no garantiza automáticamente un mejor resultado, del mismo modo que la fragmentación no permite predecir por sí sola una derrota. Para evaluar el impacto electoral harían falta datos de intención de voto comparables, información por circunscripciones y una estimación fundamentada de cómo se repartirían los apoyos.
Lo que sí queda acreditado es que el proyecto de Rufián no ha logrado reunir a todas las fuerzas que pretendía acercar antes del cierre del plazo de coaliciones. Las organizaciones tendrán que afrontar las elecciones con los acuerdos parciales alcanzados y las diferencias que siguen sin resolver.
Un revés para Rufián, pero también para la estrategia de unidad
Gabriel Rufián ha asumido públicamente la responsabilidad por no haber logrado su objetivo, pero el fracaso también refleja un problema colectivo: las formaciones que comparten parte de su agenda no han conseguido ponerse de acuerdo sobre una estrategia electoral común.
La publicación de Cómo ganar a los fachas ofrece una explicación de la alianza que el diputado considera necesaria. La negociación fallida, en cambio, muestra los obstáculos que aparecen cuando esa idea debe traducirse en listas, pactos y decisiones concretas.
El episodio deja al dirigente ante un desafío político: demostrar si puede ejercer una influencia que vaya más allá de la comunicación pública y contribuir a construir acuerdos duraderos entre organizaciones con intereses diferentes.
La unidad de la izquierda no se ha materializado en los términos que defendía Rufián. El alcance electoral de ese fracaso se conocerá con los resultados del 29 de noviembre; hasta entonces, atribuirle consecuencias definitivas sería adelantarse a los hechos.


