Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo intensifican su presencia digital ante las elecciones generales del 29 de noviembre. Los vídeos virales, los fragmentos de debates y los mensajes diseñados para captar la atención ganan peso en una campaña en la que los «me gusta» no garantizan votos.
La campaña electoral del 29-N tiene un escenario cada vez más importante fuera de los mítines y los platós de televisión: las redes sociales. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo buscan conectar con los ciudadanos a través de plataformas como TikTok, Instagram y X, donde unos segundos de vídeo pueden alcanzar a miles de usuarios y prolongar durante días una polémica política.
Pero la visibilidad digital tiene sus límites. Conseguir reproducciones, seguidores e interacciones no demuestra que un partido haya convencido a nuevos votantes. Esa es una de las principales advertencias del experto en estrategia digital José Gabriel García, que analiza la evolución de la comunicación política en vísperas de los comicios generales.
De los comunicados oficiales a los vídeos virales
Durante años, muchos partidos utilizaron sus perfiles sociales como una extensión de sus canales institucionales: publicaban declaraciones, fotografías de actos y mensajes de sus dirigentes. Ese modelo ha ido perdiendo protagonismo frente a contenidos adaptados al lenguaje de cada plataforma.
Según José Gabriel García, formaciones como Podemos y Vox ya habían demostrado la capacidad de las redes para alcanzar públicos amplios y construir comunidades políticas al margen de los canales tradicionales.
La campaña de las elecciones europeas de 2024 también evidenció el potencial de una comunicación apoyada en contenidos difundidos desde el móvil. La candidatura de Alvise Pérez y Se Acabó la Fiesta (SALF) obtuvo tres eurodiputados, un resultado que puso el foco en las nuevas formas de movilización política, aunque no permite atribuir el resultado a una única herramienta de comunicación.
La evolución ha continuado. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo abrieron cuentas personales en TikTok, una plataforma especialmente relevante en la disputa por la atención de los públicos jóvenes.
La cuestión ya no es únicamente qué mensaje transmite un dirigente, sino cómo lo adapta para que los usuarios lo vean, lo compartan y sigan hablando de él.
Sánchez y Feijóo buscan una identidad digital propia
La estrategia del presidente del Gobierno y la del líder del Partido Popular presentan diferencias, según el análisis de García.
El experto considera que Sánchez ha desarrollado un tono más personal y reconocible en sus contenidos digitales, con fórmulas que se alejan de la comunicación estrictamente institucional del PSOE. Algunas de sus iniciativas, sin embargo, también han recibido críticas.
En el caso de Feijóo, García aprecia una búsqueda de identidad digital. A su juicio, el PP intenta dejar atrás un estilo demasiado rígido, pero corre el riesgo de recurrir a fórmulas que ya utilizan otras formaciones, especialmente Vox.
La advertencia tiene implicaciones para la campaña: copiar un formato que funciona en otro partido no garantiza el mismo resultado. El tono, la personalidad del candidato, la credibilidad del mensaje y la relación previa con la audiencia también influyen en la recepción del contenido.
En una campaña tan competitiva como la del 29-N, la dificultad consiste en adaptarse al lenguaje de las redes sin convertir la comunicación política en una sucesión de ocurrencias virales.
Los debates no terminan cuando se apagan las cámaras
Los debates electorales también han cambiado con la expansión de las plataformas digitales. La televisión mantiene su función como escenario de confrontación entre candidatos, pero los momentos más destacados pueden adquirir una segunda vida en internet.
Los equipos de campaña seleccionan fragmentos, editan vídeos y difunden intervenciones que consideran favorables a su candidato. Así, un debate completo puede quedar reducido en redes a una frase, una réplica o un gesto.
García resume esta transformación con una idea: el debate continúa después de la emisión. Los fragmentos compartidos pueden prolongar la discusión durante varios días y llegar a usuarios que no vieron el programa original.
Sin embargo, esa selección también plantea un problema. Un vídeo breve no siempre refleja el contexto completo de una intervención, y la edición puede influir en la interpretación que hace el público de lo sucedido.
Por eso, para valorar una controversia política resulta conveniente acudir a la intervención íntegra, comprobar las declaraciones originales y comparar las distintas versiones difundidas por los partidos.
La polarización puede convertirse en una herramienta de visibilidad
La carrera por captar la atención plantea otro desafío: los contenidos que generan reacciones intensas pueden obtener una difusión considerable, mientras que las explicaciones complejas o las propuestas detalladas tienen más dificultades para destacar en un entorno saturado de mensajes.
García advierte de que la dinámica de las plataformas puede favorecer los contenidos que despiertan una respuesta inmediata. En un clima político polarizado, las críticas, las provocaciones y los enfrentamientos pueden ocupar buena parte de la conversación.
El riesgo aparece cuando los partidos adaptan sus mensajes principalmente para provocar reacciones, en lugar de explicar con claridad sus programas y sus propuestas.
Esto no significa que toda publicación polémica sea necesariamente engañosa ni que los usuarios reaccionen de la misma manera. Significa que la repercusión de un mensaje y su calidad informativa son cuestiones distintas.
Para el elector, la diferencia es importante: un contenido muy compartido puede llamar la atención, pero no sustituye a la comprobación de datos, la lectura de los programas ni la evaluación de las decisiones políticas de cada formación.
El papel de los influencers políticos
Los creadores de contenido se han convertido en otro elemento de interés para las campañas. Su conocimiento de las plataformas y su relación con comunidades concretas pueden facilitar que un mensaje llegue a personas que no siguen habitualmente los perfiles oficiales de los partidos.
No obstante, recurrir a un influencer no garantiza una recepción favorable. García considera que estas colaboraciones pueden resultar útiles cuando encajan de forma natural con el perfil y el discurso del creador, pero advierte de que una promoción percibida como artificial puede provocar rechazo.
La transparencia resulta especialmente importante cuando existe una relación comercial o una colaboración pagada. Los usuarios deben poder distinguir entre una opinión personal y un contenido promocional.
La credibilidad también está en juego. Una audiencia que perciba el mensaje como impostado puede desconfiar tanto del creador como de la formación que busca aprovechar su alcance.
Muchos seguidores no equivalen a más votos
La principal cautela de cara al 29-N es evitar que las métricas digitales se confundan con indicadores electorales definitivos.
Una publicación puede acumular miles de visualizaciones sin que eso permita saber cuántas personas la han visto completa, cuántas comparten su mensaje o cuántas han cambiado su intención de voto. Del mismo modo, una comunidad numerosa en una plataforma no representa necesariamente al conjunto del electorado.
Según García, las redes pueden contribuir a movilizar a los indecisos, pero es difícil medir cuántos electores modifican su decisión después de ver una publicación.
Para analizar el rendimiento de una campaña digital habría que observar más factores que el número de «me gusta»: la participación real, el alcance entre públicos diferentes, la credibilidad del mensaje y su capacidad para trasladar el interés a acciones concretas, como acudir a un acto o votar.
Además, las cifras de cada plataforma deben interpretarse con cautela. Las visualizaciones no siempre equivalen a personas distintas y las interacciones no expresan necesariamente apoyo político.
La campaña del 29-N se juega también en la credibilidad
A medida que se acerca el 29 de noviembre, los partidos tienen ante sí un doble reto: conseguir atención en un entorno digital saturado y convertirla en una relación más duradera con los ciudadanos.
Sánchez y Feijóo compiten por definir su imagen en las redes, mientras los equipos de comunicación buscan formatos capaces de prolongar los mensajes más allá de los actos presenciales y los debates televisivos. Pero el éxito de una publicación no permite anticipar por sí solo el comportamiento de los votantes.
La campaña digital será relevante por su capacidad para difundir propuestas, movilizar simpatizantes y abrir debates. También exigirá a los ciudadanos distinguir entre información, opinión, propaganda y contenido diseñado para provocar una reacción inmediata.
La pregunta de fondo no es quién consigue más visualizaciones, sino si esa atención se traduce en información útil para el elector y en participación democrática. Las redes pueden amplificar un mensaje, pero no sustituyen el análisis de los programas ni la decisión que cada ciudadano toma ante las urnas.


