Las instalaciones deportivas de la avenida de Barcelona, en Marina d’Or, presentan un evidente deterioro. Vecinos reclaman recuperar estos espacios para niños y adolescentes y cuestionan cómo unas pistas que funcionaban han podido terminar en estas condiciones.
Hay lugares cuyo deterioro significa mucho más que perder una pista deportiva. Cuando desaparecen los espacios en los que niños y adolescentes pueden encontrarse para jugar, entrenar y convivir, también desaparece una herramienta de integración, disciplina y convivencia.
Las imágenes remitidas a El Vértice muestran el estado que presentan las instalaciones deportivas situadas en la avenida de Barcelona, en Marina d’Or (Oropesa del Mar): equipamiento deteriorado, elementos desmontados o dañados, restos acumulados y unas pistas que distan considerablemente de ofrecer la imagen propia de un espacio destinado a la práctica deportiva.
Y la pregunta surge inevitablemente: ¿cómo unas instalaciones que funcionaban y podían prestar un servicio a vecinos, familias y jóvenes han terminado así?

Unas canchas deportivas convertidas en símbolo de abandono
Las fotografías hablan por sí solas. En una de las pistas pueden apreciarse estructuras y equipamiento deportivo deteriorados o desplazados, restos de materiales y zonas visiblemente degradadas. En otra parte del recinto aparecen residuos y elementos amontonados junto al cerramiento.
El resultado transmite una imagen difícilmente compatible con la función para la que estos espacios fueron concebidos.
No parece, además, un deterioro producido de un día para otro. El estado visible de las instalaciones apunta a un problema acumulado de conservación y mantenimiento, aunque será necesario determinar desde cuándo se encuentran exactamente en estas condiciones y qué actuaciones se han realizado durante ese periodo.
Esta distinción es importante: una cosa es documentar el deterioro que muestran actualmente las pistas y otra atribuir responsabilidades concretas sin conocer previamente la titularidad, las competencias de mantenimiento y los posibles expedientes administrativos existentes.
Recuperar el deporte también es invertir en los jóvenes
La cuestión va mucho más allá de una canasta rota o una pista deteriorada.
Los espacios deportivos de barrio cumplen una función social fundamental. Son lugares de encuentro entre generaciones, permiten practicar actividad física sin necesidad de realizar grandes desembolsos y ofrecen a niños y adolescentes una alternativa saludable para ocupar su tiempo libre.
Donde existe deporte organizado o espontáneo se pueden fomentar valores como disciplina, esfuerzo, respeto por las normas, compañerismo, responsabilidad y convivencia.
Y existe otra dimensión especialmente relevante: la prevención.
El deporte no constituye por sí solo una solución frente a problemas complejos como las adicciones, la delincuencia juvenil o la exclusión social. Sin embargo, disponer de alternativas de ocio saludable, espacios públicos cuidados y actividades comunitarias puede actuar como factor protector, especialmente cuando se combina con familia, educación y políticas de prevención.
Por eso resulta contraproducente permitir que instalaciones concebidas precisamente para ofrecer esas alternativas terminen degradándose hasta dejar de cumplir su función.

Del balón al abandono: ¿qué mensaje reciben los menores?
Una pista deportiva cuidada invita a entrar y jugar.
Una instalación destrozada transmite exactamente el mensaje contrario.
Cuando un espacio público o comunitario pierde iluminación, equipamiento, mantenimiento y vigilancia, progresivamente puede dejar de atraer a familias y deportistas. El riesgo es que esos lugares terminen convertidos en espacios degradados, inseguros o susceptibles de usos incompatibles con su finalidad original.
Eso no significa afirmar que actualmente se estén produciendo actividades delictivas en estas instalaciones —las imágenes no permiten sostener semejante conclusión—, pero sí advertir de algo elemental: la degradación de los espacios comunes nunca beneficia a la convivencia.
Mantenerlos vivos y utilizados es también una manera de protegerlos.
Vecinos cuestionan cómo se ha podido llegar hasta aquí
Entre residentes y propietarios afectados por el deterioro existe una sensación especialmente amarga: haber visto funcionar unas instalaciones que ahora presentan una imagen radicalmente diferente.
Una de las críticas trasladadas a este periódico resume así el malestar:
«Lo que resulta difícil de entender es cómo se puede permitir que unas instalaciones que funcionaban perfectamente hayan terminado en este estado de abandono y ruina».
La queja apunta directamente a una cuestión de gestión:
«No estamos hablando de algo que haya ocurrido de la noche a la mañana. Estamos hablando de años de dejadez, falta de mantenimiento y una gestión que, como mínimo, deja mucho que desear».
El enfado alcanza también al bolsillo de propietarios y contribuyentes. Para quienes pagan impuestos y han invertido durante años en viviendas de la zona, observar el deterioro progresivo del entorno genera preocupación tanto por la calidad de vida como por la imagen y el valor residencial de Marina d’Or.
Hasta el punto de que uno de los testimonios recibidos expresa una conclusión particularmente contundente:
«Quizá ha llegado el momento de poner el cartel de “SE VENDE” y salir corriendo. Porque aguantar impuestos, abandono y deterioro mientras ves cómo se pierde el valor de aquello por lo que has trabajado y pagado durante años empieza a ser demasiado».
Oropesa del Mar tiene ante sí una oportunidad
El debate no debería quedarse exclusivamente en señalar el deterioro. La prioridad debería ser recuperar las instalaciones y devolverlas a los vecinos, una vez determinadas las competencias y actuaciones necesarias.
Un plan de recuperación podría estudiar el estado estructural de las pistas, retirar residuos y elementos deteriorados, reparar cerramientos, renovar canastas y demás equipamiento, mejorar iluminación y accesibilidad y establecer posteriormente un calendario permanente de conservación.
Pero rehabilitar las pistas sería solo el primer paso.
El verdadero objetivo debería consistir en llenarlas nuevamente de actividad: escuelas deportivas, torneos infantiles, actividades juveniles, competiciones vecinales y programas gratuitos o asequibles que permitan que el recinto vuelva a ser un punto de encuentro.
Porque rehabilitar sin mantener conduce, tarde o temprano, al mismo problema.
Marina d’Or necesita espacios para vivir, no instalaciones abandonadas
Durante años, Marina d’Or fue presentada como uno de los grandes complejos turísticos y residenciales del litoral castellonense. Su futuro no depende únicamente de hoteles, apartamentos o campañas turísticas.
También depende de algo mucho más cotidiano: calles cuidadas, parques mantenidos, instalaciones deportivas operativas y servicios capaces de hacer atractiva la zona durante los 12 meses del año.
Para una familia que reside allí, una cancha donde sus hijos puedan bajar a jugar puede resultar más importante que cualquier gran proyecto promocional.
Por eso el deterioro de estas instalaciones deportivas debería servir como llamada de atención.
Rescatar las canchas de la avenida de Barcelona significa recuperar deporte, convivencia y oportunidades para los jóvenes. Dejarlas deteriorarse significa renunciar a todo ello y asumir que un espacio construido para reunir a los vecinos continúe perdiéndose.
La pelota está ahora en el tejado de las administraciones y responsables competentes: explicar cómo se llegó hasta esta situación, aclarar quién debe hacerse cargo y, sobre todo, ofrecer una solución.


